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miércoles, 9 de octubre de 2019

SERVICIO A DOMICILIO... 9

...A DOMICILIO                         ... 8
   La trampa atrapa chicos...
......

   Martín no piensa, al menos no con el cerebro, y con manos frenética se saca la verga, que pulsa llena de sangre y ganas. Nada difícil a esa edad. El abogado, el “viejo sucio”, se la mira, luego a él, al rostro, y ronronea de una manera procaz, erótica. La deseaba. Tanto que una gota de líquidos preseminales que se suspende el al aire desde su ojete le hace tenderse hacia adelante, apresurándose a atraparla sacando la lengua, donde cae, saboreándola de manera ávida mientras continúa mirándole a los ojos.

   -Alimenta a la perra. -oye la risita ronca de Vicente, el vecino de barba.

   Está casi ahogado de lujuria, lo sabe, ver a ese hombrezote peludo siendo follado de aquella manera por ese grueso güevo que va y viene, ladeándose un poco, dándole aquí y allá (sobre ese punto que ya conoce, piensa estremeciéndose más), le borra toda idea racional; el tolete le late en el aire, nuevas gotas caen, unas que son tomadas por esa lengua. Tan sólo quiere participar, meterse con la “perra”. Acerca más el cuerpo y gime, cerrando los ojos, sonriendo aunque no sabe que lo hace y echando la cabeza hacia atrás en éxtasis cuando esos labios húmedos y calientes le atrapan la cabecita del güevo, dándole besitos y chupetones salivosos, bajando más y tragando más, cerrando las mejillas y comenzando un vaivén mientras sorbe. Chupa y lame con esa lengua caliente que siempre se ha mostrado tan hábil a la hora de mamar toletes. Casi siente un calambrazo en el miembro al tiempo que la boca va y viene. Le es fácil imaginar a un joven jugando al fútbol con sus amigos, una caimanera una tarde de sol un domingo, todos alegres, sudados, llenos aún de energías, haciendo apuestas insólitas y el futuro viejo mamagüevo perdiéndolas, de rodillas en un garage mamando a todos esos carajos, que riendo le dirían cosas, que con sus trancas le azotarían la cara, una más joven pero igual de hambrienta, metiéndoselas uno a uno en la boca, todos queriendo ser chupados; unos deseando ver que se tragara sus leches, otros queriendo verla chorreando por esa cara...

   Jadea aún más, ojos cerrados, Roberto la tiene toda, ordeñándola con su garganta de una manera ruidosa. Y una boca haciéndote eso en el güevo era la gloria, piensa el muchacho, temblando, atrapándole con una mano tras la nuca aún levemente húmeda con el agua de la piscina. O el sudor. Comienza un saca y mete lento, cogiéndole la boca, algo que les hace gemir a los dos. Y así, con los ojos cerrados, sonriendo, puede “verle” siendo follado por boca y culo; dos machos dándole duro, tan sólo faltándole, tal vez, un espejo para mirarse mientras era atendido...

   -Abre los ojos y aprende. -le indica la autoritaria voz de Vicente; una que le eriza un tanto la piel, porque le gusta, le atrae el tono, le gustaría usarlo con la perra.

   Obedece y siente que la verga le tiembla en la boca del carajo. Imaginar era una cosa poderosa en la mente de los hombres cachondos, pero verle ir de adelante atrás, frenético, buscando enloquecido esos dos güevos era todavía más caliente. Estaba dándole buenas chupadas, pero no puede dejar de preguntarse si las que le da al otro, con el culo, no serían igual o mayor en intensidad. Esa idea le sorprende, pero está tan excitado que no puede rechazar la imagen de un culo abriéndose golosamente para recibir un joven y duro tolete tieso. Si, mientras ronronea y se estremece y babea (se veía a leguas que a Roberto Mancini le gustaba mamar güevo, mucho), se notaba que también deliraba por un tolete llenándole el vicioso agujero. Es perfectamente consciente de su expresión cuando la gorda tranca se le va enterrando, desapareciendo toda, el cómo se tensa y estremece. Él mismo lo hace ante esa cara, esa actitud, el brillo del carajo... Era el goce de estar siendo follado por un hombre. Al abogado le gustaba tanto mamar como tener una clavada en su trasero, rastrillándole hondo, la punta dándole una y otra vez en aquel punto que parecía ir poniéndole cada vez más frenético.

   No puede apartar los ojos de esa baja espalda, de esas nalgas que se abrían, del pubis del otro que iba y venía, empujándole el tolete hasta lo hondo, abriéndolo, llenándolo de pulsante carne dura. Y enrojece al alzar la vista y encontrar a Vicente mirándole, sonriendo.

   -Si, a las perras les encanta esto. Hay hombres para quienes no hay nada más valioso y maravilloso en este mundo que estar en presencia de una verga erecta. Ofrecida para que se goce en ella. Tenerlas en la garganta les encanta, mucho, saborear los licores del hombre... Pero en el fondo todos mueren por esto... -le aclara, atrapando al abogado por la cintura y comenzando un impresionante saca y mete que parece transformar en majarete a Roberto, cuya boca se cierra aún más hambrienta al tiempo que sus ojos parecen ir bizqueándose.

   Y mientras habla, el sujeto le suelta y descubre su torso, mostrando unos pectorales desarrollados de hombre, peludos, con hembras canosas brillando al sol, desabrochándose más el pantalón, que cae, dejándole en bóxer y con la tranca afuera, uno que también medio baja. Sonríe al hacerlo, orgulloso de sí, piensa un fascinado Martín... quien ve cómo las gordas nalgas de Roberto van contra esa pelvis, disparadas hacia atrás, buscando con el hueco del culo, uno que se abre y abraza, esa tranca. El hombre se la mete toda, apretando los dientes, clavándole otra vez los dedos en la cintura, y todavía se refriega de manera circular de ese otro carajo, el cual gime en todo momento, con los ojos casi idos de tanto placer.

   El chico no puede procesar con palabras sus ideas, y aún estas le cuestan.

   -Sí, muchacho, el viejo marica está cabalgando sobre el placer puro. Cuenta con un fino órgano sexual, fuente de gran placer, en su boca, como todos, pero el principal es este, el coño de labios golosos que tiene entre sus nalgas peludas. La pepa que el buen Dios colocó allí para que se gozara en el amor de los hombres le domina. El punto de la dicha. Ven, acércate para que veas... -ordena, invitando.

   Martín traga en seco, quiere que el viejo siga mamándolo, llevaba días soñando con eso aunque fuera incapaz de decírselo aún a sí mismo, pero la curiosidad… Va, su joven tranca temblando al aire, agarrándose un faldón del pantalón para que no caiga, colocándose al lado del otro.

   -¿Qué tienes?, ¿sientes vergüenza de mostrarte como un macho?, ¿acaso eres un maricón, muchacho? -le gruñe el hombre sin detener las embestidas de sus caderas y le obliga a soltar el pantalón, que cae.- Bonito bóxer. Ese si vale la pena.

   -¿Cierto? -jadea, feliz de la vida, Roberto, ahora transpirado, jadeante, apenas sosteniéndose sobre sus manos y rodillas, mirándoles sobre un hombro.

   -Muestra siempre con orgullo lo que tienes. Lo que piensen otros es su problema. O lo que deseen. -le dice el hombre al muchacho, como si fuera un maestro.- Ahora mira.

   Y clava los ojos, no quiere porque es algo... extraño, estando tan cerca del sujeto, pero lo hace. Lo primero en lo que repara es en la gruesa tranca del macho, casi deformada por las hinchadas venas que seguramente estaban rastrillándole las paredes del “coño” al marica, con la cabezota casi saliendo, con la que le golpeaba la pepa; pero era... Joder, ese culo peludo y arrugado se estremecía alrededor de la tranca; mientras esta salía los labios se adherían a la piel como si no deseara dejarla escapar, como si la halara, para luego aceptarla. Y cuando la tranca desaparece, clavándose, refregando, golpeando, esos labios desaparecen con pelos y todo. Roberto se tensa y chilla, la espalda y hombros muy rojos, alzando el rostro y gimiendo. Martín traga en seco, ver como le da y le da, llevándole a la locura, le tiene mal. El tolete le babea sin control. Y Vicente le mira, sonriendo, sacándole la tranca del culo al abogado, ordenándole a este, sin mirarle, los ojos clavados en el chico, quien ahora, rojo de mejillas, le mira al apartar la vista del tolete tieso.

   -Vuélvete. -gruñe.

   Estremeciéndose, Martín ve como Roberto se voltea en la silla, cayendo de espaldas, jadeante, grande, viril, velludo de una manera sexy, bañado ahora en sudor, los cachetes rojos, los ojos oscuros de lujuria. Le ve alzar las piernas, separarlas; el culo, rojizo, los labios hinchados de tantos frotes, temblando visiblemente. El bañador un tanto bajo le cubre las bolas y el tolete, pero se le ven. Está duro y babeante.

   -Mira cómo se le estremece. Para el puto no hay placer comparable a tener un güevo clavado llenándole las entrañas. Para ellos eso es la dicha. -anuncia el tipo, y a Martín la calentura le sube todavía más, viéndole ocupar el espacio frente a esas piernas, Roberto enrojeciendo por el esfuerzo de sostenerse las rodillas con las manos. Esfuerzo que se alivia cuando Vicente le atrapa los tobillos, separándole más las piernas, alzándole un tanto más el agujero, inclinándose y apuntando la cabeza de su tranca hacia este, el cual realmente pulsa como una boquita haciendo muecas, abriéndose expectante. Golosa.

   -Ahhh... -Roberto gime, frente fruncida, cuando el glande roza su capullo, empujando y empujando.

   Martín siente una bola en la garganta cuando ve como la punta desaparece y esos labios tiemblan ávidamente a su alrededor, ¿podría sentirse tan bien como se veía, joder, metérsela a un marica?, no puede evitar preguntarse. El carajo, mirándole, ¿cómo si le adivinara?, le asusta un poco. Este flexiona las rodillas y le clava el tolete hasta los pelos, de golpe, casi cayéndole encima, y Roberto se tensa sobre la silla, gimiendo, mordiéndose los labios para contener lo que de otra manera serían unos gritos de gozo tal que atraerían alarmados a la policía y a los bomberos (y al puto tal vez le gustaría, la idea le estremece todavía más).

   Vicente comienza un saca y mete lento pero firme, ese güevo entra y sale del culo de aquel sujeto sin detenerse, dándole y dándole, el cual se lo traga, lo cubre y sabe el muchacho que lo exprime, lo hala y lo chupa en su ir y venir. Le marea ver como el hombre le clava el tolete venoso hasta los pelos, bailándolo allí como queriendo metérselo más, y luego sale, pelos y esfínteres pegados a él, la cabezota deformando el redondo anillo, casi sacándolo, para regresar con un golpe directo, dándole con las bolas. Una y otra vez, aferrándole fuerte los tobillos, la silla de jardín agitándose, deslizándose. Y mientras lo coge, lo folla a fondo, le llena de verga caliente y dura las entrañas, Roberto tan sólo lo mira con adoración, entrega y cachondez. Podía ser el abogado más hábil del mundo, el más temible y capaz, un carajo con quien no se podía jugar... pero en esos momentos era tan sólo un esclavo del güevo, de ese que abría y dilataba su ano, que pulsaba, que le quemaba todo por dentro, frotando unas paredes rectales que parecían estallar en llamas. Le cuesta respirar, pensar, tan sólo deja caer la cabeza hacia atrás, tragando visiblemente, separa los brazos y lleva las manos a su nuca mientras gimotea largamente y ríe, recorrido por mil oleadas de placer en su patio, bajo ese cálido sol de la tarde, mientras dos hombres lo atienden...

   Hablando de eso... Robándole fuerzas al placer nirvánico donde está, el abogado medio abre unos ojos que había cerrado para dejarse llevar, centrando la mirada en Vicente. Y hay algo allí... Una comunicación secreta, vieja y efectiva.

   Este sonríe, torvo, y vuelve el rostro a un lado. Hacia Martín.

   -¿No quieres cogerlo, muchacho?, ¿clavar tu güevo en este coño sedoso, apretado, mojado y caliente?

   -Yo... yo... -jadea este, con igual esfuerzo para respirar.

   -Vamos. -gruñe el otro, soltándole los tobillos a Roberto, quien se aferra las rodillas con las manos nuevamente, apartándose, dejando el espacio, atrapando al muchacho por un hombro, metiéndole entre aquella piernas abiertas.- Una perra necesita de tu verga. Nunca puedes desatender semejante llamado. Es como negarle agua a un sediento.

   Temblando, no sabiendo si podrá finalmente, el chico se aferra la verga y frota la cabeza de esa raja peluda, de ese culo que se abre y cierra como una boquita con trompa. Y jadea, el contacto es eléctrico, caliente. Sentir las caricias de esos labios sobre su glande... Empuja y duda, duda en todo momento mientras le clava la cabecita. Chillando luego cuando ese anillo se cierra salvajemente y siente las haladas y chupadas.

   -Vamos, coge a la perra.., -oye a Vicente, quien le respira en el cuello, a sus espaldas, muy cerca. La punta de su propio güevo tocándole en la baja espalda, suave, casi etéreo, pero real.

   Provocándole un espasmo en la tranca, algo que Roberto nota, sonriéndole emocionado.

   -Cógeme, hijito. Llénale el culo a tu papi...

CONTINÚA...

lunes, 2 de septiembre de 2019

SERVICIO A DOMICILIO... 8

...A DOMICILIO                         ... 7
   La trampa atrapa chicos...
......

   Se oye tan crudo y sucio que le golpea en la cabeza, pero también en la verga, así que toca y toca y hunde la punta de un dedo, pensando en mierda, en suciedad, en... Este lucha contra la titilante membrana, que le eriza, y penetra. Dios, era tan lisito, tan suave... tan caliente. Con la boca abierta. No sabe que la tiene así, mira su dedo desaparecer, primero clavándole la uña, la primera falange, y ese agujero cerrándose violentamente sobre él. Mirándole sobre un hombro, sonriendo libidinoso y caliente, Roberto lo maneja apretando y aflojando su entrada, dándole haladas a ese dedo joven que penetra más y más, moviéndose por iniciativa propia, rozándole las paredes del recto.

   -Oh, mierda, sí. Es tan rico un dedo en el culo, ¿verdad? -le pregunta.

   El chico, rojo de cachetes, le mira pero no responde. Le cuesta apartar los ojos de esas nalgas blanco rojizas, mostrando la línea del bronceado allí donde el bañador estaba apartado (se veía que el hijo de puta se daba la buena vida llevando sol cuando quería), y mete todo el dedo, hasta el puño, sintiéndolo apretado y halado, como si ese carajo lo quisiera más y más adentro. Seguro era así con los güevos, los quería enterraditos, bien metidos, latiéndole contra esas paredes que le tensan cuando se las roza... Imaginando fácilmente sacándose el tolete, allí mismo, llamarle viejo marica, esto es lo que quieres, y subírsele, enchufársele como si fuera una perra y cogerlo. Duro, sin miramientos, con nada de “ya va, ya va, despacio, me duele”, como hacía a veces Laurita. Seguro que el viejo marica rugiría de gusto mientras más y más güevazos le diera por ese culo.

   Casi jadea, sacándole y metiéndole el dedo, rápido, flexionándolo, notando como se tensa y gruñe.

   -Méteme dos dedos, hijito. Juega con el culo de papi...

   Martín jadea, el corazón palpitándole locamente en el pecho, asustado de lo que hace, rechazándolo a cierto nivel... pero muy caliente por toda aquella sucia escena sexual. Tener al maduro y apuesto carajo en cuatro patas sobre esa silla, mojado del agua de la piscina, peludo, con el bañador...

   Lo baja, un poco, tan sólo por debajo de las bolas, y ver esas mejillas peludas más claras le estremece; esa raja, ese agujero rodeado de negros pelos donde tiene metido su dedo. Lo saca, enfila dos, uno sobre el otro y los mete, venciendo una muy leve resistencia inicial al nivel del anillo. Penetrándolo, sintiéndolos apretados. Pero más excitante es lo que ve y escucha. Roberto se explaya, se tensa, arquea la cintura y alza el rostro y el culo... una posición fantástica para ser follado. Lo sabe. Algo en él le indica que el hombre se prepara inconscientemente para eso. Que su cuerpo responde a los dos dedos que lo penetran, que van y vienen dentro de sus entrañas, perforando el agujero más sagrado y defendible que debía tener un hombre, como a Martín siempre le acostumbraron a pensar.

   Pero no puede contenerse, lo coge con dos dedos, adentro y afuera.

   -¿Te gusta esto, maricón? -se siente malo y le pregunta con una mueca torcida. Maravillándole que el otro menea ese trasero de un lado a otro, pero ahora también de adelante atrás, buscando sus dedos.

   -Me encanta, hijito... es como cuando una verga se te clava. Sientes el estremecimiento de anticipación cuando la cabecita te roza la entrada, besandote los labios del culo, y se abre camino. Nada como sentir a un hombre abriéndose paso en ti con su virilidad dura de ganas por tu culo, metiéndose, rozándote por dentro, latiéndote, quemándote, dándote en la pepa... -le sonríe mórbido.- Sabes de la próstata, ¿verdad?

   -Don... -jadea, sintiendo que el tolete le pulsa bajo las ropas, duro, mojándole la piel.

   -Dios, me encanta mamar güevos, son tan ricos; me gusta beber todos esos líquidos, ese néctar de hombres... -sigue diciendo, mirándolo, apretando de manera intensa el culo sobre esos dedos que van y vienen.- Pero sentirlos llenándote el culo es... es... Sabes que para eso estás, para recibir güevos, para ordeñarlos con tu agujero. Y eso te pone tan caliente...

   -¡Don! -grazna.

   -Ábrelos, tijerea con ellos. ¡AHHH! -el chico obedece automáticamente y sonríe mientras ronronea cerrando los ojos.- Dame nalgadas, bebé. Dame duro. Papi ha sido malo; castiga a papi...

   Martín ya no piensa, todo zumbas en sus oídos, la calentura es intensa. Le nalguea una, dos, tres veces, con palmadas no tan suaves, y cada impacto hace gruñir a Roberto entre dientes, nuevas marcas apareciendo en sus glúteos que van de adelante atrás, cada impacto obligándole a cerrar el culo sobre esos dedos. Y al chico no se le quita de la cabeza la pregunta, ¿cómo se sentirían esos apretones si le estuviera embistiendo con su tranca mientras le azota?

   La escena es increíble en ese soleado y caluroso mediodía, en ese patio, con la brillante superficie del agua de una piscina junto a la cual hay dos sillas largas, y en una de ellas un carajo cuarentón, guapo y peludo, en cuatro patas, gruñe y aprieta los dientes mientras sisea de gusto al recibir nalgadas al tiempo que el chico que se las da, le mete dos dedos por el culo, uno que el sujeto mece de adelante atrás de manera ansiosa. En un momento dado, sintiendo que se quema literalmente, que babea sin límites por su verga pero también en su culo aunque no pudiera explicarse, Roberto baja los hombros y el rostro, como si ya no pudiera contenerse ni soportarse más a sí mismo.

   -Cógeme, bebé; clávame tu güevo por el culo ya.

   El joven queda paralizado, con los ojos muy abiertos. ¿Metérsela por el culo? ¿Sacar su güevo y darle a otro hombre por el culo? La idea le trastorna. Y asusta.

   -No, yo...

   -Oh, vamos, lo tengo caliente. -exige pidiendo, con frente fruncida, el hombre, meneando ese culote ahora vacío, los labios de este estremeciéndose.

   Y Martín quiere, en verdad que sí, pero...

   -Joder, Mancini, ¿otra vez pidiéndole a un chico que haga el trabajo de un hombre? -una burlona voz masculina les sorprende y Martín casi pega un salto atrás, como pillado haciendo algo malo con las pantaletas de su madre o algo así.

   -Idiota. -gruñe riendo este, algo frustrado.

   El hombre y el chico ven asomados a la alta verja al vecino barbudo que días antes... A Martín le arde la cara al recordarlo. Y se estremece, temiendo y deseando ver algo insólito, cuando le ve abrir una puerta entre las propiedades y entrar, mirando primero hacia atrás, como asegurándose de que en su patio no hay moros en la costa. Va hacia ellos, vistiendo una franela suave de ejercicios, algo transpirada en pecho y espalda, sin mangas, y un holgado pantalón igual... donde abulta una escandalosa erección. Una que se bambolea y alza la tela como si nada la contuviera. Una que estaba así, evidentemente, a la vista de un culo. Uno urgido de la dura y caliente masculinidad de otro carajo. Una como aquella, que pulsaba contra la tela... y de la cual el inexperto joven no puede apartar la mirada. No hasta que este le habla, mirándole, sonriendo, ¿por pillarle viéndole la tranca? El chico enrojece todavía más.

   -Mira cómo le late ese culo... Está hambriento de güevos. Dice que le gusta más mamar, y es cierto, especialmente a carajitos como tú, pero el culo de un maricón tiene su propio ritmo... -agrega, sonriendo, mirando a Roberto.

   -Idiota. -le repite este, aún en cuatro patas sobre la silla, el trasero alzado, el rostro casi apoyado en los brazos sobre la silla. El otro, Martín se fija bien, se agarra el tolete bajo las ropas, apretándolo, agitándolo, y aquel culo se estremece en respuesta de manera abierta, evidente, ansiosa. Sorprendiéndole.

   -Es una maldad no darle a un marica de culo hambriento lo que pide cuando lo necesita, chico. -agrega con voz ronca, baja, colocándose tras esa silla.

   Y Martín teme que el corazón se le paralice en el pecho cuando ve al sujeto, tan pancho, medio bajar su pantalón, no lleva ropa interior, subirse los faldones de la franela y mostrar un güevo tieso, pulsante, surcado de venas. Uno que ya ha visto. Y que lo dirige a esa raja. Dios, ¿iba a cogerlo ante sus ojos? ¡Un carajo iba a meterle el güevo por el peludo culo a otro tipo! Siente que se ahoga, fascinado y aterrado. El sujeto, Vicente, cree recordar que se llama, sin verle, lanza un escupitajo en esa raja; la espesa saliva baja un poco, y con la punta de su verga la riega mientras se unta la cabecita roja, algo agrietada, como a veces la muestran los tíos después de los cuarenta. Y esa punta se presiona, se presiona y Roberto alza el rostro, tensa la espalda y las nalgas.

   -Ahhh... -deja escapar un ahogado gemido cuando se le mete, con sus propios pelos y la saliva. Martín traga, temblando, teniéndola imposiblemente dura bajo sus ropas. Ese güevo va enterrándose en aquel culo, que traga cada pedazo de la gruesa barra llena de venas hinchadas de sangre caliente, que debía estar refregándole por dentro.- Por Dios... -lloriquea el viejo marica, frente fruncida como si le doliera, con una gran sonrisa, mirándole a él, notándosele que si, que le gustaba.- Hummm... -aprieta los dientes mientras sisea, sonriendo mórbidamente cuando esa vaina se le mete totalmente y el vecino le pega la pelvis de las nalgas, los pelos púbicos a la baja espalda, teniéndole clavado hasta el fondo.

   Pero si Roberto lo goza, Martín no puede dejar de notar la sonrisa estática del otro, su boca abierta, la expresión de placer también. Seguramente ese culo estaba brindándoselo, dándole esas apretadas y haladas parecidas a las que un coño de chica podía dar.

   -Ahhh... -repite Roberto cuando el carajo comienza un lento saca y mete, un tercio de aquel güevo venoso saliendo de su culo, halándole los pelos y labios del ano, metiéndoselos otra vez. Pero va ganando en intensidad, con una sonrisa de triunfo, de dominio y control, el carajo aumenta su velocidad, sacándole más del tolete y dándole con fuerza cuando se lo regresa. Adentro y afuera, palmoteándole esas nalgas peludas mientras grita de gozo, ojos desenfocados, labios brillantes de saliva.- Oh, si, si, dámela, dámela toda. ¡Clávamela toda por el culo! -ruge.

   -Silencio, perra. -le dice el otro, riendo, pero dándole más y más fuerte, ese tolete entrando y saliendo de lado, de derecha a izquierda, de arriba abajo, dándole con las bolas.- Vamos, chico, sácatela y calla a la puta. Ni te imaginas cuánto le gusta tener una bien clavada en el culo y otra en su boca. Para él eso es la gloria. Vamos, sácatela. Vamos a darle duro. -le ordena.

CONTINÚA ... 9

miércoles, 7 de agosto de 2019

SERVICIO A DOMICILIO... 7

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   La trampa atrapa chicos...
......
   Aprieta los dientes casi con rabia mientras se frota el tolete sobre la suave tela, media barra saliéndosele, pero era la otra mano el problema real... Recorrerse la raja, metiendo la telita de la prenda, se sentía eléctrico, por malo. Por prohibido. Podía conciliar la idea de ponerse, en la intimidad de su cuarto, un bikincito regalado por alguien a quien gustaba, era como... un erótico reconocimiento a su encanto, y algo estimulante, pero mover su mano, de canto, arriba y abajo sobre su raja interglútea, sintiendo los leves calambres de su agujero cuando cruza sobre él... No, eso estaba mal.
   -¡Malditos maricas! -gruñe entre dientes, casi ladeando el rostro y mordiendo la almohada, de rabia y calenturas, metiendo la mano dentro del bikincito y sobándose el güevo con el puño, arriba y abajo, cerrando los ojos, abriendo mucho la boca ahora, apoyando un pie sobre el colchón y despegado sus nalgas, recorriéndose la raja con un dedo, dentro de la prenda, pasando la punta de este sobre su culo... Uno que sabe y siente que se le agita.
   Y mientras más se masturba, y más pasa ese dedo sobre su culo, se siente más y más caliente, ojos muy apretados, sudando, recordando al viejo marica comiéndole el güevo, una y otra vez; soñando, ahora, que lo hace en el centro del supermercado, con glotonería, diciendo lo rico que era su tolete, todos mirándole sonreír complacido ante el marica que le comía... Tiembla, de frío e indecisión, apoyando la punta del dedo en su culo, del capullo cerrado, medio acariciándolo. Joder, ¿por qué se sentía así? Nunca le había pasado. Toda su vida se había lavado el culo, bajo la regadera y nunca antes...
   Se masturba con renovados bríos, arqueándose sobre la cama, dándose puño, gimiendo, metiéndose la punta del dedo, la longitud de la uña, y abre mucho los ojos, sorprendido, alarmado, sintiendo su esfínter temblar, abrazarlo, rodearlo y casi halárselo. Pero no, carajo, eso no, piensa mientras gruñe, dándose y dándose puño sobre el tolete hinchado, venoso, cree que más grueso y duro que nunca. El dedo entra un poco más. Chilla unos ahogados no, no. Quiere detenerse, pero mete más, y otro poco, y ya tiene dos falanges clavadas y...
   -¡Ahhh! -grita y se tensa más mientras se corre de una manera total y completa, el tolete estallando en semen, uno que le baña el abdomen, el torso, el cuello, cubriéndole con la hirviente carga cuyo olor pronto llena la habitación, mientras cae sobre el colchón, temblando en el cielo post coito, uno de donde nadie quiere volver muy pronto, todavía estremeciéndose ante cada estallido de placer. ¡Con el dedo medio metido en el culo! Uno que saca al tiempo que se tensa, por los golpes a su puerta.
   -Por favor, hijo, ¿podrías ocuparte de tus asuntos con menos gritos? -es la voz de su padre.- Tienes a tu madre escandalizada. -le parece notar diversión en la voz paterna.- ¿Te lo está haciendo difícil tu chica?
   ¡Mierda!, es todo lo que piensa, jadeando pesadamente, cubriéndose el rostro con las manos, casi manchándose de esperma. Dios, al otro día todo sería difícil y penoso.
......
   Efectivamente fue incómodo, especialmente las sonrisitas a la hora del desayuno. Fuera de que debió cambiar todo el juego de cama y era consciente de que su madre sabía exactamente por qué. Dios, era tan vergonzoso, se dijo saliendo para el trabajo, pensando por primera vez que serías grato contar con un lugar sólo para él. Su espacio. Amargándose en el acto, ¿cómo iba a conseguir un piso, casa o rancho con lo que ganaba? La idea de que debería aprender un oficio y conseguir un empleo de verdad aún no se le ocurría como una posible solución a sus problemas, unos ocasionados por el crecimiento. Todavía faltaba para que asociara su manera de ser con todas aquellas metas que le parecían imposible.
   Los días continuaron sin que el viejo maricón apareciera por el supermercado, y la verdad es que ardía de ganas. No quiere reconocerlo, llegando incluso a decirse que le gustaría verle tan sólo para que le diera plata, y también mamadas. Pero sabe que ese recuerdo, el de esas mamadas, era mucho más complejo ahora...
   Tres días más tarde casi se trepa por las paredes de su casa y el trabajo. Anda mal. Quiere ver al viejo ese. Desea... agitado almuerza algo ligero, tiene la tarde libre, y toma una larga ducha, entrando en un bonito bóxer, su mejor ropa, y saliendo de su casa con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Dirigiéndose a la casa del abogado mamagüevo. La idea le hace temblar, las dos: que va buscándole y que el otro mama güevos. Siente que el tolete se le agita bajo las ropas. Frente a la casona se detiene, agitado, respirando pesadamente. Mientras iba para allá pensaba en una excusa que dar para cuando tocara al timbre y este abriera, decidiéndose por preguntarle si no había encontrado un llavero. Era una idiotez, pero le daba una razón para presentarse... y ver qué decidía el otro sujeto.
   Abre la verja de entrada, cruza el verde jardín y llama. Nada. Llama otra vez. Y sus hombros caen, su rostro es la imagen de la desolación.
   ¡Viejo desgraciado!, tanto que le costó decidirse a visitarlo y... Casi grita por la sorpresa; cuando ya se disponía a darle un puñetazo a la puerta y retirarse, esta se abre y Roberto Mancini aparece frente a él, sonreído y complacido. Totalmente cubierto de gotitas de agua, llevando en sus anchos hombros una bata de piscina. Abierta. Todo su corpachón mostrándose, velludo... y en un traje de baño no bikini, pero corto, más corto que el que le viera antes. Azul bebé. Mojado y pegado a la silueta de su barra. Y el tolete se le veía...
   -¡Martín! -chilla feliz, como si fueran amigos, como si le esperara.
   Y este se estremece cuando el tipo da dos pasos adelante y le abraza de una manera fuerte, íntima, algo muy viril, pero que sin embargo... Si, hubo palmadas pero esas manotas se quedaban sobre su espalda, ese cuerpo mojado pero caliente le envolvía con intimidad.- Pasa, muchacho. Estaba en la piscina tomándome unas cervezas... -le sonríe con socarronería.- ¿Tienes edad para beber? ¿Acaso bebes?
   -Claro que si. -gruñe, tenso hasta que el otro le suelta pero no mucho, ya que sigue cubriéndole los hombros con un brazo pesado.- Vine porque... porque... -no encuentra qué decir ahora.
   -Como sea, me alegra que estés aquí. -responde el abogado mientras le arrastra por la hermosa vivienda rumbo a la cocina y el patio, que está solitario aunque se escucha una buena salsa vieja en un iPhone, y entre dos sillas largas de jardín hay una cava llena de hielo y varias cervezas. Dos botellines descansan en el piso. La piscina se ve hermosa, aunque dos hojas flotan en su superficie. El jacuzzi está apagado.
   Nervioso, Martín tan sólo lo mira todo, agradeciendo el que estén a solas. Se vuelve a mirarle y se le anuda el estómago, el otro deja caer la bata y va hacia una de las sillas. Mostrándole la ancha espalda recia, velluda, y ese culo de nalgas grandes enfundadas en la tela. Culo que atrapa su mirada, y cuando Roberto le mira sobre un hombro, sonriendo, le pilla. Enrojece salvajemente.
   -Vamos, siéntate, si, allí. Tomemos una cerveza, si en verdad lo haces. Una sola, zape, no quiero problemas con la policía. -ofrece, tomando asiento en la otra silla, el bañador encogiéndose en su entrepiernas, sacando dos botellines del hielo, riendo y tendiéndole una, destapando con los dedos la otra. El chico le imita y chocan las puntas cuando alza la suya, sonriente.- Te ves bien, hijito. Pero siempre te ves así. Todo rico y sexy. -le halaga, sabiendo que a los chicos les gusta escuchar eso. Bebiendo.
   -Gracias. -muy rojo de cara, Martín siente un calorcito de vanidad, bebiendo; sabía amarga, fuerte, pero buena. Y estaba fría. Joder, si tan sólo pudiera dejar de mirarle las piernas y el bañador sobre las bolas... aparta la vista rápido, encontrando la mirada del otro, más seria.
   -Estás mal, ¿verdad? -comenta, sorprendiéndole, dándole pie a explotar. Y lo hace.
   -¡No sé qué coño me pasa! Desde que nos conocimos... -inicia, pero hay demasiado que no quiere decir, allí, envarado, sentado muy erguido en esa silla bonita en ese gran jardín. Se tensa más cuando el otro se tiende hacia adelante, aferrándole un hombro con fuerza confortadora.
   -Hey, hey, deja de torturarte. Te gusta el sexo, tu verga ama ser atendida, como le ocurre a todo chico de tu edad... -sonríe, viéndose confiable, pero algo mañosos se deslizaba en su mirada.- Como me gusta a mí, que no soy tan muchacho ya. A los hombres nos gusta el sexo, sólo eso. A ti que te mamen el güevo, por ejemplo, y a mí mamarlos...
   -Si, pero estar con un hombre...
   -Deja de etiquetarte, la vida se hace pesada, aburrida o muy complicada cuando quieres luchar contra deseos básicos que no tienen ninguna necesidad de ser satanizados. Sólo permítete sentir hasta que un día... ya no te guste, no te llene o no te atraiga esto o aquello. Deja de torturarte por todo lo demás. ¿O piensas ir contando algo por ahí, a tus amigos, conocidos y familia?
   -¡No!
   -Entonces, ¿cuál es el drama? Vive y siente, si te gusta que te lo chupen, que cualquiera te lo mame, pero mañana conoces a una nena que llene todo ese afán... pasará. -le suelta y toma aire.- Aquí donde estoy ya siento unas ganas locas de tocártela, sacártela del pantalón y darle unas buenas mamadas. No una, varias; chuparla y chuparla hasta dejarte seco de leche, saboreando cada gota, en mi lengua, tragándola y sintiéndola en mi estómago. -sonríe de su cara tensa, pero interesada.- ¿Que te sientes más confuso escuchándome? ¿Es eso malo?
   -No lo sé, pero no creo que todo esto...
   -Te gusta que te den mamadas, ¿si o no? -insiste.
   -Si, pero... -más rojo todavía calla y se muerde el labio inferior.
   -Ya veo. -le oye, y erizado le mira. ¿Acaso ese sujeto le adivinaba tan fácil? La sonrisa de este parece indicar que si. Y, efectivamente el hombre de más edad intuye, bastante, pero también es mañoso. Sabe que todo va bien encaminado pero que debe dar un ligero rodeo para llegar a su meta. Bueno, no tan ligero si incluía su trasero.- Creo saber qué te inquieta ahora...
   Y sin más, sorprendiendo un poco a Martín, se vuelve sobre la silla de jardín, quedando en cuatro patas sobre ella, dándole de frente una vista de su parte trasera, los muslos llenos y velludos, la baja espalda, los recios hombros, una mirada pícara sobre uno de ellos. Y de ese enorme trasero semi cubierto por el material elástico y apretado del bañador azul, que se fija con fuerza a la circunferencia de sus nalgas plenas y velludas, tela que se hunde un poco en la raja entre ellas (y Martín siente escalofríos fijando la mirada en ella), que baja y abraza las bolas. ¡Y el carajo lo menea! ¡Ese culote!
   -¿Has sentido curiosidad... o antojo? -le pregunta con burla, meneándolo para él.
   -Patrón... -ladra queriendo sonar ofendido y ofensivo, burlón, pero la voz sale ronca. Ese culote lo hipnotiza. El trasero de una viejo marica (bueno, no era viejo pero así lo pensaba), que seguro se lo habían tocado mil carajo, mil carajos que seguramente le metieron el güevo tieso por ese agujero flojo y lleno de mierda que...
   Tiene la verga dura bajo sus ropas, así como la cara roja.
   -Tócalo. -ofrece el viejo mañoso, jugando también.
   -No, patrón, yo...
   -Vamos. -repite, despegando una mano de la silla y azotándose levemente a sí mismo con un golpe seco, que a Martín le da justo en la verga.
   No razona, ni le interesa. Algo confuso, todavía pensando en todo lo sucio y repugnante que eso era, toca la piel un tanto húmeda todavía, pero caliente, extrañamente firme. Soba sobre el bañador de tela suave, sabiendo que bajo ella está el trasero de aquel tío que aspira ruidosamente bajo su toque, cuya piel se contrae, que todavía lo baila un poquito más, como echándolo hacia él para que lo palpe mejor. Y lo toca, recorre la pieza elástica con precaución, pero luego con ansiedad, hundiendo sus dedos sobre la piel, también en la raja, sobre la tela, hundiendo más y más, sintiendo un horno entre esas nalgas. Un horno que seguramente recibía muchos panes duros y los asaba.
   Traga en seco tocando esa prenda, subiendo, tocando la piel desnuda, mirándole sonreír, medio cerrar los ojos y dedicarse a disfrutar las caricias. Esa mano sube y baja de una nalga a la otra, tocando piel y bañador. Y baja y baja, tocando las bolas envueltas, y aunque no quiere (eso le asusta más), las acuna en su palma.
   -Soy malo, dame unas nalgadas. -el viejo cabrón, con una voz que tiembla de oscura lujuria, le indica, erizándole, estremeciéndole, provocándole un espasmo en el güevo.
   No lo piensa, se pone de pie con ese tolete tieso bajo las ropas, alegrando la vista del viejo mañoso, que se muerde ávidamente el labio inferior, saboreándolo ya. Pero sonríe y jadea cuando el chico le soba con una mano, fuerte, firme, haciéndole consciente de su toque de hombre, mientras le azota con la otra, una palmada abierta, firme y seca. El choque le hace boquear. La segunda le arquea la espalda, la cuarta le obliga a gemir, muy tieso bajo el bañador, algo que Martín nota, confuso y caliente. Sigue dándole, ahora más fuerte. El hombre sabe que es placentero hacerlo, azotar a otro macho teniéndole casi indefenso.
   -Tócame... -le gruñe con las nalgas rojas y caliente. Y chilla cuando el chico mete la mano, ansioso, dentro del bañador, tocándole en directo, entre las nalgas, este mirando el contorno de esta bajo la tela.- Sóbame el culo, méteme un dedo... Ya sabes lo rico que se siente eso.
CONTINÚA...