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jueves, 7 de noviembre de 2019

EL PEPAZO... 10

EL PEPAZO                         ... 9
   ¿Algo que te guste y quieras llevar?
... 
 
   Jacinto se estremece ruidosamente sobre esa cama, sus nalgas tensándose, subiendo y bajando, su culo buscando aquella verga que se clava rudamente, adentro y afuera, golpeándole con las bolas, el macho casi aplastándole contra la cama con su cuerpo. Lo tenía bien penetrado mientras le hablaba suciamente, con autoridad y posesividad.
 
   -Mierda, tu culo es todo lo que imaginé que era desde que te vi con ese hilo dental clavado. Tan estrecho, tan caliente… -le ruge al oído, alzando y bajando su peludo trasero sin descanso.- ¿Te gusta, chico bonito? ¿Te gusta cómo te estoy cogiendo? ¿Eres mi chico bonito, bebezote? –la pregunta le era extrañamente importante, porque, por alguna razón, sentía celos. De los otros hombres que forzosamente debían haber pasado por la vida del fornido y bello joven. Le oye jadear en respuesta a sus palabras, le ve los cachetes rojos, le ve sonreír y hace algo que no acostumbra, refriega la nariz de su nuca, de su cabello, enterrándola allí, llenándose con su olor a machito joven. Lo coge, rudamente, celoso de las personas que seguramente le han tenido ya así, y comienza a depositar besitos ruidosos en su cuello, tras sus orejas.
 
   El joven guardaespaldas no responde, no puede, dominado por todas aquellas sensaciones y emociones que le dominan. Si ese tolete clavado en sus entrañas, trabajándole el agujero y la pepa que allí tenía, le hacía delirar, los besos y pequeños mordiscos en su cuello le tenían atrapado. Ese aliento le quemaba, las manos de ese sujeto, que se meten entre el colchón y su cuerpo, atrapándole los poderosos pectorales y acariciándole las muy erectas tetillas, le tienen babeando por la boca y el tolete sobre la cama. El miembro del abogado sube lentamente ahora, casi saliendo, dejándole sólo la punta enterrada, y el joven siente que se muere.
 
   -Cógeme, cógeme duro, por favor. –le pide, incapaz de controlarse, mirándole sobre un hombro.
 
   -¿Te gusta mi verga? –el hombre le mira, quieto, el tolete pulsándole de ganas por enterrarse otra vez en el estrecho y sedoso túnel de amor, pero torturándole.
 
   -Si, si, me gusta. La quiero. –Jacinto ya no piensa, está desparramado de panza en esa cama, sus tetillas atrapadas, sus muslos musculosos muy abiertos, su culo medio penetrado.
 
   Cuando el hombre afinca la presión sobre sus tetillas, y arremete con mayor velocidad y fuerza contra su culo, el chico estalla en un largo gemido de gozo, todo su cuerpo arde, se eriza. Y todavía sube y baja su trasero firme, porque su culo lo quiere. Es plenamente consciente de la nervuda verga que sale y penetra, que lo refriega, latiendo y quemando en su interior, y sus entrañas quieren más. Su mente es una masa confusa de lujuria. Cada roce de la verga le provoca escalofríos, los dedos de sus pies se agitan y contraen, al igual que sus nalgas mientras la barra sale y entra.
 
   -¿Te gustas esto, chico maricón? –entre jadeos se le escapa al abogado, y Jacinto se paraliza, frío, impactado.
 
   -¡No soy marica! –jadea, indignado, mirándole sobre un hombro, desconcertándole.
 
   -¿Qué? –Andrades frunce el ceño, ¿de qué coño hablaba ese chico que gemía con su verga clavada en el culo?
 
   -No soy marica, esto es… -el fornido joven traga saliva, asustado, medio aplastado por el peso del hombre, quien, también parece confuso y molesto.
 
   -¿Estás jodiendo conmigo? ¿No eres marica? ¡Pero si estabas gritando por mi güevo!
 
   -No, yo… Es que, usted no sabe. Compré un analgésico, que vino en forma de supositorio y…
 
   Cuenta, pero el hombre ya no le oye. Molesto. ¿Cómo que no era marica? ¡Claro que lo era!, se dice con disgusto. Porque necesita que lo sea para tenerle como su amante regular, porque, oh si, ha decidido que le quiere (no de esa manera, se aclara a sí mismo); pero eso pasaba porque fuera… Bien, que le gustaran las vergas. ¡Y le gustaban! ¿Cómo era eso de que no era marica? Si, seguramente se avergonzaba, era nuevo en aquello, y la idea le hace feliz. Obviamente no había tenido decenas, o centenas de amantes, de hombres vigorosos y calientes que le habrían tocado, lamido, besado. Eso calma sus celos, pero… quedaba el punto.
 
   -¡Claro que eres marica! –le gruñe, atrapándole el cabello en un puño, no con violencia, alzándole el rostro, obligándole a mirarse en el espejo del closet, de frente; joven, guapo, fornido, con un hombre sobre su espalda, una verga llenando su culo.
 
   -No, señor, yo… -comienza a aclarar otra vez, agitándose como dispuesto a quitárselo de encima, a sacarse esa vaina del culo, aunque este se cierra salvajemente alrededor del cilíndrico falo, negándose a colaborar en defensa de su masculinidad.
 
   Molesto, Andrades retira su güevo, centímetro a centímetro, deliberadamente lento, haciéndole gemir cuando le roza. El glande casi sale, no del todo, y los hinchados labios luchan por retenerlo a pesar de lo que dice el joven.
 
   -Hummm… -un largo, agónico y erizante gemido del placer más puto escapa de los labios del muchacho cuando el glande se forza, entra y el tolete se entierra.
 
   -¿No eres marica? ¡Ja! Ya verás. –e incrementa las embestidas. Adentro y afuera, con fuerza, casi sacándosela del redondo y rojizo culo para luego volver a enterrársela, gozando de las apretadas dadas por los hinchados labios de ese agujero ávido de más y más.
 
   -Hummm… -arqueando la espalda, totalmente enrojecido de lujuria y vergüenza al intentar sostener el punto de que no es gay, Jacinto aprieta aún más sus entrañas contra la ardiente barra que pulsa, le llena y refriega las paredes del recto.
 
   -Si, así, eso es… ¿Lo ves?, eres una buena nena grande y musculosa. Un buen marica. –le gruñe Andrades, sonriendo un tanto burlón, enterrándosela muy hondo en su interior, meciendo sus caderas, refregándosela todavía más, notando como esas entrañas lo chupan y ordeñan.
 
   ¡Era tan vergonzoso, carajo!, piensa el joven, ojos muy abiertos, igual que la boca, de donde escapan gemidos involuntarios, notando como su culo se abre y se cierra hambrientamente sobre ese tolete, deseándolo, usándolo para darse el placer que necesita. Debía odiar esa vaina, ser tratado así, llamado de esa manera, ¡era un macho, joder!, pero era tan difícil cuando subía y bajaba sus nalgas, cuando empujaba su agujero pulsante contra esa barra dura y babeante, casi corriéndose ya de pura emoción, sin tocarse, simplemente al ser cogido y estimulado analmente. Mirándose a un espejo. Quiere resistir, demostrarle que no era un marica…
 
   -Ahhh… -se le escapa ruidosamente cuando el hombre, atrapándole otra vez por los pectorales, le obliga a girar sobre la cama, quedando él debajo, con la amoratada y bronceada verga bien clavada en su blanco y casi lampiño culo, y dejándole arriba, grande, fornido, musculoso, piel suave y dorada, su verga mojándole, sus tetillas duras, su culo prácticamente succionando el cilíndrico tolete que lo penetra.
 
   -¿Lo ves?, ¿lo ves? –le gruñe el abogado, voz ronca, totalmente excitado, enloquecido a su vez por las cosas que ese agujero le hace a su verga, excitado por tenerle así, por el peso de aquel joven forrado de músculos que gemía, se arqueaba y tensaba sobre su cuerpo cuando se las ingenia para asentar los pies sobre la alfombra y comienza a subir y bajar su tranca, cogiéndole en esa posición.- Marica, eres un hermoso, enorme y sexy marica… -los labios rodeados de vello facial casi le rozan una de las rojizas orejitas al aclarárselo.
 
   -No, no… -ojos nublados de gozo, labios temblorosos de donde escapan gemidos y algo de saliva, Jacinto se resiste, pero tiene que afincar también los pies en la alfombra, doblando sus dedos, para resistir las enloquecedoras acometidas de ese güevo poderoso que le domina y controla.- ¡Hummm! –su gemido putón de gozo llena la habitación, aunque todavía se resiste a aceptar que es un marica… porque no lo era, ¿verdad?
……
 
   Como todo el mundo en su situación, Corina de Andrades odia el tener que regresar a su casa porque olvidó algo, en este caso su móvil. Ni siquiera entiende cómo lo dejó. A pesar de estar con sus padres no pudo contenerse. Emprendiendo el regreso. De improviso. Sonriendo levemente al imaginar la sorpresa que le dará a su marido, quien seguramente se había echado a dormir en cuanto salió. Para verle la cara cuando saltara sobre él, “espantándole”, bien valía el viaje.
 
   Y vaya que sería una sorpresa.
……
 
   -Vamos, marica bonito, hazlo… -grazna ronco, Andrades, de espaldas sobre la cama, la cabeza entre las almohadas, viendo al enrojecido muchacho montado a hojarascas sobre sus caderas, las piernas atrapándole los costados, subiendo y bajando el goloso culo sobre su verga erecta, apretándole y halándola de manera salvaje, al tiempo que tu tolete tieso salta frente a él.
 
   Y mirándole la sonrisita odiosa en el rostro virilmente atractivo, Jacinto desea insultarle, decirle algo, pero no puede. Como no puede detener el sube y baja, su fornido corpachón elevándose halando aquella verga, bajando y apretándola con su agujero ávido de más. Estaba a punto de correrse, de hecho ya debería haberlo hecho por lo tan excitado que está; pero aunque no quería darle esa satisfacción a ese hombre, no creía poder contenerse. Aquella era una batalla que su masculinidad tenía perdida; sentir la dura y pulsante verga entrándole y saliéndole, golpeándole cada vez sobre la próstata (y le aterra imaginarla como “el clítoris de su culo”), refregándole las paredes del recto, le había derrotado. Alza el rostro, su cuerpo estremeciéndose, al subir y bajar se siente embargado de un calor nuevo, de vicio y exuberancia, exprimiéndola, experimentándola.
 
   -¿Te gusta, bebé? –el hombre, sonriendo, jadeando, lleva las manos tras la nuca, disfrutando del increíblemente bello espectáculo del apuesto y fornido joven saltando sobre sus caderas, cogiéndose a sí mismo, con aquel culo ansioso que chupaba de una manera que nunca antes había sentido.- Vamos, bebé, no seas malito, no te resistas; dile a papi cuánto te gusta sentir tu culo lleno con mi verga.
 
   Jacinto quiere resistirse, asirse a los últimos vestigios de su masculinidad, pero…
 
   -Hummm… Ohhh… Ohhh, por Dios… -escapan los lamentos de su boca, temblando aún más, retorciéndose sobre esa pelvis donde se sienta, cerrando los ojos presa de una mórbida lujuria, acariciándose el rostro, los dedos recorriendo sus labios rojos y llenos, la otra mano bajando por su torso, tocándose. La viva imagen de la putica excitada que goza de su sensualidad.
 
   -Vamos, bebesote, di cuánto te gusta ser mi hembrita…
 
   Es todo un espectáculo, el hermoso y fornido joven, enrojecido de calenturas y lujuria, subiendo y bajando sus enormes y musculosas nalgas, atrapando con su ávido agujero aquella mole dura de carne masculina, pulsante y babeante, que le da una y otra vez sobre la próstata, o (la idea vuelve), su clítoris del culo. O sobre esa pepa que tiene allí y que se le fue cuando lo usó como calmante. Pero cada frotada de las paredes de su recto, cada pulsada de ese tolete, cada toque de las venas hinchadas de sangre, cada golpe contra su glándula sexual, su clítoris de por allí, le tienen mal. Y su torso sube y baja, sus tetillas arden mientras las soba con sensualidad, un dedo recorriendo sus labios rojos y húmedos, consciente de lo rico que se siente, finalmente entra en su boca, cubriéndolo, retirándolo y metiéndolo fácilmente, chupándolo, gimiendo levemente ahogado. Sus ojos empañados de goce se abren y encuentran la mirada divertida, y excitada, de ese sujeto. ¡Que le creía maricón! Y se congela.
 
   Eso altera al otro, y molesta aunque también le excita cuando el chico se resiste, cerrando fuertemente los ojos, frente fruncida, resistiéndose heroicamente a gritar cuándo le gusta estar montado sobre su verga, subir y bajar su culo travieso sobre la gruesa barra nervuda que tanto placer le daba. Qué tonto muchacho, pensó el abogado, moviendo las manos, atrapándole una tetilla, y con la otra medio acariciándole el enrojecido y muy erecto tolete, que babea, puesto así por la indescriptible sensación que vive mientras un güevo llena su culo. Le acaricia mientras afinca los talones sobre la cama y comienza también a subir y bajar las caderas, cogiéndole.
 
   Aunque quiere resistir y no ceder otra vez, no a ser cogido porque es plenamente consciente de que prácticamente estaba saltando sobre las caderas de ese sujeto, atrapando con los labios de su culo el grueso tolete cilíndrico al salir y entrar de sus entrañas, sino a gemir como puta; pero en cuanto el hombre une sus embestidas a los brincos que da, comienza a gemir otra vez, de una manera ronca, profunda. Cachonda. Su torso subiendo y bajando pesadamente, la tetilla apretada provocándole temblores, casi temiendo que le saque leche por la manera que responde. Aunque es la mano sobre su verga tiesa la que gana. Sube y baja otra vez, empalándose totalmente de aquel güevo, refregándose sobre la pelvis del macho, mientras este también se la empuja.
 
   Y, como hombre de experiencia, aunque él mismo debe reconocer que jamás conoció a un chico tan caliente como este, ni su tolete había sido amasado, apretado y halado por un culo como ese, Andrades quiere más, le desea totalmente desatado. La mano que le aferra el tolete se cierra con fuerza, apretándole; los movimientos del otro, combinado con las embestidas que le da, hacen el resto.
 
   -¡OHHH! –grita el joven, de sorpresa y calenturas cuando ese apretón se intensifica, lanzando olas de voluptuosidad caliente que se dirigen totalmente a su trasero, a su clítoris de culo, haciéndole responder contra la vara que lo penetra, lo que retroalimenta su lujuria. Un güevo latiendo en un culo excitado no tenía comparación. Apretándole un poco más, moviendo el puño, el hombre sonríe al verle tensarse, con rostro de dulce agonía.- Oh, por Dios…
 
   -Eso está mejor. –le sonríe.- Así debe verse, y escucharse, una dulce, musculosa y sensual mariquita… Uno necesito de un hombre de verdad, de un macho que le dé lo que quiere. – le gruñe ronco, lujurioso, rodando sobre sí, derribando al bello y fornido joven, que parece algo mareado y confuso, al estar en la cima del goce y de repente era desalojado.
……
 
   ¡Qué mierda!, piensa el hombre joven, despertando tarde y entrando en la cocina por un café, su mujer (la perra que tanto va pareciéndose a su madre, como comenzaba a pensar y temer) había salido sin sacar la basura, donde los restos del pollo preparado la tarde anterior ya apestaba, ¡y no había lavado los platos sucios! ¡Le había dejado el trabajo a él! Al menos había café, se dijo, lleno de amargura. No iban bien las cosas entre su mujer y él ahora que había perdido otra vez el trabajo, manteniéndose ambos con lo que ella gana y que ya no cubre los gastos. Aparentemente la mujer estaba cansándose de él, a pesar de su buena pinta, como se ve en esos momentos, vistiendo únicamente un short bermuda a media pierna, floreado de rojo y blanco, sobre un cuerpo trabajado que hacía volver todas las miradas femeninas. Eso le gustaba, saberse buenote, pero ni eso le producía placer ahora.
 
   Piensa en dejarlo todo como está, bañarse y salir, que la perra viera qué hacía con la basura y los corotos sucios. Pero, respirando frustrado, termina su segunda taza de café y atrapa la boca de la bolsa. Sacaría primero esa mierda y luego asearía un poco… saliendo y regresando al otro día. Se iría de parranda.
 
   Y mientras emprende la sacada de la basura, no puede ni imaginar el cuadro que encontrará en pocos momentos.
……
 
   En cuatro patas sobre esa cama matrimonial, mirándose al espejo mientras es enculado salvajemente por un hombre arrodillado entre sus piernas, Jacinto Contreras grita y tiembla de puro placer, todo su cuerpo estremecido por las embestidas. Aquel sujeto parecía decidido a hacerle perder el control, que admitiera que era un marica (qué locura, piensa entre gemidos) a fuerza de cogidas. El tolete, bronceado cobrizo, sale y entra rápido del blanco agujero.
 
   -HUMMM… HUMMM…. HUMMM… -jadea a gritos, en agonía; reconoce que con cara de… marica, viéndose al espejo.
 
   -Si, mírate cómo gozas teniendo tu culo arado por la verga de un hombre…
 
   -OHHH… Hummm… -Jacinto jadea sin poder contenerse, ganándose una risita satisfecha de Andrades, después de todo ese era el punto, demostrarle qué tan marica era, qué tanto disfrutaba de una verga latiéndole en las entrañas sedosas y mojadas.
 
   Sin embargo, a cierto nivel de su mente, una que Jacinto no puede usar en esos momentos porque así como gime, sube y baja su rostro, sonríe y babea (en la gloria de su propio cielo en esos momentos), el abogado se pregunta si no estaría actuando mal, casi “obligando” al chico a experimentar eso, a vivirlo, cuando, obviamente, aún mantenía reparos a su condición sexual. Pero apretando los dientes en una sonrisa mueca, mirándose a sí mismo en el espejo, casi sobre la imagen del chico al que coge una y otra vez, sacándole y metiéndole de las entrañas el venoso tolete tieso, se dice que no importaba que el chico dijera esto o aquello. Su cuerpo lo aclaraba todo. La manera hambrienta en la cual ese culo atrapaba su verga, halándola, chupándola, era toda la respuesta necesaria. Por un segundo, mientras cierra los ojos, y sonríe, acariciando esas nalgas turgentes y duras en cuyo centro ese chico tenía su agujerito mágico, se pregunta si un muchacho cualquiera, al que se la metieran por el culo, encontrándose de repente con que le gustaba, mucho, se convertiría en marica o no. A fuerza de güevazos. Y, sonriendo aún más, lentamente le retira el tolete notando los hinchados labios de ese culo abrazarlo, para luego volverá enterrárselo con una caída, de golpe.
 
   -AHHH… -y ocurre, otra vez, aunque no era como si Jacinto pudiera saberlo. Afirma sus muslos, con las rodillas sobre la cama, sus nalgas se alzan, su espalda baja, así como la línea de su cara. La posición sumisa de los puticos amantes de los güevos. Y desde ese punto, con el agujero casi derritiéndole la verga, comienza a echar nuevamente su hambriento culo de adelante atrás. Y a cada embestida del hombre, del macho dominante, el joven se adapta más y más a la postura de sumisión.
 
   -Oh, Dios, eres tan… -Andrades casi gimotea de emoción, acariciándole aún más las duras nalgas, la cintura estrecha, la muy ancha espalda, tendiéndose sobre él. Sus ojos encontrándose en el espejo, Jacinto sonriendo extraviado, con la mueca de un gozo sin igual, totalmente entregado al macho que lo coge duro sobre esa cama. Sus bíceps hinchados cuando dobla los codos sobre el colchón, para adoptar mejor la posición del marica. Sus pectorales impresionantes que pedían ser tomados.- ¿Te gusta, bebé grande? ¿Te gusta lo que papi te hace? –le ruge, lleno de una lujuria tal que no puede contenerse, montándosele en la recia espalda, quemándose ambos ante el contacto, sus manos buscando ya esos pectorales, sus dedos atrapando esas tetillas, apretándolas y halándolas.
 
   -Ahhh… -escapa el grito de lujuria de boca del joven, totalmente erizado, subiendo y bajando su culo, sonriendo de manera abierta, total, todo su cuerpo envuelto en una voluptuosidad que le ahoga.- Si, si, papi, si…
 
   Cualquier pensamiento que le atajara momentos antes, sobre si debía “obligar” al chico a responder, muere en la cabeza del macho cuando le escucha, el tono de lujuria, de placer incontrolable (de mariquita) que sube. Los conoce porque, modestia aparte, era bueno en la cama, se tomaba su tiempo para imponerse, para buscar lo que le gustaba, pero también para que sus parejas, generalmente mujeres, gozaran del sexo con él, que quedaran añorándole, tal vez deseando regresar. Y los gemidos que escapaban de la boca de Jacinto eran parecidos, los de una hembra en llamas mientras su coño era hábilmente penetrado, su clítoris estimulado. Igual gemía ese forzudo y guapo muchacho ahora que (e ignora que el otro también ha tenido ese pensamiento, ¿coincidencia o algo los unía a niveles profundos, más allá de la verga en el culo?) el clítoris que era su ano era tan espoleado. Era cuestión de tiempo para que estallara en leche. Y cada gemido de este, cada blanqueada de ojos, cada gota de baba que escapa de su boca, el mar que chorrea de su verga erecta, todo eso le excita de manera salvaje. Dios, quiere morderle uno de los recios hombros, clavarle los dientes, marcarlo. Para que todos sepan que era suyo.
 
   Por su parte, sonriendo más torva y voluptuosamente, alzando el apuesto rostro, mirándose al espejo, Jacinto lo disfruta aún más que ese hombre. Su culo es una sola masa de ganas, de excitación, cada roce de esa verga caliente y nervuda, cada frote, cada golpe a la pepa en su culo, era una poderosa oleada de placer que le recorría. Si, en su mente puede verlo, un ejército de toletes erectos, todos con ganas de su culo, uno que sufre violentos espasmos que hacen gemir al abogado. Oh, sí, en esos momentos su culo era su principal órgano sexual. ¡Y le gustaba tanto!
 
   -Oh, sí, bebé, dilo… -le gruñe al oído, respirando pesadamente.
 
   -Soy tu maricona… -escapa de los tersos y jóvenes labios, mientras sonríe y se estremece, totalmente erizado por una emoción nueva al encararlo. Y gime, tensándose violentamente, corriéndose sobre la cama matrimonial, de manera abundante, escandalosa, cerrando su culo con fuerza sobre ese tolete.
 
   -Oh, por Dios… -grazna el abogado, casi bizqueando, su tolete increíblemente duro, recorrido por algo caliente.- Tómalo, princesa, tómalo todo… -le ruge, corriéndose. Una, dos, tres, cuatro veces, provocándole sonrisas y gemidos, casi maullidos a Jacinto. Son disparos profundos, abundantes, el semen llenando e inundando aquel joven culo goloso que sigue chupando.
 
   -¡Alejandro, ¿PERO QUÉ HACES?! –ruge, desde la puerta del cuarto, una horrorizada Corina de Andrades.
 
CONTINÚA...

miércoles, 23 de octubre de 2019

EL PEPAZO... 9

EL PEPAZO                         ... 8
   Pero bueno, ¿y qué pasó?
... 
 
   Rojo de cara, farfulla sin emitir sonidos, los labios enrojecidos por el roce contra la dura verga, la barbilla algo húmeda de saliva y de jugos del macho.
 
   -Doctor, yo… -el otro no quiere escucharle, ni puede contenerse, le había encantado la boca del chico, la manera mórbida y hambrienta de su lengua, así que le silencia metiéndole la suya, recorriéndole todo, labios, dientes, encías, encontrando el sabor de su propio güevo, lo que hizo que este pulsara feo, botando más de esos jugos.
 
   -Vamos, bebé, enséñamelo… -le susurra, caliente, contra los labios, poniéndose de piel, la bata abierta, el velludo torso y abdomen expuesto, la verga mojada de saliva tiesa como una lanza de carne, alzando al forzudo joven.
 
   Confundido por todo lo ocurrido (mintiéndose, el culo, ese ardor, aquellas ganas que sentía, habían tomado el control), el joven comienza a aflojarse la corbata, mientras el otro le desata la correa y le abre los botones de la camisa, halándosela y sacándosela del pantalón, algo que, por alguna razón, le parece muy erótico. Apartada la corbata, Jacinto comienza a sacarse el saco, mientras el abogado maldice esa camiseta que cubre, a duras penas, ese poderoso y joven cuerpo hecho para ser tocado, lamido, adorado. Poseído. Le ayuda a salir del saco, con dificultad porque casi se le atasca en los hombros. La camisa parece a punto de estallar en sus bíceps, cuando la aparta, quedando el enrojecido chico, en camiseta, una muy abierta por los costados, apenas conteniendo aquel recio corpachón. El abogado casi se corre de pura emoción. Le quiere ya desnudo, pero no puede evitar alzar las manos y recorrer esos melones que tiene por pectorales, aquellas tetillas que levantaban la tela blanca, acariciándole, provocándole gemidos.
 
   -Dios, eres… perfecto. –brama el hombre realmente impresionado, él, que sabe disfrutar del momento pero sólo mira en otros un cuerpo para un rato, y una vez saciado “chao, amigo”, y a continuar con lo que llegara. Pero ese joven…
 
   Jacinto, rojo como un tomate, casi sonriendo tímido como una virgen debutante, deja que el hombre le saque la camiseta, alzando los poderosos brazos, exponiendo sus axilas grandes, tan escasamente velludas que parece depilado. Como el torso dorado, liso y musculoso que queda a la vista del abogado.
 
   Aunque lo que más quiere es tomar ya ese joven cuerpo de dios, el hombre extiende sus manos grandes y recorre los recios hombros, bajando por los brazos, palpando los duros bíceps, subiendo y atrapando esos pectorales redondos, duros como piedras, acariciando los pezones con sus pulgares, moviéndolos como limpia parabrisas sobre las erectas y sensibles tetillas, cosa que hace gemir al muchacho de una manera que le eriza. Y si, Jacinto siente que todo su cuerpo es una masa de lujuriosas y apasionadas sensaciones. Aunque no esperó aquello, tal vez porque ni el mismo Andrades era amante de ello. El hombre se inclina y le atrapa uno de los pezones, con aureola y toda, entre sus labios, cubriéndolo, mojándolo de saliva y aliento, azotándole con la lengua reptante, y succionando de una manera intensa.
 
   -Ahhh… -Jacinto echa la cabeza hacia atrás, no entendiendo como aquello, que no era la primera vez que se lo hacían (claro, chicas), podía resultar tan eróticamente estimulante. Tal vez era por los calambres en su culo, que parecían acompasados. Y el gemido se repite cuando su otro pezón recibe idéntica atención. Casi siente las piernas débiles.
 
   Apartándose a duras penas, labios húmedos de su propia saliva, casi sorprendido de lo rico que era chupar de esos jóvenes pezones masculinos, los cuales, con un aro, seguramente resultarían aún más sensibles, Andrades le mira, febril y ansioso.
 
   -Vamos, enséñame más, chico guapo. Quiero ver lo que ocultas. –le abre el botón del pantalón, bajando el cierre y dando dos pasos atrás dispuesto a disfrutar del espectáculo.
 
   -Doctor…
 
   -No, no seas tímido; con ese cuerpo no debes… -le urge.
 
   Rojo de vergüenza, sin poder apartar los ojos de la mirada de ese hombre, como no fuera para lanzar ojeadas inquietas sobre ese güevo que parecía más tieso y goteante ahora, el joven fortachón sale de sus zapatos, dudando un último segundo y dejando caer el pantalón. La vergüenza y excitación que siente ante su propio exhibicionismo, se ve recompensada por la mirada de absoluta lujuria del otro, quien con la boca y ojos muy abiertos, recorre su cuerpo una y otra vez, desde el rostro al cuello, el torso, los brazos, el abdomen, las piernas recias… la pelvis cubierta por la tanguita, de corte masculino a pesar de todo, color rosa. Está es mínima, putona, sensual, deformada por la erección tras ella, una que, aunque escandalosamente visible, es totalmente cubierta por esa tela que parece una capa de pintura sobre su piel. Una muy erótica.
 
   -Joder, tu cuerpo… Y esa mierdita rica que llevas… -le clava los ojos en la pelvis, y Jacinto traga, de pronto sediento, cuando el tolete del abogado sufre un temblor y una espesa gota de líquido cae sobre la alfombra.- Vuélvete… Enséñamelo todo, por favor…
 
   Con la respiración entrecortada, Jacinto patea y sale del pantalón, estaba allí, con medias (azules claras), la tanga rosa y nada más, mostrándose a un carajo que le había dicho que quería enterrarle aquel tolete grueso y nervudo por el culo. Más rojo de cachetes se vuelve…
 
   -Oh, mierda santa, muchacho… -le oye contener el aliento.- Voy a cogerte tanto, tanto, tanto que voy a preñarte…
 
   La voz, el tono, las palabras erizan al muchacho, ¡tanto así le gustaba a ese carajo!, aunque nada le prepara, y gimen cuando ocurre, a lo que le recorre cuando las manos grandes del sujeto caen sobre sus hombros, recorriéndole, acariciándole… y la punta de aquel tolete duro y caliente, le roza y moja la curva de las nalgas.
 
   -Tan hermoso… -jadea el abogado, voz cargada de lujuria contra su oído, bañándole con su aliento, cerrando la distancia, quemándole con su velludo cuerpo.
 
   -Doctor… -no sabe qué quiere, pide o espera. Tan sólo que respira pesadamente, su poderoso torso subiendo y bajando con esfuerzo, la verga latiéndole dentro de la rosa tanga… su culo hecho una sopa caliente. Pero aún esa palabra pierde sentido cuando esas manos, metiéndose bajo sus brazos, recorren su torso una, el abdomen la otra. Las palmas erizando su piel, estimulándole, sus tetillas imposiblemente duras, los dedos de aquella mano atrapándolas dulcemente, pellizcando y halando. Halconcitos leves que hacen gemir al forzudo muchacho, mientras la otra baja, lentamente, recorriéndole y excitándole, un dedo jugando con su ombligo, demarcando sus bordes redondos (como un culo, piensa desmayadamente), entrando y empujando, para finalmente bajar más y más, esos dedos sobre su bajo abdomen, allí donde generalmente hay vellos, unos que ahora no tiene, no sabiendo por qué.
 
   -Tan hermoso… -el hombre repite susurrando, sabiendo lo que provoca en el joven, pero también el arrebatado de lujuria que le recorre a él. Sacando la lengua y pegándola de ese cuello liso, los dos se estremecen por el íntimo y erótico roce, mientras los dedos se meten, las uñas, dentro de los bordes de la tanga.
 
   -Hummm… -el muchacho se estremece, y más cuando esa verga dura y pulsante, horizontalizada, se refriega de sus nalgas, de adelante atrás, como si le cogiera, percibiendo perfectamente toda la longitud de ese poderoso miembro.- Ahhh… -grita, mejillas rojas y ojos cerrados cuando los dedo del hombre pellizcan sobre su pezón izquierdo algo más fuerte, y recorre la enorme silueta de su verga, sobre la suave tela de la tanga, la cual parece intensificar la sensación. El tolete responde latiendo y manando sus jugos.
 
   -Posa para mí. –pide, con voz entrecortada, como si le costara, soltándole. Cosa que si le cuesta.
 
   No sabiendo por qué lo hace, el por qué siente que debe complacerle, el fornido joven, muy rojo, separa sus piernas, las tersas nalgas abriéndose un poco, dejando ver la delirante tirita rosa del hilo. Doblándose, expone más, y sobre un hombro mira a ese carajo, un tipo casado que estaba haciendo aquello, en la sala del apartamento que comparte con su mujer.
 
   -Mierda, mira eso, eres tan… -el abogado no parece encontrar palabras mientras recorre con la vista la nuca, los anchos hombros, la estrecha cintura, las recias nalgas, redondas y duras, que se abren, rodeadas por una tirita de color que se pierde entre ellas, semi cubriendo, no del todo, un orificio que parece algo hinchado, de labios abultados (un culo sabroso), y atrapando en el saco rosa, más abajo, las bolas. El joven le ve llevar una mano a su tolete, apretándolo como para impedir una corrida ante la sola vista.- Sube un pie al mueble, por favor.
 
   Sintiéndose todo caliente, y tonto, Jacinto obedece, equilibrándose sobre un pie en la alfombra, el otro en el mueble, su recio y joven cuerpo algo ladeado. Sus nalgas bien abiertas. Se estremece y aguanta la respiración al oírle aspirar ruidosamente, como sorprendido, mientras se le acerca. Las manos, abiertas, caen en sus hombros, acariciándole con adoración.
 
   -Tan hermoso… -le oye repetir nuevamente, en trance, mientras le acaricia la espalda, bajando.
 
   Casi jadea cuando le siente el aliento bañándole la piel, porque mientras le soba, ese carajo comienza a besarle los hombros, la columna. Besa y chupa su piel, a veces lengüeteando sobre ella. Y esas caricias le tienen al borde. Más cuando se vuelve sobre el hombros y le ve el rostro enrojecido, los ojos cerrados, la verga goteándole copiosamente al caer sentado, esos labios y manos cayendo sobre sus nalgas, clavando dedos, intentado clavar dientes (son muy tersas y no se dejan). El aliento bañándole la raja. Tiene que afincar los dedos de los pies cuando la tanguita es apartada de su raja.
 
   -Ahhh… -se le escapa, labios muy abiertos, ojos llenos de sorpresa, erizado.
 
   ¡Ese hombre ha metido la cara entre sus nalgas!, raspándole con el rastrojo rasurado de la barba, el aliento bañándole el culo, que tiembla, ansioso, lleno de ganas.
 
   Aunque no acostumbra hacer esas vainas (coger si, dejarse mamar igual, eso no), el abogado no puede detenerse, con los pulgares le aparta un poco más la tanga y separa los labios del esfínter, aleteando la punta de su lengua sobre ese capullo tan levemente velludo que casi parece lampiño. Y le enloquece notar como esa entrada se agita y titila bajo sus caricias. Era un culo, pero… Cerrando los ojos le mete la lengua, cálida, babosa, reptante, y ese agujero se abre en flor, dejándole penetrar, el anillo medio masajeándole, sintiéndose un olor levemente almizclado, sabiéndole curiosamente dulce. ¡Y comienza a comerle el culo!, chupando, lengüeteando, salivándole, y Jacinto se estremece, gime, se revuelve, casi le atrapa el afilado rostro con las nalgas. Los gritos de agónico placer suben en intensidad cuando la lengua le coge, literalmente, adentro y afuera de su culo, una sensación nunca antes experimentada.
 
   -Hummm… hummm… -es todo lo que puede gemir en un momento dado, sintiendo que se quema, subiendo y bajando el culo sobre esa boca.- Oh, por Dios, doctor, cógeme… ¡Cógeme ya! –le grita.
 
   Casi cree sentir que el tipo ríe, contra su culo, pero este no se detiene, sigue enrollando la lengua y empujándosela, muy adentro en su tembloroso agujero, que se abre, los labios del esfínter parecen masajeársela mientras la siente. Y una lengua en el culo era algo que, le avergüenza, de haber sabido que se sentía así hace rato habría querido experimentarlo. El abogado, aferrándole con los dedos, bucea entre sus nalgas, su rostro sube y baja ahora, frotándole el sensible anillo con nariz, labios y barbilla. Sopla suavemente y le maravilla ver ese culo titilar.
 
   -Ahhh… -es todo lo que parece poder exclamar, o hacer, Jacinto. Si alguien le estuviera viendo desde el techo, como una cámara oculta puesta allí por una esposa que desconfía de las niñeras junto a su apuesto, masculino y recio marido, habrían visto su cabello cayéndole en la frente y los ojos, su frente fruncida sabroso, sus mejillas rojas, los labios húmedos levemente abiertos en una sonrisa, gimiendo; la viva cara del placer y la urgencia. Su culo necesita más, y mientras sigue azotándole con la lengua, el hombre le mete un dedo con insoportable lentitud.- Ohhh… -goza cada centímetro que le penetra, pero… Baja su culo, tomándolo todo.
 
   -Estás muy caliente, ¿verdad, pequeño? –la voz burlona, ronca y viril le eriza. Y cruzan una mirada.- Muéstrame cuánto lo quieres. –le pide, metiéndole un segundo dedo dentro del redondo agujero, cuyos labios parecen abrazarlos con fuerza, cerrándose de una manera hambrienta y erótica sobre ellos. El joven culo de un musculoso tipo que no sólo acepta que lo penetren dedos masculinos, sino que los abraza de una manera decididamente urgida, quemándolos, apretándolos.
 
   Y si esa cámara estuviera allí, se habría visto al joven volver el rostro al frente, más rojo de vergüenza, lanzando un casi frustrado gemido. Su cuerpo sólido y musculoso se agita, va y viene; su culo sube y baja, apretando siempre, sobre esos dedos masculinos que penetran su entrada hasta hace poco secreta. Y grita, porque sus entrañas estallan en candela. Los atrapa y suelta con más rapidez, los labios de su culo bajando cuando sale de los dedos, entrando cuando los cubre otra vez, bajo la fascinada mirada de Andrades, cuya verga estaba creando un pozo de líquidos espesos sobre la alfombra. Y los agita en el interior del joven, tijerea en esas entrañas, los flexiona y le roza, goteándole más el tolete, que se estremece, al oírle gemir roncamente, de puro placer, mientras arquea la espalda, que enrojece también.
 
   Un tercer dedo se mete, y Jacinto así lanza una risotada, ahora si se sentía mejor. Y su joven cuerpo brilla de transpiración, dorado, liso, mientras sube y baja con mayor rapidez sobre esos tres dedos largos, velludos y gruesos. Jadea, se calienta más y más mientras se empala. Su culo es una ventosa caliente y húmeda. Cree escuchar un pop, cuando el otro los saca, soltando la tirita.
 
   -¿Realmente quieres esto? –pregunta el hombre.
 
   Con su culo abandonado, Jacinto baja el pie, volviéndose a mirar al hombre, casi parece una virgen ruborosa; el carajo, de pie y sin quitarle los ojos de encima sale de la bata. Es delgado pero fuerte, correoso, velludo. Los ojos del joven bajan a ese tolete tieso, goteante.
 
   -Si…
 
   Ese hombre va junto a él, alzando las manos y atrapándole el rostro, besándole, mientras se dirigen vivienda adentro; cruzan un alfombrado pasillo, con las paredes cubiertas de retratos familiares. Se besan cuando el abogado empuja una puerta y entran en un dormitorio amplio, con toda una pared ocupada por el cabezal labrado de una cama inmensa, que atornilla con gabinetes a los lados. Al frente hay equipos de sonido y video. El ambiente está algo frío. El piso, cubierto por una gruesa alfombra marrón, combina un tanto con el cubrecama.
 
   Pero ninguno de esos detalles le importa a la pareja mientras se besan, lengüeteados y chupados, metiéndose manos por todos lados. El abogado le arroja de espaldas sobre la cama, cayéndole encima, sus pieles rozándose, sus torsos, las manos, las lenguas. El tolete del hombre choca y se frota del que está cubierto por la tanga. La calentura es tal que ese sujeto va a cogérselo en su cama matrimonial. La que comparte con su mujer. Y la idea es tan perversa que no puede contener las ganas. Se pone de piel, quitándole las medias, Jacinto sonriendo y jadeando, sintiéndolo casi como una caricia. Luego le obliga a volverse. El joven, mentón en el colchón, parpadea al sentir las recias manos atrapar las tiritas de su hilo dental por las caderas, halando del mismo, el hombre disfrutando como va apartándose y levantándose de entre sus nalgas, enrollándose en sus muslos. Esta caricia, le parece al forzudo joven, era aún más intensa que la de las medias.
 
   Temblando de lujuria, totalmente perdida toda cordura, Andrades le saca la prenda de los pies, alzándola, mirándola fascinado, tan pequeña, ¿cómo cubría tanto? La lleva a su rostro, olfateándola, y la verga le tiembla, mojándolo todo. Cierra los ojos, aspirando más, llenándose los pulmones con aquel olor a sexualidad masculina joven.
 
   -Ábrete para mí, bebezote. –le ordena, ronco, preguntándose cómo haría para robarle esa tanga y guardarla como trofeo.
 
   Y mirándole sobre un hombro, respirando pesadamente, Jacinto separa sus recias piernas, sus nalgas se abren, y ese culito rojizo titila salvajemente. Cuando Andrades se acerca, montando una rodilla en el colchón, entre sus piernas abiertas… ese agujero se abre como una boquita hambrienta de güevo. De macho.
 
   Ojos muy abiertos, preguntándose todavía qué coño hace abriéndose así de culo a otro carajo, él que no es gay (y lo piensa en serio), sabiendo que su agujero sufre espasmos de anticipación, Jacinto espera, conteniendo la respiración, cachetes rojos, hombros tensos, los músculos marcados en su espalda, sus nalgas son masas duras. Traga en seco, con dificultad, cuando la cabeza de aquel güevo se roza de su entrada, frotándose, dándole leves caricias y embestidas sin penetrar.
 
   El abogado apenas se puede contener ante la visión de ese hermoso y joven tío, fornido y caliente, esperando a que se la entierre hasta los pelos en aquel culo casi lampiño, tembloroso, abierto y deseoso. Esos temblores del esfínter masculino, la visión toda del chico tenso sobre la cama, aguardándole, le roba la poca cordura, esa que todavía le advertía que era mala idea, una muy mala idea, cogerse a ese muchacho en su propio apartamento sobre la cama que comparte con su mujer, la cual le mira desde una fotografía, sonriente, sobre la mesita de noche. Pero no puede contenerse, no con aquel dulce manjar así ofrecido, ¿qué hombre podría dejar pasar semejante oportunidad? Algo salvaje parece despertar en él, mientras recorre con la amoratada punta de su verga esa raja, esos labios hinchados y temblorosos.
 
   -Quiero cogerte duro, muchacho; lo quiero tanto que me duele. –le dice ronco, sus miradas encontrándose sobre un hombro, Jacinto temblando ante su lujuria.- Quiero que seas mi putito, llenarte con mi verga y convertirte en una nena caliente. –apoya con más fuerza el glande de esos labios que se abren, casi abrazándole.- Si, estás cachondo, ¿verdad? Un güevo es lo que quieres. Un hombre… -empuja suavemente, maravillado de cómo su grueso tolete va penetrando en aquel pequeño agujero redondo, que se las ingenia para dejarle pasar mientras le aprieta.
 
   -Ahhh… -Jacinto tiene una expresión que casi podría parecer dolor, frente fruncida, boca abierta, los gemidos escapando, pero no era nada de eso. El muchacho estaba sintiéndola, la dura y pulsante verga caliente enterrándosele, el glande rozándole, las venas latiendo contra las paredes de su recto, despertando nuevas oleadas de lujuria, de deseos que parecen ahogarle. Cierra su esfínter, sus entrañas, deseando sentirla mejor, atraparla. Chuparla para terminar de enterrársela.- Ahhh… -grita otra vez, roncamente, de ganas, cuando las manos del hombre caen a los lados de sus hombros, recostándose de él, metiéndosela toda, poquito a poquito, abriéndole, llenándole. Su culo tenía al fin lo que tanto quería: un güevo llenándolo.
 
   La punta golpea de su próstata, así de fácil, es como si esta se moviera para buscarle, para facilitarle todo, y sus entrañas estallan en llamas, apretando y sorbiendo prácticamente, provocando un doble gemido a los hombres. Jacinto, casi barbeando, dejando salir jadeos, siente como las paredes de su recto ordeñan ese tolete. El abogado se ve asombrado, ese culo alrededor de su tranca parecía una mano, una boca, ¡un ansioso chupón!
 
   -Dios, qué culo tan vicioso y caliente; tan apretado… -gruñe el hombre, retirándose lentamente, refregándole, halándole los labios del esfínter; metiéndosele otra vez, con un golpe seco, dejándose caer. Tensándole, viéndole arquearse y oyéndole gemir. Lo saca y mete, alzando su culo peludo, retirándole el grueso tolete nervudo, amoratado de ganas, del redondo anillo, abriéndoselo, trabajándoselo, golpeándole con las bolas. El tolete, venoso, amoratado, sale y entra con ganas, nutriéndose de esas entrañas que lo reciben y halan, chupándolo.
 
   ¿Qué pensaba aquel chico heterosexual, musculoso y guapo mientras su culo era cepillado por la nudosa verga de aquel hombre que tenía edad para ser su padre, uno joven y guapo, pero mayor?, era difícil saberlo viéndole rojo de cachetes, frente fruncida y boca muy abierta de donde salen gemidos nada masculinos o de dolor, sus nalgas subiendo y bajando con rapidez para acercar su ardiente y hambriento culo a ese tolete. Los paff, paff, paff, de las bolas y pelvis del otro sobre su persona, completan el cuadro.
 
   -¿Te gusta, bebezote?, ¿te gusta sentir mi verga arando tu joven culo caliente? –le pregunta, mórbido, emocionado, ese sujeto casi sobre un oído, mirándole sonreír extraviadamente.
 
   -Ohhh, si, si, papi, cógeme así. –escapa de sus labios; independientemente de cualquier cosa que pensara, su mente había dejado de funcionar, momentáneamente dominado por el calor, las ganas, la lujuria desatada de sus entrañas, con la punta de esa verga caliente y pulsante contra su próstata mientras le refriega las sensibles paredes del recto en ese indetenible saca y mete, controlándole, dominándole, reduciéndole al estado de un cuerpo que desea, no, que necesita ser poseído, tomado. Cogido.- Sigue, sigue, duro, por favor… - casi lloriquea gritando cuando siente esos labios tersos, rodeados de una sombra de bigote y barba rozarse de su orejita roja, le lengua lamiéndole, los dientes atrapándole, la saliva mojándole cuando la punta rojiza parece querer penetrar también su canal auditivo. Tan sólo puede tensarse y estremecerse bajo el cuerpo masculino, demostrando lo fuerte que es a pesar de estar abierto de culo.- Cógeme, cógeme; lléname el culo de leche. -lloriquea, alzando y bajando sus nalgas blanco rojizas contras esas caderas bronceadas y velludas, exprimiéndole con el agujero la venosa lanza de carne.
 
   Tragando en seco, perdido de lujuria, nunca antes tan caliente como ahora (ese culo parecía derretirle la verga de una manera que sencillamente no le dejaba razonar), el abogado sonríe y gruñe dominante, el macho poderoso… al tiempo que se siente vagamente inconforme. Hay algo que le molesta y no sabe… Se la clava toda por ese culo, centímetro a centímetro su nervuda tranca desaparece dentro del redondo anillo, quedándose allí, meneando sus caderas de manera circular para escucharle gemir, totalmente sobre su cuerpo cálido, que sube y baja por la anhelante respiración. No entiende qué tiene, qué le pasa… hasta que comprende: desea ese culo, a ese chico, para sí. Quiere que Jacinto sea suyo, sólo suyo. Y no lo era. No le pertenecía… todavía.
 
CONTINÚA ... 10