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sábado, 23 de noviembre de 2019

SUCIOS... 7

SUCIOS                         ... 6
   Pago en especias...
...

   -Este culo... -gruñe oscuramente el Ruso, observando su dedo entrar y salir de ese agujerito cerrado, apretado, que lo busca. Mira a Marcos.

   -Mateo... -la voz le falla, tose, carraspea e intenta sonar despreocupado. No excitado, por ejemplo.- Le aplicó algo y...

   -¡Vaya con el químico! -sonríe el hombre, mirando nuevamente ese culo.- Me gusta. Generalmente no tengo reparos en enterrarle el güevo por el culo a un sujeto, especialmente si me molesta y se la quiere dar de duro, hasta que lloren al sentirse rotos, quebrantados. Pero esto... Joder, cómo aprieta con ese esfínter mi dedo. Ya imagino lo que hará alrededor de mi tranca...

   Marcos tiene que tragar saliva, quiere apartar la mirada, pero... Ve esas blancas nalgas con su franja corta de bronceado ir y venir, mientras Rubén casi llora que lo dejen ir. Evidentemente atormentado por las ganas de su trasero.

   -Si, es mejor así, que lo goce... -continúa el Ruso como si hablara consigo mismo, y Marcos le ve retirar la mano, juntar los dedos índice y medio y meterlos por ese agujero, lentamente, con una mueca en los labios. Parecían enterrarse como cuchillo caliente en mantequilla.- Que, un día, vuelva por más.

   -Ahhh... -todo rojo de cara, Rubén se agita sobre la cama, intentando separar sus manos atadas, de levantarse o de echarse hacia adelante, pero su culo va y viene contra esos dedos que ahora entran y salen cogiéndole lentamente.

   El corazón le palpita tanto que Marcos teme morirse. Ese cuadro era sucio, el catire odioso de panza en la cama, gruñendo, gimiendo con rabia, pero revolviendo ese culo de nalgas enrojecidas, duras, contra la mano del sujeto de pie, con un bikini amarillo algo bajo, dejando escapar medio tolete, uno largo y grueso, rojizo y venoso, que pulsa a la vista de ese agujero. Ese güevo quería ese culo, de eso no había dudas.

   Y no sabe si soportará verlo, piensa ahogándose, la cara increíblemente roja también, toda caliente, sintiendo su propio tolete erecto ante el extraño espectáculo. ¿Lo sabría el Ruso, que así le afectaría? No lo duda, se dice con rabia, cuando este logra apartar a duras penas los ojos de ese culo atractivo donde mete y saca sus dos dedos largos, sintiéndolos atrapado por esos labios que aprietan fuerte, para mirarle. Sonriendo al bajar un poco los ojos, hacia su entrepiernas.

   ¡Oh, por Dios!, quiere gritar al tiempo que casi salta del sillón. Ese sujeto, ¡sonriendo mientras le mira, a él!, se tiende hacia adelante sacándole los dedos del culo a Rubén, quien mostrara en su cara algo de molestia, de rabia, pero también de lujuria. Una que sabe es artificial, toda química. Y lleva el rostro a ese trasero, separando los muy blancos dientes y medio mordiendo una nalga, de manera juguetona. Rubén chilla que no, que se aleje, que lo suelte, pero parece estremecerse ante cada mordida, cada besito chupetón en su tersa piel, por esa lengua que la recorría al tiempo que las manos le sobaban. Marcos no quiere moverse, respirar pesadamente o tragar, nada que indique que aquello le excita, pero...

   -Ahhh... No... no... -Rubén lloriquea como pidiendo piedad cuando ese aliento le quema la raja interglútea y esos labios caen sobre su tembloroso culo peludito, cerrándose alrededor de él, y chupando levemente, soplando, agitando la lengua de manera ruidosa.

   Marcos nota que hace todo eso por sus mejillas; que estaba chupándole el culo, mojándoselo de saliva, saboreándolo metiéndole la lengua como un hombre haría con el coño de una chica cualquiera. Algo que sabía que funcionaba muy bien.

   Rubén cierra los ojos con el rostro lateralizado en la cama, los cachetes rojo ladrillo, la frente fruncida, como si padeciera alguna tortura, pero el tono era de gozo. Esa lengua caliente y reptante, azotándole el agujero, metiéndosele, quemándole un tanto, haciéndole cosquillas, todo eso de manera rápida, estaba matándole. Porque... no sabe la causa, ¡pero siente el culo en llamas! ¡Le picaba! Había comenzado poco a poco aquella comezón, pero ahora era intensa, completa, desesperante. Y esa lengua ayudaba muy levemente... aunque no tanto como los dedos que poco antes le penetraran y le refregaran brindándole algo de alivio pero también aumentando aquella urgencia que no comprende con la mente confundida como la tiene.

   El hombre joven en el sillón respira agitadamente aunque intenta no hacer ningún sonido, mirando como el Ruso, clavando los dedos en aquellas caderas se mete más entre aquellas nalgas redondas y duras, lamiendo más, de manera ruidosa, chasqueando cuando besa y chupa. Ávidamente, con deleite por aquel beso negro que aplica, uno que seguramente... Si, seguro debía causar estragos en algunas personalidades aún sin químicos encima.

   Pero lo más llamativo resultan los gemidos de Rubén, con la cara ahora contra el colchón, boca abierta, mientras agita su trasero contra aquella cara, buscando aquella lengua, necesitado su culo de...

   Se tensa en el sillón; con una torcida mueca de maldad, el Ruso aparta el rostro de ese culo, los labios rojizos, las mejillas algo húmedas con su propia saliva, y sube sobre el joven, bajándose la parte delantera del bikini amarillo, golpeándole en el trasero con aquella barra. Y Marcos tiene que abrir los ojos porque, si, joder, sin capas, aquella vaina era gruesa y larga, y notablemente erecta. Rubén se estremece y agita cuando eso le golpea.

   -No, no, aléjate de mí, hijo de puta. -balbucea entrecortadamente.

   -Te va a gustar tanto. -el Ruso le responde con burla, medio cubriéndole con su cuerpo más alto, cerrando sus muslos y piernas sobre los del catire, seguramente todo pesado, piensa el hombre que mira. Que observa fijamente como la cabeza de la tranca pega y roza, soltando algo de humedad, de aquellas nalgas que se contraen de repulsa a su contacto. Rubén podía estar alterado químicamente, pero era un hombre heterosexual que odiaba todo aquello. Y esa idea le provoca un escalofríos de culpable lujuria a Marcos, una que recorre su espalda.

   -¡NO! ¡NO! ¡NO! -grita como más enfocado, Rubén, el miedo le prestaba serenidad mientras la punta pelada de aquella tranca se frotaba arriba y abajo en su raja interglútea, una y otra vez, rozandole con especial atención el peludo y cerrado culito que ahora comenzaba a... A pulsar, a titilar.

   -Relájate y lo gozarás tanto que ya no querrás otra cosa como no sea vivir con un güevo en el culo. -le susurra juguetón y cruel, el Ruso, a un oído, sosteniéndose en los brazos para no caer sobre él, pero mirando a Marcos, haciéndole cómplice de todo aquello.

   -No, no, por favor... -lloriquea Rubén.

   -Tómalo, bebé. -le gruñe y aprieta los dientes, sosteniendo su peso aún. Tiene la verga tan tiesa que no necesita tocársela para guiarla.

   La rojiza mole se frota contra el esfínter, que se cierra. El mafioso sonríe ante eso. Siempre lo hacían, creyendo que así conservarían su hombría, piensa empujando más y más, con el corazón loco de contento mientras ve como hunde esos arrugaditos labios hacia adentro.

   -No, para, para. ¡Es muy grande! -chilla Rubén, casi lloroso, con un tono lastimero que Marcos nunca le ha escuchado.

   Pero, claro, el Ruso no se detiene. El guapo carajo mareado y atado, esas nalgotas, ese culito virgen a la merced de su virilidad era más de lo que podía resistir. Le siente tensarse a pesar de todo mientras más empuja, suave pero firme, sabiendo que el chico resentía la penetración inicial de su glande.

   -Dios...

   -Relájate. -Marcos les oye decir y se estremece.

   El glande empuja más y más, venciendo la resistencia, desapareciendo la cabecita dentro del esfínter.

   -¡Ahhh...! -chilla Rubén, ojos muy apretados, frente fruncida, cara muy roja.

   -Relájate y pronto lo gozarás. -le aconseja, luego sonríe mirando hacia Marcos, con maldad en los ojos.- Y creo que sí que lo vas a disfrutar, gracias al químico.

   -Pero...

   -Calma.

   Y Marcos se horroriza y sorprende, muy duro bajo sus ropas aunque odia todo aquello. Sosteniéndose sobre sus manos como si hiciera lagartijas sobre la espalda de Rubén, quien se ve todo tenso pero quieto, el Ruso comienza a mecer sus caderas, moviendo ese glande en la entradita, como pitillo batiendo café con leche. Y el gemido de Rubén es un tanto distinto, mientras abre los ojos y parpadea. Ese tolete estaba dilatándole medio agitándose, enterrándose centímetro a centímetro cada vez, empujándose dentro de él, abriéndole, nota Marcos. Es testigo de cómo la venosa blanco rojiza pieza va desapareciendo, todavía agitándose un poco de aquí para allá con movimientos de caderas. Y no puede evitar imaginar un aplanado tubo esponjoso que iba siendo separado mientras algo se le enterraba, ocupándolo, dilatándolo al extremo... latiendo y quemando al mismo tiempo contra sus paredes.

   Lo que no puede imaginar es lo rico que lo siente el Ruso mientras lo va clavando entre esas nalgas maravillosas de hombre (la sola idea de tomar un culo viril ya era increíble para él), el cómo aprieta y se adhieren a él esas entrañas que parecen succionarle y rechazarle a un tiempo, estimulándole cada pedazo de la barra mientras la clava.

   Y menos puede imaginar la devastación dentro de la mente confusa y aterrorizada de Rubén, quien siente que esa mole le quema, efectivamente, pero también le refriega. Que le rasca las entrañas que tiene tan... ardientes, tan llenas de picazón. Una comezón que... Mientras aquel güevo se clava, vendida la molestia inicial en su entrada, va medio calmándole, pero cuando el Ruso se retira, unos dos o tres centímetros (los labios de su culo adheridos a él, como los pelos claros), siente que aquella comezón se incrementa al doble, desesperándole de manera intensa.

   Marcos jadea, la piel erizada, sensible, sabe que si se tocara la panza se le erizaría sensualmente, cuando ve como Rubén, cómo sufrido, desesperado, eleva su trasero redondo y musculoso, al tiempo que alza el rostro mareado, cerrando los ojos.

   -¡AHHH! -chillando en éxtasis mientras se encula totalmente de aquel güevo que desaparece en su interior, mientras el Ruso ríe, aflojando sus brazos y cayéndole encima, aplastándole con su peso, metiéndosela completamente.- Oh, Dios, siiiii...

CONTINÚA...

jueves, 14 de noviembre de 2019

SUCIOS... 6

SUCIOS                         ... 5
   Pago en especias...
...

   La idea le estremece, preguntándose exactamente ¿qué vaina era aquella, cómo Mateo había llegado a conocer de su existencia y de dónde las sacaba? El químico... así le decían desde hace tiempo. Siempre pensó que se debía a las pequeñas cantidades de éxtasis, perico aliñado y otras cosas que preparaba y vendía a los chicos en los liceos caraqueños, enviciándolos como un degenerado cualquiera, buscándose clientela entre esos niñatos idiotas que probaban la mercancía “gratuita” (bien, también él cayó una vez en esos engaños); pero ahora...

   Le eriza ver como Rubén arruga la frente como si estuviera pasando por el peor momento de su vida, farfullando que le soltara, que no lo tocara, pero arqueándose sobre la cama, con las manos retenidas por una de las del Ruso, quien sigue “cogiéndole” el ombligo; hasta que, extendiéndola, esa mano baja más, lentamente, acariciándole el caminito de amarillentos pelos que llevaban dentro del pantalón. Esos dedos recorren el borde, ahí donde las mujeres lograban que a uno le dieran escalofríos, piensa en sujeto en el sillón, todo tenso, asqueado y fascinado, sin poder apartar los ojos del sonriente Ruso, cuyos labios rojizos algo pálidos, era abultados.

   -Estás tan caliente. -le sonríe al mareado catire.

   -¡Suéltame, hijo de perra! -le gruñe este, molesto, pero igualmente asustado. ¿De lo que ese hombre podría hacerle contra su voluntad, violándole? ¿O por las sensaciones que le recorrían? Eso se pregunta Marcos, mirando con fijeza al bonito y detestable hombre. No puede evitar una sonrisa de satisfacción a pesar de todo. Si, que la pasara mal, joder.

   -Qué boquita tan grosera. -el Ruso, excitado, le sonríe mientras se miran a los ojos.- Pronto la tendrás llena con mi güevo y ya no serás tan insolente. Tan sólo te relamerás de gusto.

   -¡No! No, suéltame, marica desgraciado. -Rubén se agita, sus brazos se tensa intentando romper el agarre de esa mano.- Ahhh, nooooo... -chilla de rabia pero también con un gemido cuando esa mano logra meterse entre su piel y el pantalón, tocando, sobando, la tela áspera elevándose con sus movimientos.

   Y Marcos traga saliva, preguntándose qué estaría tocando el Ruso. Le parece que cierra la mano allí y que Rubén casi despega la espalda del colchón, echando la cabeza muy hacia atrás, su cara rojiza, su torso subiendo y bajando pesadamente. Y mientras le retiene con una mano y con la otra le soba, el mafioso alza por un segundo la mirada y Marcos queda atrapado en esas pupilas gozosas, riente, crueles enfocadas en él. Unas que parecen decirle “fíjate bien en esto”.

   El rostro baja, lentamente, boca abierta, y cubre una de aquellas rosadas tetillas, con aureola y todo, y hay unos ruidos feos como de niño jugando con saliva y Marcos imagina que azota ese pezón con su lengua.

   -¡Ahhh! -chilla Rubén, con rabia, pero elevando el torso como tendiéndose hacia el otro.
 
   Quien ahora succiona con mejillas huecas, chupando de aquella tetilla como su fuera la de una mujer. Y Marcos se ahoga un poco, de calor y repulsa fascinada al ver aquello. Al Ruso chuparle una teta. Este succiona y succiona, los gruesos labios se agitan, como presionando y halando. Y elevando nuevamente la mirada, hacia él (Marcos lo sabe), esos labios se van apartando y ve los blancos dientes medio mordiendo aquella sonrosada extensión de carne brillante de saliva. Es un pezón muy erecto. La mano sale del pantalón y los dedos índice y pulgar lo atrapan y lo rotan, frotándolo y halándolo al tiempo que con la boca le cubre el otro, y comienza a mamárselo también.

   -No, no... -gimotea Rubén, luchando contra el asco de tener a ese tipo haciéndole eso, pero también contra las sensaciones que no entiende y que lo recorren mientras el aliento de ese carajo le quema el pecho y aquella boca succiona y succiona, dándole lengüetazos, como si su pezón fuera de caramelo. Consciente de los dedos que apretaban y halaba con fuerza el otro, provocándole toda aquella calentura a él que nunca le impactó especialmente su torso en la cama.- Suéltame, por favor... -casi lloriquea.

   ¡Santa mierda!, gruñe para sí Marcos, notando la casi totalmente afuera verga del Ruso, cuando afinca con una pierna entre las de Rubén, su agarre... Pero también nota que el otro está duro bajo el jeans, diga lo que diga. Pero no es eso lo que... ¡Dios!, el Ruso dejó de manosearle las tetas, de chuparle una, y mientras el catire todavía se quejaba le cubrió nuevamente la boca con la suya, sonriendo, llevando de una vez la lengua medio afuera, metiéndose.

   -¡Uggg! -escucha que escapa de la boca ocupada de Rubén, mientras arruga la frente e intensa apartar el rostro.

   Pero no puede, y el Ruso juega. Le besa unas veces, excitado de meterle la lengua (y Marcos no quiere pensar en eso, en la lengua de otro carajo en su boca, tanteándole, bañándole de saliva caliente y de aliento), otras le lame el cuello mientras le clava los dedos sobre la barra que destaca contra la tela del pantalón, apretando, sobando, haciéndole gritar de indignada y culpable excitación. Desatándole la correa, abriendo el botón, bajándole la cremallera...

   Marcos traga en seco. Arrodillándose en la cama, los musculosos muslos tensos, del bikini amarillo el tolete escapando prácticamente, reteniendo a Rubén aún por las muñecas, el Ruso le da la vuelta sobre la cama, arrojándole de panza, subiéndosele a hojarascas sobre el culo, riendo cuando el otro chilla que lo suelte, que se baje. Y así, el hombre casi le arranca la chaqueta, tomando luego la fina franela azul, sacándosela. Y la verdad es que toda esa violencia sexual, cuando esta va saliendo del cuello del catire, de sus hombros, es intensa. Pero la franela no sale. Riendo aún más, el mafioso le ata las muñecas a las espaldas con ella, maniatándole. Rubén, cara roja, ojos muy abiertos, grita que lo suelte, alzando el rostro, todo tenso. Especialmente porque el Ruso baja un poco sobre sus muslos, gozando de verle agitado, atado, de oírle gritar inútilmente. Y comienza a bajarle el jeans exponiendo ese redondo y alzado trasero.

   El hombre joven en la silla se tensa mucho porque... ¡toda aquella vaina estaba poniéndole duro el güevo!
......

   La habitación era amplia, masculina, y está desocupada cuando la puerta se abre y aquella mujer, con ganzúas en manos, penetra después de mirar sobre los hombros a derecha e izquierda. Sonriendo, su rostro notándose como más cachapón. Entra y cierra con todo cuidado. Le pareció escuchar, unas puertas más allá, un grito ronco de rabia. Imagina que el Ruso estaba divirtiéndose. Recorriendo la elegante pieza con la mirada se pregunta qué papel estaría desempeñando su amigo del bar en todo aquello. Al joven mafioso le gustaba exhibirse... y también era perverso. Pero no tiene tiempo para eso.

   Con cuidado revisa las gavetas de una cómoda de madera rojiza brillante, también el amplio closet donde, si se metía una mesa con dos silla y un camastro, cualquiera podría vivir. Revisa entre los sacos sobrios, los zapatos, los anaqueles. Nada. Chasqueada revisa los cuadros. Hay madonnas y mujeres hermosas en blanco y negro. Demasiado elegante para un sujeto tan ruin, piensa con desdén. Pero ningún escondite o caja. Mira la cama, y sin ninguna esperanza de encontrar algo, mete las manos bajo el pesado colchón y revisa. Encuentra revistas porno, también algo de drogas. Coca, muy blanca, imagina. Y se la guarda en la cartera de mano de un azul oscuro brillante que carga. También unos cuantos dólares que encuentra. Nota, sonriendo, que hay una gaveta disimulada en uno de los lados del jergón de madera. Aparecen nuevamente las pinzas y le lleva muy poco tiempo violar la cerradura. Lanza un gritito y ejecuta unos saltitos de alegría. Una glock, negra, lustrosa, ocupa casi todo el espacio. De la cartera saca un pañuelo largo y la cubre, tomándola, cuidándose de no tocarla. Y se la guarda también. Con el corazón retumbándole de dicha mientras cierra, se endereza... y la sonrisa muere en su rostro.

   -¿Qué haces, puta? Esta habitación es de don Salvattore. Y no puedes estar aquí, ni siquiera en este piso. -en la puerta, que no escuchara que se abriera, estaba el gorila que más temprano cuidara el ascensor, el que se llevara al amigo del bar por llamados del Ruso (y que un sujeto tan grande y pesado se moviera con sigilo era alarmante por muchos motivos). Este mira de la cama a ella, y de su rostro a la cartera.- ¿Qué guardaste allí? ¿Qué tomaste? -pregunta alzándose en todo su tamaño, como hinchándose más. Todo peligroso.

   Y la mujer traga saliva, viéndose roja y toda ojos. Nada bonita.
......

   -¡No, no! -gimotea indignado, rojo de cara, el maniatado Rubén, el cuerpo tenso, de panza en la cama, intentando sacudirse a ese hombre de sus muslos, mientras este le nalguea suavemente sobre el redondo trasero bajo el bóxer. A Marcos el tolete sigue endureciéndosele aunque desesperadamente quiere alejarse mentalmente de allí, no pensar en eso. Mierda, no podía excitarle ver a dos hombres...

   -¿Lo tienes caliente? ¿Tu gatito travieso? -le pregunta el Ruso al catire, como jugando, azotándole más.

   -No, no lo hagas... -chilla el joven con voz pastosa.

   Pero ya el Ruso mete una mano por el borde superior de ese bóxer, bajándola sin descubrirle de la tela. Marcos la nota. La mano de ese carajo acariciando esa piel tersa, masculina, firme.

   -¡No! -chilla más Rubén. Y Marcos lo sabe. El otro estaba recorriéndole la raja entre las nalgas.- No, por favor, no...

   -Será solo el pulgar, “milyy rebenok”. -juega a justificarse el otro, mirando a Marco y tendiendo la mano hacia adelante.

   ¡Le estaba clavando el pulgar por el culo virgen!, se estremece el hombre en el sillón; notando como el catire se tensa y casi arquea.

   -No, no... -le oye gemir y Marcos es perfectamente consciente de que el Ruso empuja y retrocede su mano, mientras le mira a él. Y no puede apartar los ojos. No hasta que el mafioso, sonriendo torvo, baja la parte superior del bóxer exponiendo esas nalgas que ya conoce y que son... mierda, sí, soberbia. Y allí estaba apoyada la mano masculina cerrada en puño sobre la raja, mientras el pulgar extendido entraba y salía de aquel culo algo peludo que...

   ¡De aquel culo que iba y venía! Marcos siente un vacío en el pecho y teme desmayarse por alguna extraña impresión, su corazón parece no poder dejar de latir y latir. Rubén tiene la cara muy roja, grita que lo suelten, pide que alguien le ayude... pero sus gemidos son roncos, oscuros, extrañamente lujuriosos, al tiempo que tensa y afloja sus nalgas, unas que medio baila de adelante atrás.

   Buscando ese dedo que entra en su anillo... ¡En su culo tratado por aquellas gotas que Marcos le aplicara!

CONTINÚA ... 7

martes, 5 de noviembre de 2019

SUCIOS... 5

SUCIOS                         SUCIOS... 4
   No hay más lealtad que la del propio culo en peligro...
...

   -No es mi amigo. -es la respuesta automática, porque en verdad, de verdad, odia al hijo de perra. Pero lo cierto es que no, no quiere ver nada de aquello, piensa con un jadeo erizado.- ¡Y no quiero ver nada!

   -Pues verás. -el Ruso es tajante, aunque lo dice como si tal cosa, como si le consultara sobre si quiere o no un café. Pero se lo ordena. Era ese tipo de sujetos fascinantes que sonría y hacía pensar en un tiburón o en un tigre al acecho.

   ¡Y a él tampoco quiere verle, por Dios! El Ruso lleva una camisa tipo hawaiana, amarilla y verde, chillona, totalmente abierta, tres o cuatro gruesas cadenas de un oro oscuro e intenso rodean su cuello recio, haciendo juego con los anillos en sus manos y los tatuajes. No sabe si son flamas, tigres o dragones, pero figuras que parecen subir helicoidalmente de sus caderas bordean sus costados, cruzan sobre uno de sus pectorales, el izquierdo y el derecho ocupa más espacio en el cuello. Hay mucha tinta azul, negra, roja. Sus piernas son recias y musculosas, sus muslos son lechosamente blancos, y está completamente depilado. No tiene ni las pelusillas amarillas que Rubén muestra en las suyas, o camino a la pelvis. Y lo sabe porque fuera de la camisa abierta, el sujeto tan sólo lleva un infame y ofensivo bikini amarillo intenso, de material tan elástico como la camisa. No una vaina barata de licra, seguramente costaba su plata. Pero igual de... inconveniente. Porque en el material, al estar recostado de medio lado, con una pierna extendida y la otra flexionada, era posible verle las dos bolas contra la tela, y la silueta de una verga morcillona que levanta la misma. Una cosa... grande. Y no quiere mirar, en serio, pero siente curiosidad (¿será más grande que el mío?), y una extraña fascinación mórbida (¡iba a enterrarle una boa por el culo a Rubén!).

   -Señor...

   -¡No comiences, coño! ¿Crees que he olvidado todo lo ocurrido? -su voz es casi corrosiva, ronca. Y el silencio se impone.

   Aunque Marcos quiere cerrar los ojos cuando el Ruso se para de la cama, tan alto y fornido como es, sus brazos blancos muy marcados, tatuados. Y el maldito bikini amarillo que... Le ve ir hacia Rubén, casi relamiéndose los labios, gustándole lo que ve, el chico semi inconsciente en el sillón, el flequillo de cabellos amarillos en la frente, los cachetes algo rojo, la respiración pesada, ojos que se abren y cierran, los rojizos labios algo entreabiertos. La víctima perfecta, piensa el sujeto que le llevara.

   -Parece atontado. ¿Le hicieron algo?

   -Mateo pensó... -comienza a justificarse.

   -Bien. Me gusta así. Es mejor para él si es su primera vez. Así tal vez le guste y quiera repetir por su cuenta. -el hombre le silencia, de pie frente al chico, las piernas muy abiertas, la camisa cubriéndole, pero a Marcos todavía le toca notar que tiene buenas nalgas, sin ser la gran cosa (él si tenía eso mejor; no como Rubén el culón, claro, pero...), y la amarillenta tela metida entre las nalgas. Algo que le enerva no entiende por qué. Joder, ¿para qué le quería allí?

   -¿Te sientes bien? -le oye preguntarle al catire, como si le preocupara.

   -Estoy... Estoy... -la voz de Rubén parece más pastosa, los ojos más desenfocados cuando los abre y encara al Ruso, no reconociéndole, viéndole tan cerca, tan ligero de ropas que arruga la frente, nada contento.- ¿Quién coño...? -pero se interrumpe con un jadeo.

   -“Ty takaya krasivaya”. -le gruñe el otro en tono bajo, excitado, mientras le aferra por los brazos, sobre la chaqueta, y le hala alzándole con fuerza en un sólo movimiento, rodeándole automáticamente la cintura y atrayéndole contra su duro cuerpo casi desnudo, llevando aquellas manotas traviesas al trasero del catire, atrapando en cada palma abierta una de aquellas redondas masas que Marcos ya conoce, cerrándose sobre ellas con codicia, apretando, agitando, probando la calidad.

   -Hey, hey... -borracho (o mareado por fuera lo que le diera Mateo), y alarmado, Rubén intenta apartarse, alejarse. Un error.

   El sujeto esperaba aquello con una sonrisa. Y Marcos arruga la frente y se agita con repulsa cuando le ve cubrir la boca de Rubén con la suya, seguramente metiéndole la lengua, con saliva y todo. Desde donde está oye los gug, gug y los chupetones obscenos. Los “noggg”, ahogados de Rubén, que pelea, agitándose. Y la cosa resulta peor, para él, piensa Marcos compadeciéndose de sí mismo, porque la pareja ahora queda medio lateralizada y ve como el amarillo bikini va llenándose más y  más, como la tela se estira, se comba, abulta, como algo duro va tensándola. La lucha del beso, las manos del Ruso sobre aquellas nalgas, apretando, sobando, pero también halando por ratos en aquella pelea, pegándole un güevo que ya se nota demasiado, es el espectáculo que domina por un momento.

   ¡Y a Marcos todo aquello le parece tan raro! Ver a ese hombre joven pero experto en el mundo criminal, un duro, un sujeto peligroso al que todo le temen (los hombres le lloran de miedo), besando y tocando así al otro carajo, era tan extrañamente fascinante como mirar esas manos amasando nalgas o el beso. Por no hablar del maldito bikini amarillo del cual casi escapa por arriba aquella mole de carne. Mierda, seguramente lo tenía de color “blanco muerto”, tan sólo algo rojizo por la emoción del momento. Y quiere cerrar la mente a tal idea. Mira hacia la puerta cerrada a sus espaldas.

   -Te quedas ahí. -oye la voz ronca, baja y jadeante del Ruso cuando aparta la boca de la de Rubén, quien gimotea que lo suelte, metiendo las manos entre ellos e intentando alejarle como una chica que se encuentra de repente con un novio de manos pegajosas en una cita sorpresivamente lasciva a la salida de una misa de difuntos.- Siéntate. -sin mirarle le indica el sillón de donde levantara a Rubén, el cual contaba con una vista directa a los pies de la cama. ¡Mierda!

   Y se lo indica mientras lleva al catire, quien va de espaldas, hacia la cama; sin soltar esas nalgas que encuentra tan maravillosas. Le encantan las buenas nalgas masculinas, esos carajos culones a los que tomaba y que se creían muy machos hasta que lloriqueaban con su güevo metido en sus culos abierto, que palpitaban feo y se cerraban violentamente contra su tolete largo y grueso cuando los desvirgaba en momentos de pasión.

   Marcos traga y traga saliva, el corazón martillándole fuerte. No, coño, no quiere ver aquello. ¿Acaso el Ruso le castigaba así por los diez mil dólares? Entonces ¿por qué no estaba allí el perro de Mateo? Duda sobre si quedarse o no. Es un carajo joven, arriesgado, terco. Quiere mandarlo al coño y...

   -Siéntate o es posible que mañana no puedas estar de pie. -el hombre pareció adivinarle, dándole órdenes sin mirarle, mientras casi sonríe luchando con la resistencia de Rubén, quien sigue empujándole inútilmente con sus manos por el desnudo torso musculoso y tatuado, que farfulla que lo suelte, que mira sobre un hombro la cama sobre la cual va a caer, y de la cual parece asustarse.- Oh, si, sigue tocándome con tus manitas calientes, “rebenok”. -le gruñe con lasciva al rostro enrojecido.

   Para no alargar lo inevitable ni sentir que le controlan aún más, volviendo a ordenárselo, Marcos, con disgusto cae sobre el sillón que ocupara Rubén. Si, era tan cómodo como pudiera serlo un mueble de funeraria cara, reconoce, todo ceñudo y malhumorado. Viendo caer al catire de espaldas cuando el hombre por fin suelta sus nalgas y le empuja con el cuerpo. Este cae de culo, los pies en el suelo, medio sentado. Todo confuso, asustado (bastante, y no era para menos, piensa con algo de remordimientos) y con un jadeo. El Ruso, de pie frente a él, alto, fuerte, dominante, semidesnudo, con aquel bikini lleno de güevo, uno cuya cabecita blanco rojiza escapa por encima (y Marcos arruga aún más la cara, soporta ver vergas flácidas en un vestuario, o erectas en una buena película porno donde le dan a una puta chillona y tetona hasta por la cédula y lo blanco del ojo, pero esto...). Y, con parpadeos confusos como si no supiera si alucina, Rubén también repara en aquella cabecita de güevo... Gruesa y casi roja de ganas ahora, la cual perfila la silueta, la verdadera mole que se oculta todavía tras la chillona tela amarilla.

   -¿Qué mierda es esta? -farfulla el catire. Y se tensa, así como Marcos se estremece, cuando, sonriendo el Ruso se la atrapa con una mano sobre la tela, agitándola.

   -Es todo para ti, mi “seksualny rebenok”.

   Tal vez Rubén quiere agregar algo más, del tipo ¿qué coño dices?, pero con un gruñido de gusto, uno que seguramente lanzaría un tiburón si emitiera sonidos antes de arrojarse sobre sus presas, el Ruso le cae encima, derribándole sobre la cama, cubriéndole con su cuerpo sólido y grande, tatuado y lampiño. Marcos queda viendo sus perfiles. Atrapándole las muñecas y alzándole los brazos sobre la cabeza, con una sola mano (Marcos nunca había notado que fueran tan grandes, pero ¿quién se fijaba en las manos de otro hombre?), el Ruso le retiene las dos allí, ejerciendo fuerza porque se nota que el catire, que ruge que le suelte, lucha sin lograr liberarse. El sujeto sonríe más, como si eso le gustara, y Marcos ve como se medio ladea, esa tranca casi fuera del bikini, ¡tan gruesa, en verdad!, rozándosela de la cadera derecha del carite, al tiempo que baja la otra mano y la mete bajo la franela azul, palpando la tersa piel caliente de este, acariciándole. Nota cómo esa mano se desliza bajo la tela. Rubén chilla, y el Ruso, sonriendo, oculta el rostro en su cuello, cerrando los ojos con deleite y aspirando los olores de ese joven y hermoso cuerpo. Marcos traga en seco viéndole pegar la fina nariz de la piel, dándole olidas profundas, recorriéndole el cuello con ella.

   -Suéltame, coño, suéltame... -farfulla un muy rojo Rubén, completamente asustado a pesar de estar tan medio perdido como el que se toma tres botellas de whisky.

   ¡Oh, Dios!, ruge mentalmente Marcos, casi parándose de aquel sillón para escapar cuando ve al Ruso elevarle la franela y tocar con mórbido deleite la masculina piel de ese abdomen marcado en suaves cuadros, gozándose en el acto, con placer y propiedad, mientras saca una lengua que le parece inusualmente larga y cae sobre la manzana de adán del catire, la cual se agita mientras lucha y farfulla. Esa lengua se pega y despega de esa piel caliente, seguramente algo sudada por la reunión y el viaje, bajando y cayendo casi sobre la clavícula, y allí se pega, toda, quieta, caliente y babosa, mientras Rubén enrojece completamente de cara y cuello, cerrando los ojos como para alejarse de todo; y sube lentamente, lamiendo la joven piel masculina, gozándose en probarla con leves “hummm”, saboreándola. Esa lengua se detiene aquí y allá, tragando saliva y dejando a su paso una capa húmeda y brillante.

   -No, no... -farfulla como desesperado Rubén, temblando sobre esa cama. Marcos lo nota.

   Esa mano en su abdomen soba, toca, el pulgar rodea el ombligo, acariciando sus bordes lentamente. Entrando como simulando el acto sexual; adentro y afuera, adentro y afuera. Entra y empuja y empuja.

   -Ahhh... -gimotea Rubén, entre dientes, como si se les escapara en contra de su voluntad... alzando un poco su torso y abdomen.

   Mierda... la pastillita rosa, recuerda Marcos con un parpadeo.

CONTINÚA ... 6