Hay
gente hábil en sus asuntos..
Cuando
comencé la universidad, también mi primer trabajo, gente allí de
esa que uno conoce y le agrada, me propuso que fuéramos a gimnasios
o a trotar. Eran amantes de subir a El Ávila. Yo no. Ni de
ejercitarme ni de subir a ninguna parte. Siempre les miré con
menosprecio, con un deje de “¿te volviste loco?”, implícito,
porque soy flojo. Nunca, nunca le he visto el atractivo a eso de
montarme sobre una bicicleta fija y sudar y sudar mientras intento
llegar a una meta mental. Me gusta la bicicleta, pasear con ella,
pero hasta allí. Con los años engordé un poco, no mucho porque no
somos gente obesa, en eso tuvimos suerte, pero cuando comenzó la
espantosa crisis en Venezuela, como muchos otros, adelgacé. Al
principio de manera alarmante. Se me veían las costillas en ciertas
posturas, algo horrible; aunque ya me he recuperado, un poco, con la
alimentación sustituta que ahora consumimos. Bolsas de no se sabe
muy bien qué.
El
caso es que quedé como flojito, ya no sólo de actitud sino también
de cuerpo. Nada atractivo, la verdad sea dicha (tardé bastante en
volver a la playa). Y ahora me pregunto si no habría sido bueno
ejercitarme desde antes, no sólo para mantener firme los músculos,
sino por sus otras ventajas de salud. No quiero imaginar el estado de
mi corazón y los vasos que lo rodean (era amante de las fritangas,
especialmente de la carne de cochino refrita en su propia grasa; no
es que ya no lo sea sino que quién puede pagarla?), y sería grato
ahora que todo falla en infraestructura, poder subir seis tramos de
escaleras en el trabajo y llegar sin un calambre paralizante y
buscando oxígeno con la cara bañada de sudor y los ojos muy
abiertos. Cualquier cosa más arriba de eso queda para los pasantes y
los nuevos. Mucho hago llegando al sexto piso, ¿no?
Buscando
en la red algo sobre rutinas para gente floja, encontré a este
muchachón, Robin Balogh, atractivo culturista de apenas veintisiete
añitos (¡no es justo!), húngaro de nacimiento como para hacerlo
más exótico, quien daba unas declaraciones sobre ejercicios para
principiantes. Comenzaba diciendo que no siempre tuvo ese cuerpo y la
verdad es que cuesta imaginarlo. Lo primero que uno piensa, viéndole,
es que con semejante facha debió divertirse mucho en las fiestas de
secundarias, en las universitarias, y en carnavales y semana santa,
al sol y en la playa. Pero no, él sostiene que toda esa constitución
llegó luego. Contó que desde niño le gustaba la idea de los
deportes y el ejercicio, que la hacía sentir bien sudar y esforzarse
por ser mejor, agregando que toda persona, independientemente de su
edad y estado físico (de haber sido una entrevista por televisión
habría sentido que me miraba al decirlo), debía procurar
ejercitarse dos o tres veces por semana, ya que el cuerpo humano no
estaba hecho para estar tirado en un sofá, una cama o en una silla
sin ningún otro tipo de actividad que hiciera correr la sangre por
órganos y venas, estimulándolos a trabajar. ¡Y me lo dicen ahora!
Que
se debía tomar, la disciplina física, como un deber para con uno
mismo, sacudiéndose la “vagancia” y procurándose el bienestar
del cuerpo. Igualmente que no era preciso correr cuatro o cinco
kilómetros el primer día, ya que el organismo pudiera no responder,
pero si poco a poco hasta dejar de sentir el quemante dolor en los
músculos y que este se convirtiera en una sensación agradable.
Hasta
este punto de la charla, me agradaba lo que decía el forzudo
muchachón, pero luego caí en que aquello era un enorme infomercial.
Para
ser un deportista exitoso como él, o mientras se busca una figura
como esa (si, claro), se debía cultivar otras rutinas. Como hacía
él. Despertar y, cada mañana, tomarse un batido de proteína,
saliendo luego a pasear tranquilamente durante cuarenta minutos.
Regresar y devorar un desayuno saludable, porque se volvería con
hambre, como huevos con harina de avena, complementándolo con
vitaminas y una bebida de algo llamado BCAA. Cosa que, según él, te
haría sentir mucho más fuerte, despierto, motivado para la faena y
ágil de mente.
Que
una vez que esos cuarenta minutos ya sean de trote, se puede acudir a
un gimnasio real, sin pretender levantar el propio peso el primer
día. Que, preferiblemente, antes de realizar cualquier rutina de
cardio se debía hablar con un asesor para que indicara el cómo
hacerlo y qué complementos nutricionales y de suplementos se
necesitaba.
Ya
para ese punto la cosa indicaba que se buscaba levantar pesas, sumar
masa muscular y verse del carajo sin camisa, o en bermudas en la
playa ahorcando a otra persona con las piernas (lo que está
considerado algo sexual, según ciertos portales), pero no parecía
la rutina que uno seguiría si quisiera simplemente ejercitarse y
llevar una vida más sana. Sin embargo, los consejos son válidos,
sobre comenzar, tomarlo con calma pero con constancia. Ahora que lo
de todos esos suplementos suena como exagerados, aunque deber ser
grato tomar algo que te hiciera sentir más lleno de energías, más
sin desganas, pero que no afectara ni la psiquis ni los órganos como
el hígado. O, Dios no lo permita, la próstata.
¿Inscribirse
en un gimnasio buscando esa pinta?, no, eso es como mucha presión. Sería pagar por
algo que luego no se utilizará, por muchas intenciones que se tengan
en el momento. Ese delirio febril siempre da y siempre pasa, en la
mayoría. Como cuando se promete cada fin de año que al siguiente se
comerá más sano, sabiéndose que no se cumplirá. O presintiéndolo,
porque lo mismo ya se ha prometido años anteriores. Aunque...
¿imaginan ir a montarse sobre una bicicleta fija cuarenta minutos y
ver al frente a tíos mazacotudos así, sudando frente a uno, todos
tensos, esos músculos brillando, exhibiéndose los unos a otros,
tocandose para comparar?






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