jueves, 4 de julio de 2019

CONSEJOS DEPORTIVOS O DESCARADA PROMOCION

CANTA Y NO LLORES
   Hay gente hábil en sus asuntos..
   Cuando comencé la universidad, también mi primer trabajo, gente allí de esa que uno conoce y le agrada, me propuso que fuéramos a gimnasios o a trotar. Eran amantes de subir a El Ávila. Yo no. Ni de ejercitarme ni de subir a ninguna parte. Siempre les miré con menosprecio, con un deje de “¿te volviste loco?”, implícito, porque soy flojo. Nunca, nunca le he visto el atractivo a eso de montarme sobre una bicicleta fija y sudar y sudar mientras intento llegar a una meta mental. Me gusta la bicicleta, pasear con ella, pero hasta allí. Con los años engordé un poco, no mucho porque no somos gente obesa, en eso tuvimos suerte, pero cuando comenzó la espantosa crisis en Venezuela, como muchos otros, adelgacé. Al principio de manera alarmante. Se me veían las costillas en ciertas posturas, algo horrible; aunque ya me he recuperado, un poco, con la alimentación sustituta que ahora consumimos. Bolsas de no se sabe muy bien qué.
   El caso es que quedé como flojito, ya no sólo de actitud sino también de cuerpo. Nada atractivo, la verdad sea dicha (tardé bastante en volver a la playa). Y ahora me pregunto si no habría sido bueno ejercitarme desde antes, no sólo para mantener firme los músculos, sino por sus otras ventajas de salud. No quiero imaginar el estado de mi corazón y los vasos que lo rodean (era amante de las fritangas, especialmente de la carne de cochino refrita en su propia grasa; no es que ya no lo sea sino que quién puede pagarla?), y sería grato ahora que todo falla en infraestructura, poder subir seis tramos de escaleras en el trabajo y llegar sin un calambre paralizante y buscando oxígeno con la cara bañada de sudor y los ojos muy abiertos. Cualquier cosa más arriba de eso queda para los pasantes y los nuevos. Mucho hago llegando al sexto piso, ¿no? 
   Buscando en la red algo sobre rutinas para gente floja, encontré a este muchachón, Robin Balogh, atractivo culturista de apenas veintisiete añitos (¡no es justo!), húngaro de nacimiento como para hacerlo más exótico, quien daba unas declaraciones sobre ejercicios para principiantes. Comenzaba diciendo que no siempre tuvo ese cuerpo y la verdad es que cuesta imaginarlo. Lo primero que uno piensa, viéndole, es que con semejante facha debió divertirse mucho en las fiestas de secundarias, en las universitarias, y en carnavales y semana santa, al sol y en la playa. Pero no, él sostiene que toda esa constitución llegó luego. Contó que desde niño le gustaba la idea de los deportes y el ejercicio, que la hacía sentir bien sudar y esforzarse por ser mejor, agregando que toda persona, independientemente de su edad y estado físico (de haber sido una entrevista por televisión habría sentido que me miraba al decirlo), debía procurar ejercitarse dos o tres veces por semana, ya que el cuerpo humano no estaba hecho para estar tirado en un sofá, una cama o en una silla sin ningún otro tipo de actividad que hiciera correr la sangre por órganos y venas, estimulándolos a trabajar. ¡Y me lo dicen ahora!
   Que se debía tomar, la disciplina física, como un deber para con uno mismo, sacudiéndose la “vagancia” y procurándose el bienestar del cuerpo. Igualmente que no era preciso correr cuatro o cinco kilómetros el primer día, ya que el organismo pudiera no responder, pero si poco a poco hasta dejar de sentir el quemante dolor en los músculos y que este se convirtiera en una sensación agradable.

   Hasta este punto de la charla, me agradaba lo que decía el forzudo muchachón, pero luego caí en que aquello era un enorme infomercial.
   Para ser un deportista exitoso como él, o mientras se busca una figura como esa (si, claro), se debía cultivar otras rutinas. Como hacía él. Despertar y, cada mañana, tomarse un batido de proteína, saliendo luego a pasear tranquilamente durante cuarenta minutos. Regresar y devorar un desayuno saludable, porque se volvería con hambre, como huevos con harina de avena, complementándolo con vitaminas y una bebida de algo llamado BCAA. Cosa que, según él, te haría sentir mucho más fuerte, despierto, motivado para la faena y ágil de mente.
   Que una vez que esos cuarenta minutos ya sean de trote, se puede acudir a un gimnasio real, sin pretender levantar el propio peso el primer día. Que, preferiblemente, antes de realizar cualquier rutina de cardio se debía hablar con un asesor para que indicara el cómo hacerlo y qué complementos nutricionales y de suplementos se necesitaba.
   Ya para ese punto la cosa indicaba que se buscaba levantar pesas, sumar masa muscular y verse del carajo sin camisa, o en bermudas en la playa ahorcando a otra persona con las piernas (lo que está considerado algo sexual, según ciertos portales), pero no parecía la rutina que uno seguiría si quisiera simplemente ejercitarse y llevar una vida más sana. Sin embargo, los consejos son válidos, sobre comenzar, tomarlo con calma pero con constancia. Ahora que lo de todos esos suplementos suena como exagerados, aunque deber ser grato tomar algo que te hiciera sentir más lleno de energías, más sin desganas, pero que no afectara ni la psiquis ni los órganos como el hígado. O, Dios no lo permita, la próstata.
   ¿Inscribirse en un gimnasio buscando esa pinta?, no, eso es como mucha presión. Sería pagar por algo que luego no se utilizará, por muchas intenciones que se tengan en el momento. Ese delirio febril siempre da y siempre pasa, en la mayoría. Como cuando se promete cada fin de año que al siguiente se comerá más sano, sabiéndose que no se cumplirá. O presintiéndolo, porque lo mismo ya se ha prometido años anteriores. Aunque... ¿imaginan ir a montarse sobre una bicicleta fija cuarenta minutos y ver al frente a tíos mazacotudos así, sudando frente a uno, todos tensos, esos músculos brillando, exhibiéndose los unos a otros, tocandose para comparar?
   Seguro que apestan a pies sudados.  

ESTARE BIEN… EN UN MUNDO IDEAL

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