¿Realmente
será bonito amar tanto?
Una
noche a la luz de la hoguera, bajo un cielo inmenso y estrellado,
consciente de lo que hacía pero temblando, no de frío aunque lo
hacía, sino de temor ante aquello que me atrevía a decirme que
deseaba y quería para mí, tú, decidí ir a tu encuentro.
Conociendo entre tus brazos, contra tu cuerpo, una pasión que ni
siquiera soñé que realmente pudiera existir, o que yo pudiera
llegar a sentir. Que este fuera yo, tan vivo. Pero, así nos decimos
que es la vida, todo sueño debe terminar con la llegada de la
alborada, de la cordura, o cuando los miedos te alcanzan. Una de esas
mañanas, bajando de ese hermoso y apartado cielo que fue tuyo y mío
(nuestro cielo), tuve que decirte adiós aunque tanto me doliera.
Aunque tal vez no lo supieras.
Dejarte
ir, verte alejarte mientras aún me buscabas con la mirada, esperando
un gesto que te detuviera, fue morir un poco en esa carretera. Era el
precio que debía pagar para regresar y vivir con los demás.
Pensarás que fui duro, cruel hiriéndote tanto, pues, entérate
chico de ojos azules y cabello color cuervo, no ha habido una hora
del día desde ese instante que no intentara no pensar en ti, no por
vergüenza, sino porque hacerlo era comprender cuánto me había
equivocado al cerrarle la puerta en las narices a mi propia
existencia. Pero fue lo que elegí, pensé que sería fácil
pretender que nada había pasado, olvidar el calor de la pasión
real, ¿no fui acaso un grandísimo idiota? ¿Se puede olvidar a la
persona que hace sonreír y emocionar tu alma?, ¿se le puede perder
y creer que todo continuara como si nada? Mi mayor pecado, la culpa
que me atormentará siempre fue arrastrarte al infierno que padezco
desde que te perdí, porque lo hice sin preguntarte. Culpa que me
pesara, lo sé, hasta el final de mis grises días sobre esta tierra.

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