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domingo, 3 de noviembre de 2019

RIO GRANDE... 10

RIO GRANDE                        RIO GRANDE... 9
   Acecho...
......

   El cuerpo se mecía suavemente por la brisa, como lo que era, un fardo sin vida. O eso quería creer, erizado de pies a cabeza, todo el cuerpo temblándole de horror ante el espectáculo que le tocara contemplar. Un horror que casi competía con el que se dibujaba en las desfiguradas facciones de aquel hombre colgado. Muerto. Estaba muerto y...
 
   -¡Cuidado! -ruge este alzando repentinamente un tanto el rostro lívido, enfocándole con unos ojos nublados, ciegos, haciéndole pegar un bote de miedo.- Ahora irá por ti. Necesita matarte para que todo continúe. -esa figura enfoca los ojos más allá de él, escrutando el camino a sus espaldas de manera ardiente, atormentado.- Me mató por un trono que nada vale, que es de mierda, que es sangre. Nuestro trono es ilusión, muchacho. Y por esa vana ilusión moriremos todos en pecado mortal, más allá de toda salvación. -jadea costándole hablar, ahogándose cuando una sangre negra brota a borbotones de sus labios azules pálidos.
 
   Entrada ya la mañana, el sol brilla sobre el cristal de una manera inclemente para quien le duela la cabeza o está enratonado por el alcohol, concentrado luz y algo de calor que impacta contra su rostro caído en una posición totalmente extraña e incómoda. O debería resultar extraña si no le ocurriera más frecuentemente de lo que aconsejaría su bienestar, o contara a los amigos que ya no lo encontraban gracioso. Chasqueando la lengua, sintiéndola seca, pastosa y agria, Leandro Ceijas abre los ojos, maldiciéndose por no correr la maldita cortina antes de caer inconsciente en su cama. Jadea congelándose en el acto. Enfriándose y olvidando así los dolores de su cuerpo al haber dormido sentado tras el volante de su camioneta. No, no estaba en su casa y menos en su cama. Y el viejo sueño...

   Pero, ¿qué coño...? Iba rumbo a su casa anoche. Lo sabe, cruzó por el centro del pueblo y... Los recuerdos de la noche anterior quieren regresar a la cabeza del joven agente policial, con la extraña mujer sin ojos en la avenida, la botella de mierda que... Pero es demasiado trabajo. Mucho qué procesar cuando apenas podía respirar, y parpadear ante los rayos del sol. Especialmente ahora cuando su mente está completamente ocupada por un miedo y una rabia casi ancestral. A los lados de la camioneta se alzan los altos matorrales que rodean la angosta carretera de tierra que lleva al apartado y viejo trapiche cerrado más de una década atrás. Con su construcción alta, ancha, de techos en caída, con las chimeneas ennegrecidas. Una edificación que le aterroriza, aunque no tanto como la vieja ceiba que crecía casi en la fachada de la propiedad. Un árbol que nunca han quitado aunque estorbaba antes y resultaba amenazante ahora.

   Aquella propiedad le pertenecía a su familia, proveyéndoles de dinero y prestigio social. Hubo un tiempo cuando los Ceijas eran alguien dentro del pueblo, parte de “las familias de bien”. Eran los dueños del trapiche, los señores del azúcar refinada, la morena, la melaza y el papelón; esos a quienes todos iban a venderles el producto de sus cosechas de caña. Los tiempos cuando se codeaban con los otros. Ahora... Las manos le tiemblan violentamente cuando las alza y las lleva a su rostro, cubriéndose la cara como para no continuar mirando el árbol... El mismo donde encontrara, años atrás, el cadáver de su padre balanceándose al viento.
 
   Ese maldito borracho que les dio tanta mala vida, cruel, el mismo que los apartó de su madre; quien les gritaba cuando lloraban preguntando por ella, tachándoles de mariquitas, cuando no dándoles un tortazo que les dejaba sordos por un rato. Y allí terminó. Colgado, con el rostro descompuesto de... miedo. Era una mueca de espanto la que encontró en sus facciones esa maldita mañana. No una expresión de alivio al tomar una salida, o de dolorosa resignación. Era una mueca fea. Verle le asustó por tantas y tantas razones que nunca se permitía pensar mucho en ello (el hijo que encontró ahorcado a su padre). Ese gesto, saberle muerto, haber sido él quien le hallara cuando le avisaron que llevaba dos días sin aparecer por su casa... Encontrarle así le había hecho llorar. Lloró desde que frenara violentamente esa misma camioneta y saliera a la carrera dejando la puerta abierta, olvidándolo todo, gimiendo un “¡papá!, ¡papá!”, llegando junto a él, llamándole todavía más como si esperara que le escuchara en alguna parte y decidiera responderle, regresando. Sin pensar le rodeó las piernas, alzándole, intentando aflojar la presión sobre el lazo, aunque como joven agente de policía ya sabía que estaba muerto. Lo sabía. Y aún así continuó llamándole, pidiéndole a Dios que le ayudara. Que lo regresara.

   La Ceiba de los Ceijas colgantes. Así le decían en Río Grande, entre risas, como si fuera un detalle gracioso dado las repeticiones. El mismo árbol donde su abuelo se ahorcó, y el hermano de éste, y su tío Benjamín hace años, así como su padre. El último de los ahorcados. Cuatro de ellos... “Hasta ahora”, eso lo agregaba siempre alguien cuando se hablaba de aquel asunto, como si fuera un detalle ameno y pintoresco del pueblo. Y él regresaba. Algo le empujaba a ese lugar. De noche, entre borracheras, sin recordar cómo, volvía y despertaba allí. Lo primero que veía al abrir los ojos era...
 
   -Como no sea el Diablo que te lleva allí, por borracho. -le gruñó una vez el padre Vicente, la única vez que en sus confesiones, habló del asunto. Nunca más lo hizo. Resentido con el cura.
 
   Se iba a su casa, caía en su cama... Abría los ojos y allí estaba. Respira con angustia, abriendo los ojos tras los dedos, el sol filtrándose, la imagen del trapiche también, y la del árbol... Así como un trozo de cuerda, gruesa y oscura, colgando de la rama donde su padre...

   Con un jadeo aparta las manos, ojos dolorosamente abiertos por el martillar dentro de su cabeza y toda la tensión del momento. No, no hay nada. Abrumado lucha por abrir la portezuela, lográndolo a duras pena a tiempo de lanzar un buche caliente y ácido de bilis y ron a medio digerir sobre la tierra. Una mezcla espantosa, pero familiar. Tan sólo un buche mientras tiembla violentamente. Dios, iba para su casa, ¿cómo es qué...?

   El miedo se filtra nuevamente en su mente, en su ánimo, en su corazón, con la vieja certeza: Un día regresaría allí, sacaría un trozo de la cuerda que llevaba en la maleta y también él sería encontrado. Lo haría sin saber cómo, como ocurría en sus paseos nocturnos al lugar. Imagina que no despertará hasta que el aire comience a fallarle y el horror, al entender lo que hizo, pinte una mueca espantosa en su rostro, cuando patalee y se arañe el cuello intentando apartar la soga. Con mórbida fascinación se imagina la cuerda mordiendo su piel, sus manos intentando aflojar el nudo, tomando la cuerda e intentando alzarse, las manos resbalando, cansándoseles y... Quedaría como su padre, que muerto, tenía un rictus crispado de miedo en su semblante. ¿Qué viste cuando te ibas, viejo?

   El crepitar de la radio policial le hace pegar un bote y lanzar un gemido. Se pasa el dorso de la mano por los labios, escuchando la voz de mujer.

   -Ceijas, Ceijas, ¿estás en tu camioneta? Llamé a tu casa y nada. Responde, caramba, es importante.

   -Si, Mabel, aqui estoy. Aunque necesito un tiempo para...

   -No tienes mucho. El jefe quiere vernos a todos. Parece que hay un niño desapareció en el pueblo. Un chico de la primaria. -anuncia la mujer y los hombros del hombre caen.
 
   -Entiendo. ¿Creen que...?
 
   -Aún no se sabe nada. Pero a veces estas cosas, como pueden ser una tontería, un malentendido, una travesura... también pueden ser malas. Ya sabes. -el silencio que sigue es ominoso y el hombre siente que el dolor de cabeza se intensifica todavía más, como si algo se clavara en el centro de su frente, sobre el ojo derecho, taladrándole.
 
   -¿Lo presientes? -pregunta con un nudo en el estómago.
 
   -Si. -es la lacónica respuesta de la mujer.

   Si, ese sería un día de mierda, se dice el hombre de rostro marcado, arrugado, las mejillas algo velludas, avejentado a pesar de la edad, mirando hacia el viejo y retorcido árbol, que con todo, se alzaba hacia el cielo, alto, grueso.
 
   Un día acabaré contigo, desgraciado; te talaré y será el final. Un día...
......
 
   El rústico pero bien mantenido vehículo cruza bordeando el pueblo a la distancia; era posible ver a la derecha del camino de tierra por donde entran, los techos y los pisos de las construcciones más altas, con su carretera de asfalto que lleva hasta allá. Del lado izquierdo pareciera que brillara un gran espejo algo lejano. El chico, con los ojos cerrándoseles, imagina que es un río. Tal vez el que daba nombre a ese lugar. Ignora que es una laguna enorme. Bosteza y agita el rostro intentando alejar ese sopor extraño que le domnina. No ha pegado los ojos desde que saliera de su casa, pero...
 
   La cantimplora cae de sus manos sin fuerzas, y la ve caer en el piso de la camioneta como en cámara lenta. Botándose un poco su contenido.
 
   -Recógela y ciérrala. -oye la fría orden que parece llegarle de muy lejos.
 
   -Lo siento. -farfulla y se inclina, costándole no irse hacia adelante, tomándola y cerrándola. Esa agua...
 
   Eleva la mirada. El hombre que le recogiera en la carretera, el que le ofreciera algo de comer y beber, un lugar donde reposar un momento antes de decidir qué hacer, le observa tras los anteojos oscuros, antes de volver la mirada al frente. Las recias manos sobre el volante. Una leve sonrisa en la comisura de sus labios que...
 
   -Quiero bajar. -jadea erizado, con el corazón latiéndole rápido aunque parece costarle.
 
   -Estamos por llegar.
 
   -¡Quiero bajar! -gime asustado de repente, parpadeando salvajemente, luchando contra el sueño.- ¡Pare de una vez! -ruge al no ser satisfecha su demanda. El hombre le mira nuevamente.
 
   -Pronto llegaremos y me ocuparé de ti.
 
   El frío que siente le eriza aún más, casi alejando el sopor. Pero lucha contra ese creciente sentimiento de miedo.
 
   -No lo entiendo, don, yo... -se yergue en el asiento y toma la manija de la portezuela, con movimientos muy lentos.
 
   -¿Nunca te dijeron que no subieras a los carros de los extraños? Hay una razón para esa advertencia. -le mira sonriendo. Burlándose.
 
   ¡A la mierda!, piensa el chico e intenta abrirla, pero una mano de dedos extendidos cae sobre su nuca, atrapando su cabello en el puño, halándole. Grita. El dolor le despeja la mente.
 
   -¡Suélteme, ¿qué hace, don? -ruge y le atrapa la muñeca luchando contra el agarre.
 
   -Eres un luchador, ¿eh? Eso me gusta. -dice con una sonrisa y con un tono oscuro de gozo.- Así será más divertido. -le oye más que verle, pero siente la sonrisa en esas palabras ominosas.- Nos vamos a divertir tanto, muchacho, tú y yo, que apenas puedo esperar a llegar. Verás mi lugar. Mi lugar especial. Las cositas que tengo allí. Para ti y para mí. Sólo aguarda y verás.
 
   Esa mano le suelta pero regresa como un puño cerrado que impacta contra su mandibula, del lado izquierdo. El estallido de dolor, amortiguado por el sedante, todavía es suficiente para que grite y salga disparado hacia la derecha, impactando el cristal de la ventanilla, fuerte. Mareándose más.
 
   La camioneta se interna en un serpenteante camino más estrecho, más solitario, que sube una leve cuesta entre cujíes, acacias y olivos, cruzando a la izquierda y entrando en una propiedad sobria, de apariencia espartana. Hay una casa de dos pisos, estrecha, alta, pintada de gris y techo de tejas verdes en caída. Más atrás se veía una edificación estrecha pero larga, baja, tipo corral para gallinas y cochinos; de una parte techada y más alta surgen algunos relinchos. También llegan los amortiguados gruñidos y ladridos de perros lejanos que no se dejan ver.
 
   En todo eso repara el chico, mareado, cuando con un traqueteo y frenazo el vehículo se detiene frente a la vivienda principal. Se tensa, gime y contiene la respiración cuando ese tipo se vuelve hacia él, arropándole con su cuerpo, que exhala un calor extraño, enfermizo (le parece asustado como está desde hace rato), que huele fuerte, como a caballos y madera talada. Este abre la portezuela y le empuja, arrojándole. Grita de sorpresa cuando cae. Con los sentidos embotados no llega a tender las manos e impacta de lado sobre el suelo reseco donde una grama magra no amortigua un carajo. Mareado, desconcertado (¿toda esa mierda estaba pasándole realmente?), mira en todas direcciones. Fuera de la vivienda que ve por debajo de la camioneta, el camino por el cual llegaron, no hay nada más. Sólo ese lugar, rodeado de altos árboles que casi parecían cubrir la propiedad. En cuanto a ese sujeto... Oye la portezuela del otro lado de la camioneta abriéndose. ¡Estaba saliendo! ¡Iba por él! Lucha por ponerse de pie, quedando de rodillas, agarrándose de la portezuela abierta. Oye como se cierra la otra y quiere correr, alejarse a toda mecha. Temblando, luchando contra el mareo logra ponerse de pie y dar un paso.
 
   -¡Ahhh! -chilla y se lleva las manos a la nuca cuando nuevamente un puño se cierra sobre su cabello, halándole salvajemente hacia atrás.
 
   -¿A dónde vas, bebé? Vamos a tu nueva casa. Con papi. Tengo todo un cuarto para que juguemos. Espero que te guste, estarás en él mucho, mucho tiempo.
 
   Nota el tono burlón y siente rabia, se debate y lucha, porque siente un verdadero horror hacia ese sujeto. Grita que no, que lo suelte, pero este sigue halándole por el cabello. En un momento dado se vuelve y recibe otro puñetazo en la mandíbula. Menos fuerte, pero en su estado se le doblan las rodillas y cae de espaldas cuan largo es, cuando el sujeto le suelta. El cielo se ve inmenso, tan claro, tan azul y puro que casi lastima la retina.
 
   -¿Qué...? -brama cuando una mano se cierra alrededor de su tobillo izquierdo y hala de él. Con facilidad, lastimandole un tanto sobre el reseco suelo al rodarle como a un saco.
 
   Intenta frenarse, lanzarle una patada, pero el sedante y los golpes le tienen mal, apenas puede coordinar sus movimientos. Pero se tensa. Más allá de la casa, más allá de los gallineros y pocilga hay otro edificio, más alejado. Viejo. Alto, estrecho, brillante al parecer de latón. Podría tomarse por un depósito para guardar granos, o herramientas. Pero las ventanas cerradas, metálicas, como la puerta, con un enorme candado, le daban un aire siniestro. Parecía una... prisión. ¿Su lugar especial?
 
   Nuevamente lucha por escapar, se debate y gira en esa mano quedando de panza sobre la tierra. La franela se le sube mientras es inexorablemente arrastrado hacia el edificio. Intenta atrapar algo de lo cual asirse. Nada. Lentamente, y sabe que disfrutándolo, haciéndolo así para angustiarle más, ese sujeto le lleva hacia ese lugar.
 
   -¡Ayúdenme! ¡Auxilio! -grita finalmente.
 
   -Si, eso es, bebé, lucha. -le oye reír bajito, sonido que se confunde con el ladrar histérico de perros que no puede ver.- Así será más divertido.
 
   No quiere complacerle, pero cierra los ojos, rojo de cara, y grita y grita pidiendo ayuda, clavando los dedos en la tierra intentado detenerse. No nota que se orina encima. De miedo y desesperación.
 
   Lo que le valdría la primera tunda a manos de ese sujeto... Notando lo erecto que estaba bajo sus ropas al hacerlo. Disfrutando de su miedo.
......
 
   El hombre boquea sin emitir sonidos (¿realmente dijo lo que cree que escuchó?), los ojos van abriéndoseles en la misma medida que una vena va llenándose alarmantemente en su sien derecha, tomando la forma de un relámpago, mientras su mujer, a su lado, parece una estatua de cera por el shock.

   -¿De qué carajo estás hablando? -ruge por fin,alzando la voz porque tiene que hacerlo, y le parece que el cristal de la ventana a sus espaldas retumba.

   -Cariño... -jadea Elsa Torcatt de Lezama, y el hombre reconoce el tono, es la voz llamando a la razón, a la mesura, a pensar antes de embestir con los dos cuernos a la vez, pero...

   -¿Acaso te volviste loca? ¿O estás drogada? Es eso, ¿verdad? Porque tienes que estar intoxicada para decirnos algo como eso. ¿A eso te dedicas ahora en esa camioneta acompañada de esos chicos? -brama Elías Lezama mirando a su única hija.

   Mayra, pensando en lo muy poco que pareció durarles a sus padres la alegría por su regreso, alza obstinadamente la fina barbilla, cruzando los brazos sobre su cuerpo, destacando un busto que el hombre no quiere ni mirar (y que le angustia como padre), decidida a enfrentarles. Elsa, al lado de su marido, si conoce esa postura.

   -No estoy loca ni drogada, papá. Dejé la universidad. No me gusta la Medicina. Lo intenté pero eso era horrible. Ver sangre me enferma y vomito viendo a otros hacerlo, y la idea de ayudarlos o limpiarles las barbillas en tales momento casi hace que me desmaye. Odio verme entre gente enferma. -habla con claridad, ligeramente agresiva.- Quiero ser actriz, eso es lo que me gusta. Actriz de teatro. Y esos chicos son mis compañeros y socios. Si vine fue... a buscar la herencia que me dejó el abuelo. Tengo la edad y quiero gastarla. -repite, remarcando las frases, toda pancha.
 
CONTINÚA...

lunes, 30 de septiembre de 2019

RIO GRANDE... 9

RIO GRANDE                         ... 8

   Bienvenidos al pueblo...
......

   Respira y jadea con esfuerzo mientras enciende el motor del vehículo; sabiendo que no encenderá, que fallará y no podrá alejarse de ese maldito lugar. Y sería justamente cuando... Enciende. El motor vive, después de todo. Y la radio deja escuchar una voz de mujer, modulada, jovial. Que le sobresalta. Porque no la llevaba encendida antes de bajar. Está seguro de ello. Casi seguro. Borracho como anda, sabe por experiencia, que oír música le produce sueño.

   -Alerta, campeón, alguien está detrás de ti. Va tras tus pasos. ¿Puedes sentirlo? -dice esa voz educada, bien entonada, una que no conocía pero que le eriza nuevamente la piel. Intenta fijarse en el dial de la AM, pero no distingue bien.- No corras, deja que te alcance. Quiere conocerte. -hay una risita suave.- Sabes de quién se trata, ¿verdad? El que te ha acompañado desde niño, ese que sabes que vela tu sueño, en la oscuridad, mirándote dormir desde los pies de tu cama. Que conoce tus miedos, tus angustias. Tus deseos. Vamos, ábrele tu corazón, sabes que lo necesitas. Que lo quieres. ¡Ábrele la puerta!

   No lo soporta y apaga la radio resistiendo las ganas de pasarse las manos por los brazos y borrar la piel de gallina. Está acostumbrado a los programas religiosos después de la media noche, y aún más tempranos. Pero esas palabras... No, no parecían hablar del Buen Libro, ni de nada bueno a decir verdad. Traga en seco, deseando estar ya en su casa. Haber salido más temprano de la cantina. Estar sobre su cama, cobijado. Seguro. Cierra los ojos y ve el trapiche, a lo lejos, desde la carretera de tierra que llevaba a la quebrada, con su mole oscura, su techo en declive, sus chimeneas. Y los abre rápidamente, porque no es un lugar que le agrade. Parpadea, sus labios se abren y se cierran. Bajo la luz de la farola de la esquina la botella gira sobre su centro, perfectamente inmóvil en el mismo punto, en medio de la calle. Algo que antes no hacía. Estaba seguro de ello. O casi. Mete reversa, el motor traquetea, se aleja un poco, y casi saltándose la primera sale disparado, cruzando sobre la botella, sin tocarla, sin mirar atrás. Una idea molesta le inquieta ahora, levantándole los pelos de la nuca aún más: ¿y si lleva a alguien en la parte trasera de la camioneta? Al que sigue a los viajeros que...

   Por eso no mira.
......

   Ignorando toda las sorpresas, el horror y el impacto que ese día traería a su vida, la mujer sale de su cuarto con una leve sonrisa de tranquilidad y serenidad, una que se acentúa al tomar una buena taza de café minutos después, una vez que monta el budare sobre dos de las hornillas de la cocina, una enorme pieza esférica donde puede asar hasta ocho arepas de buen tamaño... si deseara preparar tantas. La masa le lleva segundos, lo justo como para que la plancha esté lo suficientemente caliente. Con una pasada de aceite en sus manos unta las caras de las arepas y las coloca una a una sobre el budare. Le llega el conocido sonido del chisporroteo húmedo sobre el metal caliente. Tan conocido, tan suyo cada mañana... y su sonrisa se vuelve un tanto una mueca.

   Había algo deprimente en esa idea. Cuántas arepas habría preparado desde que se casara con Elías, se pregunta. Eran las seis y quince, todavía faltaba casi una hora para escuchar las noticias, por lo que se conforma con el amanecer llanero de Radio Rumbos, pensando en todas las cosas que hacer ese día, incluida cambiar la ropa de cama.

   -Mamá. -oye tras ella la voz alerta de su hijo menor, el cual siempre andaba algo ceñudo, le parecía ahora, aún no vestido para ir al liceo, llevando una camiseta holgada y el bermudas con el cual dormía... y que a los dos días olía a oso. Era raro verle fuera de la cama ya. Siempre se le hacía tarde, quería acostarse a medianoche pero nunca despertar temprano.

   -Buenos días, y que Dios te bendiga. -le responde ella con retintín, recordándole las obligaciones mañaneras de pedir la bendición y saludar. Andrés, delgado, alto, guapillo pero con rostro impaciente, rueda los ojos. No tenía tiempo para esas tonterías.

   -Hay una camioneta estacionada afuera. -le informa, desconcertándola.

   -¿Qué? -confusa mira del joven a la ventana que da al patio, el día ya clarea con fuerza. Pronto sería otro hermoso día de mucho sol... hasta que comenzara a achicharrar con sus rayos. No ve nada.

   -Esta de este lado. Estacionada en el patio lateral. En nuestra propiedad. -aclara el joven, señalando con un dedo.- Es una Van, de esas que hablan en el liceo, que llevan a degenerados que raptan chicos para hacerles cosas malas. -sonríe con la boca torcida.- Nunca dicen qué, unos les pregunta y se ponen rojos y comienzan a tartamudear. Tan sólo que es algo muy malo que no nos gustaría. -mira hacia la pared.- Dicen que la familia Manson, en Estados Unidos...

   -Si, si, lo entiendo, son peligrosas las Van. -le interrumpe ella, ceñuda, extrañada y preocupada, lanzándole una mirada firme.- Ve a bañarte y a vestirte; pero báñate de verdad o voy a meterte yo a la fuerza bajo el chorro. Y para que lo sepas voy a ira a hablar con tus maestros sobre esas informaciones que les dan. -tan escasas, tan deficientes, unas que no les servían para nada. Los chicos debían saber que si existían los monstruos y el peligro que conllevan. Tan perdida está en esos pensamientos oscuros que no repara en el joven, que continúa allí, mirándole fijamente.

   -Piensas en Leonardo, ¿verdad? Tal vez en una camioneta como esa... -hay cierta crueldad adolescente en el tono, algo deliberadamente malicioso, y ella se eriza y pierde la paciencia.

   -¡Llama a tu papá y ve a bañarte! -es tajante, mientras abre la puerta de la cocina y sale.

   No le lleva mucho a la ceñuda e intranquila mujer vislumbrar el vehículo, que le molesta más que alarmarla, la verdad fuera dicha. Pero qué abuso, ¿cómo se estacionaba alguien en su propiedad y...? La portezuela del pasajero se abre y se tensa, deseando ahora haber esperado a Elías y...

   -Hola, mamá. -sonríe la joven, saliendo y mirándola, afable, pero evidentemente tensa.

   -¡Mayra! -chilla ella, casi lanzando varios griticos más, olvidando todo en segundos, cruzando la distancia, arrojándole los brazos al cuello y casi bailándola mientras la acuna en un feliz abrazo.

   Uno que la otra responde sólo a medias, ¿porque es poco cariñosa, porque es una mujercita que se avergüenza de esas demostraciones, o porque sabe que un chico que le gusta las está mirando? Podría ser cualquiera de esas razones. Pero Elsa parece no notarlo, lo que habla un poco mal del amor que los hijos demuestren a sus padres y la incondicionalidad de estos.

   -¿Mayra? -se oye la voz de Elías tras ellas. Y la joven sonríe de manera más abierta, aún retenida por su madre, la cual está toda roja de cara.

   -¡Papi! -chilla y luego parece avergonzarse, lanzando una leve mirada a la camioneta.

   -¡Mira quién está aquí! -anuncia Elsa, como si hiciera falta, toda riente. El hombre, más comedido, va y la abraza, feliz también. Y la joven medio sonríe y chilla quejándose cuando es medio alzada del piso.

   -Miren lo que el gato vomitó cerca de la puerta. -agrega al encuentro, odioso pero no agresivo, no sabiéndose si feliz o no, Andrés, en camiseta y bermudas, observándola un poco más allá, ganándose una mirada algo divertida de ella, pero también seca.

   -Dios, estás tan flaco, ¿estás enfermo? -juega con él. ¡Y lo que habría agregado de no estar sus padres!

   -Tú te ves gordita. -replica.

   -¡Chicos! -comienza Elías, rodando los ojos.

   -¿Y esos quiénes son? -Andrés, sonriendo cruel, mira tras ellos.

   Elsa y Elías se vuelven, mientras Mayra, aún en brazos de su padre, se tensa. Rodeando la camioneta viene Clemente, sonriendo afable, mirando mucho a Mayra, notan sus padres. La portezuela lateral del vehículo se desliza y abre, y aparecen dos chicas bonitas, de buenos cuerpos, y un chico guapillo, delgado y alto, con un toque de crueldad en sus labios.

   -¿Ya llegamos al pueblo de marras? ¿Por eso huele tan raro? ¿Estamos cerca de una porqueriza? -pregunta este, bostezando, como no dándose cuenta de que hay testigos.

   -¡Jairo! -advierte bajito, entre dientes y sonrisas, la joven negra.
......

   Ignorando la historia de horror que iba a comenzar para ella, Elba de Linares da un leve golpe a la puerta del cuarto de su hijo, Antonio. Sonreída aunque algo extrañada de que aún siga durmiendo. Sonrisa que se congela y vacila cuando encuentra la habitación vacía. La cama está casi hecha, pero no del todo, se notaba que el niño se había acostado. Pero, claro, ella le había dejado allí; pero ahora no estaba. La ventana abierta le provoca un escalosfrio. ¿Una rara brisa mañanera? Debía ser, ya que era imposible que siquiera imaginara lo que había ocurrido con su muchachito amado.

   -¡Antonio! -llama, mirando sobre su hombro, preguntándose si estará en el baño.
......

   Temprano por la mañana y todo, como se dijera poco antes Elsa de Lezama, el sol ya achicharra bajo sus rayos a todo bicho que camina, vuela o se arrastra bajo él, y nunca se siente, o nota más, que cuando se está caminando por una larga y estrecha carretera de asfalto caliente, sin nadie a la vista. Ni una nube el el extenso cielo azul o un jodido cují seco que proporcionara algo de sombra, fuera de la peste del olor. Aunque el joven no piensa en ello, cuesta mucho pensar en esos momentos cuando tan sólo quiere distraerse imaginando haber llegado ya a un destino más grato. Amílcar Rivero era un muchacho apuesto, más que por la cara, algo redonda, cabello ensortijado de un color amarillento del llamado tipo bachaco y unos labios algo gruesos, por su juventud y su pinta. Cercano a los diecisiete años de edad, era cargado de hombros, como que había tenido que trabajar mucho echando pico y halando escardilla desde su más tierna infancia en la casa familiar, sobre una tierra dura, seca y egoísta que se negaba a soltar nada a menos que se sangrara sobre ella. A veces literalmente. Sumado a la tierra, y la pobreza, un rancho de cuatro divisiones para una familia de siete personas, con una madre arrugada y eternamente molesta, y un padrastro que no se cansaba de repartir tortazos para escapar de sus frustraciones (hasta la mujer se le puso fea), muy democráticamente, eso sí, le pegaba tanto a él como le daba a sus propios hijos; lo que bastó para que un buen día se cansara y tomara la carretera. Precisamente ayer.

   Pudo haberse enredado con Nancy, la hija de los vecinos, encamarse con ella... Y tal vez preñarla, viéndose obligado a escapar a la carrera, dejándola con el problema, o meterse a vivir con ella, arrimado en otro rancho con muchas más personas (aunque su papá no solía atizarles... tal vez porque la chica aún no se preñaba), y su historia habría acabado allí. Como sea, no le parecieron opciones muy buenas a un joven gañán que notaba como las mujeres de carajos con buenos trabajos, y hasta posiciones, le miraban. Gustaba. Tal vez en una tierra menos mezquina, bajo un sol menos cruel, encontraría a una cariñosa señora que le diera trabajo. En lo que fuera. Ya se encargaría él de mostrar buen ánimo, gratitud y... eficiencia. Eso le hace sonreír, caminando con paso algo vacilante en uno de los bordes de la carretera larga, estrecha y recta. Que parecía extenderse para siempre, le parece de pronto.

   Suda, claro; gotas calientes bajan de su cabellera, la espalda se ve cubierta también. Y se notan porque, siguiendo una terrible moda de muchachos, se ha quitado la franela que usa, colgándosela en el hombro donde también carga el viejo morral con sus pocas pertenencias; orgulloso de su estampa, aunque no lo reconocería ni para él mismo. La vanidad no era cosa de hombres. Pero le gusta su esbelto torso, sus pectorales algo pronunciado, la línea de vellitos negros y colorados que bajan de entre sus tetillas al ombligo. Vuelve la mirada al escuchar un lejano sonido. Una camioneta pickup, negra, de una cabina, abierta atrás, se acerca a la distancia. Su corazón pega un bote. Joder, si se parara...

   Se detiene al borde del asfalto, sonríe y alza el pulgar en la señal internacional de “¿me lleva?”. Desde que el camión le dejara en el cruce de Las Luisas, no había visto a nadie por allí, aunque le aseguraron que los camiones tanques de la Petrolera a veces cruzaban por ahí y que aunque tenían prohibido subir pasajeros, daban la cola. No había visto a nadie. Su mala suerte había estado trabajando tiempo extra esa mañana.

   La camioneta, de vidrio ahumados, no se detiene sino que sigue un poco más. El chico jadea desconsolado hasta que nota que reduce la velocidad, se detiene y retrocede. Sonriendo con todos sus dientes echa a correr un poco y se encuentran en un punto intermedio. Lentamente, con la manija, el cristal baja y encuentra un rostro alargado, ancho pero delgado, con una piel estirada sobre una estructura ósea que daba una apariencia agradable a ese sujeto maduro de ojos ocultos tras unos lentes oscuros.

   -¿A dónde vas bajo este intenso sol mañanero, muchacho? -le pregunta el tipo, no sonríe pero parece amable.

   -A Aramina. -le informa.

   -No llego hasta allá, pero puedo dejarte en el cruce.

   -¿A dónde va?

   -A Río Grande. A mi casa. ¿Te sirve?
 
   -¡Claro! -jadea el chico, sonriendo alegre, abriendo la portezuela.
 
   -Hey, hey, la franela. Vas a mojar todo. -le advierte el tipo, sereno, algo autoritario pero sonriente.
 
   -Ay, si, claro. -se viste mientras habla.- Hacía tanto calor que... -se explica y no nota como esos ojos tras los cristales bajan por la línea de vellitos en su torso, cómo evalúa el abdomen, el borde del pantalón y este mismo, con aprobación.
 
   -Entiendo. -todavía la mira un rato más, cuando ya está sentado de copiloto.- ¿Eres de por aquí? No creo haberte visto antes.
 
   -No, vengo de Guayabal.
 
   -¿Guárico? Un viaje largo, ¿vas dónde amigos? -pregunta mientras arranca.
 
   -No, no conozco a nadie por aquí; busco... -duda.
 
   -¿Trabajo, un lugar, una oportunidad? -insinúa el otro cuando el silencio se prolonga, sonriendo torcido.
 
   -Si, comenzar en alguna parte. -dice sintiéndose algo tonto, mirando por la ventanilla cerrada, agradeciendo el tosco aire acondicionado del vehículo que se siente increíble sobre su cuerpo sudado.
 
   -Entonces... ¿andas por ahí y nadie sabe dónde? Es arriesgado, muchacho. -puntualiza el otro.- Oye, si tienes sed, toma agua. -le tiende una cantimplora.
 
   -Gracias. -el chico sonríe, destapando el ovalado envase que le recuerda sus días de escuela, y duda en pegar la boca al pico, por lo que alejándolo unos centímetros de sus labios abiertos deja caer el agua.
 
   El hombre le mira y sonríe un poco más; esos labios gorditos seguramente se verían muy bien cubriendo un...
 
   -¿Llevas prisa? -le pregunta, con un tono de voz más bajo, amistoso. Uno que el chico nota.
 
   -No. No en verdad... -lo deja flotar. Por la edad ya ha notado miradas y ha visto cosas cuando iba del poblado a su casa. Hombres en carros que se detenían a “preguntarle una dirección”.
 
   -¿Por qué no te llegas a Río Grande conmigo, tomas algo frío, comes y ves si te gusta el lugar para... encontrar ocupación? -ofrece.
 
   Un maricón, seguro, piensa el chico, sonriendo algo divertido, cambiando su postura. Bien, ¿por qué no? No iba a meterse con un viejo marica, aunque fuera uno que pareciera un tío duro y viril, pero tal vez si se movía bien, y dejaba que le tocara entre la spiernas un poco, sólo un poco, le ayudara. Por un tiempo.
 
   -Okay. -responde finalmente.
 
   -Perfecto. -sonríe este clavando los ojos en el camino.- ¿Por qué no bebes más agua? Te ves acalorado. -le mira fugazmente, ¿sonriendo coqueto?, el chico no lo sabe pero le divierte cuando agrega:- Te ves todo caliente.
 
   Joder, vaya con el don, piensa para sí, casi riendo. Y bebe.
 
   Claro que bebe de la cantimplora ofrecida, y le sigue hacia un lugar que no conoce, con un sujeto al que no conoce... dada su mala suerte que trabaja tiempo extra. No encuentra nada extraño ni siquiera cuando comienza a bostezar y se siente embotado, mareado, con ganas de recostar la cabeza y cerrar los ojos, adormilado. Y no le parece extraño...
 
CONTINÚA ... 10