ECOS SANTOS
-Hey,
¿no eres el maestro de mis hijos? ¿Eres marica? ¿No? ¿Seguro? No
me has quitado los ojos de encima y se nota que babeas un poco.
-sonríe echón.- Bueno, se entiende, me veo del carajo con este
bikini caliente, ¿no? Si, no puedes quitar tus ojos de mi paquete...
-y descruzando una mano se lo soba con los dedos sobre la naranja y
brillante tela, atrapando su ansiosa mirada.- ¿Seguro que no eres un
maricón chupa vergas, de esos que se monta de culo sobre una y no la
suelta hasta que la deja seca? Okay, te creo... Oye, ¿no quieres que
te convierta en uno? Si, tengo mujer e hijos, también amiguitas
cachondas y una que otra querida, pero siempre ando un tanto
excitado. Notar el cómo me la miras, con hambre y ganas, me pone
maluco. Seguro que quieres verla tiesa, olerla, rozarte la cara con
ella, chuparla, dejarla cubierta de saliva. -medio ríe, ronco,
seguro de sí.- Amigo, si te la entierro por el culo creo que
descubrirás todo un mundo nuevo, uno donde cada junta de padres en
el Preescolar terminará contigo becerreando dos trancas a la vez y otra
bien metida en tu agujero hasta las metras. ¿Andas solo? ¿Por qué
no vamos a los vestuarios?
-Si,
este carajo fue mi profesor de Lenguaje en la nocturna, nunca lo
hubiera imaginado, pero con tanto salivar viéndome ahora... Bien, sé
cómo tratarlos. -indolente, agresivo, le mira y el otro se atraganta
y jadea.- Eres una pequeña putica traviesa de la arena, ¿verdad?
Imagino que llevas rato buscando a un macho que te mire, que
demuestre algún pequeño interés... -ríe burlón.- Qué patético
eres. ¿Por qué no busca una loción y me la aplica con una mirada
de adoración donde todo el que vea adivine que es mi marica? -baja
la voz.- Hágalo, profe, y le prometo que usando este bañador, en su
casa, me lo montaré en las piernas y azotaré su trasero con una
regla... Luego se lo lleno de caliente y dura verga.
Un
profesor sabe, reconoce las señales, por lo que sonríe algo burlón
reparando en el joven y ebrio marinerito al cual viera una hora antes
tomando caña con los amigos en el interior de la fonda y con el cual
cruzara una mirada. “¿Qué, chico, buscando a un hombre que te
enseñe una lección en los urinarios?”, le pregunta todo crudo,
directo y soez. Este enrojece aún más, gruñendo un despectivo
“¡marica!”, frunciendo el ceño, queriendo verse molesto, pero
perturbado por las palabras y también la tanga donde algo se
agitaba, endurecía y crecía atrapando su mirada, resecándole los
labios, por lo que se pasa la lengua por ellos. La sonrisa del hombre
le indica que no le engaña: “Vamos, sabes que quieres”. Y tiene
las bolas de bajar una mano y apretarse el paquete; “si vas a
embarcar quién sabe cuánto tiempo tendrás que negarte un güevo,
así que aprovecha”, baja la voz, toda burlona, “tengo las bolas
bien llenas de leche caliente”.



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