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sábado, 23 de noviembre de 2019

EL EXAMEN MEDICO DEL SEÑOR JONES... 8

...EL SEÑOR JONES                         ... 7

   Curado...
...

   Su joven asistente, aún vestido, con el tolete afuera, medio ríe sorprendido, muy erecto de pie, medio ladeado agarrándose del gabinete que está a sus espaldas, el cual se agita porque un Gregory Jones, muy abierto de piernas, riente, medio ladeado para mirarle con toda picardía, se encula frenéticamente del otro. Lleva su culo de adelante atrás sobre la gruesa y rígida barra del chico inmóvil, dándole apretadas y chupadas profundas con aquel agujero que parecía contener toda la experiencia del mundo. Y lo hacía con una rapidez eróticamente increíble.

   Aún desde la entrada, sonriendo alegremente sorprendido, al médico le es posible notar como ese trasero se agita y aplasta contra la pelvis del socio, como ese culo abraza con sus labios esa barra que sabe gruesa y que no todas las mujeres pueden tomar y menos por sus traseros. Gregg si. Y su cara... era un poema de gozo puto.

   -Ahhh, ahhh... -chilla este sin medidas mientras se encula con todas las ganas del mundo, su propio tolete girando en la nada, todo tieso, mojándolo todo.- Hummm... -gimotea agónicamente en éxtasis cuando se empala, a fondo, sintiendo cada vena de esa barra latir contra las sensibles paredes de su recto, hecho así por el buen Dios para el disfrute, piensa trastornado, mientras refriega su trasero de esa pelvis, moliendo aquel tolete joven.

   -Vaya, vaya, profesor... -ríe Thompson, haciéndoles notar su presencia, ya que gozaban tanto que no parecieron notarlo.

   -Joder, amigo, este culo es capaz de sacarte la leche del cerebro. -ríe, rojo de cara y complacido, el hombre joven de cabellos negros.

   -Hummm... hummm... -la sorpresa, verse pillado así tan entregado, tan puta, pone tan mal a Gregg que siente que la verga le tiembla, que el semen comienza a fluir de sus bolas.

   -Sácasela. No es tiempo. -ordena Thompson notándolo.

   -No, no, por favor... -lloriquea sin pudor ni recatos el hombre maduro.- ¡Joder! -ruge cuando su agujero queda abierto, latiendo, vacío.

   -Te daremos todo la verga que quieras. Por culo y boca, pero no vas a correrte, ¿okay? -sentencia Thompson.
 
   -Pero...
 
   -¡Toda la verga que quieras!

   Y cumplen...

   Aunque sea una tortura total.

   En un momento dado, ya completamente desnudo, transpirado, oliendo a líquidos pre eyaculares, propios y extraños, vuelve a estar doblado sobre esa mesa, las piernas abiertas, con Thompson jugando con su trasero, metiéndole únicamente la cabecita, gozando de ver su angustia, sus ganas de ser cabalgado, los labios del agujero cerrándose codiciosamente sobre el nabo que desaparece. Al tiempo que debe mamar aquella barra que sale del entrepiernas del asistente del médico, desnudo de la cintura para abajo, piernas musculosas y velludas de oscuro, como las de Thompson, quien solo lleva una camiseta muy ajustada a su torso, las tiene brillantes de pelos amarillos.

   Arruga la cara con deleite mientras baja sobre el grueso falo que suelta sus jugos en su lengua, cuando Thompson, apiadándose, le entierra lentamente aquel tolete, centímetro a centímetro para que lo honre apretándolo. Y empuja el culo hacia atrás por el tercio final, casi blanqueando los ojos y resollando de satisfacción con los labios contra el pubis del otro joven, el cual le atrapa la nuca con las dos manos y le retiene allí. Tiene dos güevos jóvenes y vigorosos bien clavados en sus agujeros. ¡Y le encanta!

   Thompson retira su tranca, lentamente, y luego comienza un saca y mete que lo estremece, que lo batuquea contra el mesón y contra la verga de su socio. Gime y lloriquea en la gloria teniendo güevo y más güevo, perdiéndose en su mareada mente y regresando a sus días de estudiantes, sorprendiéndose deseando haberse atrevido a dar el paso y empalarse con la verga de su compañero de cuarto. Ser su perra, su recipiente de semen todo ese semestre. Se imagina a sí mismo, un Gregg Jones más joven, desnudo, a hojarascas sobre el otro, cabalgándolo, empalándose, gimiendo por aquel tolete llenándole las entrañas y el chico diciéndole sigue así, puta. Siendo su zorra y la de sus amigos. La idea le hace temblar. Estaba tan caliente, tan excitado, tan cerca de...

   -¡Güevos afuera! -oye a Thompson y casi llora de frustración.

   Pero pasa pronto, unos minutos apenas más tarde.

   El asistente del médico está de espaldas sobre la transpirada y chorreada camilla, sonriendo de manera echona, mientras montado a hojarascas sobre sus caderas (no sabe de dónde le sale la idea, ¿en serio?), echado hacia atrás, sosteniéndose con las manos de la mesa, Gregg sube y baja su culo de él, dándole la espalda, muy abierto de piernas, con su propio tolete muy rojo girando, subiendo y bajando y casi golpeando la camilla por la fuerza con la cual va y viene sobre la gruesa mole cilíndrica que llena, calma y sacia sus entrañas.

   Gregg ríe y solloza, mareado, mientras alza su trasero, en cuclillas como está, empalándose con todo. Siente esas refregadas, esos maravillosos golpes que se da a sí mismo sobre la próstata (le chorreaba el culo, prácticamente), pero, finalmente, parece sufrir. De pie, sonriendo, Thompson le mira.

   -¿Pasa algo, maestro? ¿No es una buena verga?

   -¡Hey! -se queja el socio, aferrando al hombre por las caderas.

   -No es eso; es... -jadea sin medirse, frente fruncida.- ...No aguanto más. ¡Déjame correrme!

   -No, no puede.

   -Pero ¿por qué? -chilla.

   -Joder, cómo se queja. Sólo obedezca al médico. -se burla, trepando en la mesa, que se estremece bajo el peso de los tres, y de pie frente a Gregg se la guia hacia la boca, y el hombre obedece automáticamente, separa los labios, tiende el rostro y atrapa aquella larga verga blanco rojiza, con un gemido y unos hummm que indican que tanto le encanta.

   Más tarde estará de espaldas, con las rodillas casi en sus hombros, los lentes de medio lado, sonriendo con cara de gato, mientras Thompson empuja y empuja esa vergota que tiene en su culo que ya se abre con facilidad, aunque aprieta y hala aquella vibrante barra que le tiene trastornado sobre esa camilla. El hombre maduro gime, nada en hormonas, sintiendo cada refregada, cada latido de ese tolete. Y su culo se abre contra él, los labios de este se adhieren a esa piel nervuda y suave. Pero el hombre se detiene cuando ya está a punto.

   Como se detiene el asistente cuando le tiene de panza sobre la camilla, totalmente acostado, y le cubre con su cuerpo. Sentir el peso del macho joven y fornido, caliente y vital, mientras le mete y saca el güevo del culo, reteniéndole con un brazo bajo el pecho, teniéndole casi desmayado de tanto placer pero también de tanta frustración, Gregg cree que verdaderamente morirá de calenturas.

   -Joder, amigo, ya no aguanto más. Tengo la leche requete hervida en mis bolas. -se queja el asistente a Thompson, quien ríe y mira a Gregg.

   -¿Listo para el gran final, maestro?

CONTINÚA...

domingo, 3 de noviembre de 2019

EL EXAMEN MEDICO DEL SEÑOR JONES... 7

...EL SEÑOR JONES                         ... 6
        
   Curado...
...

   Pero era tan gordo, Dios, piensa con la boca muy abierta, notándolo todo, quemándole en unas entrañas que se le cierran golosamente sobre ella, sintiéndolo todavía mejor.

   -Órdenes del médico, señor Jones. -le oye decir de manera formal, atrapándole con una mano en un hombro, retirando el tolete lentamente, como para que lo experimente todo, que lo viva, la refregada, las dimensiones. ¡Y vaya que lo siente!

   -Ahhh, ahhh... es tan grueso.

   -¿Verdad? -es la réplica feliz, aunque sigue serio.- Pocas nenas pueden soportarlo, cómo hace usted. Se nota que el doctor sabe de lo que habla, tiene un buen coño aquí entre las nalgas.

   -¡Muchacho! -se alarma un poco, rojo de cara.

   -Dime, cuando un hombre te folla y tiene ese poder sobre ti, uno que te vuelve... esto, una temblorosa gelatina maricona, ¿te gusta mucho? -pregunta y extrañamente le emociona, mientras le empuja otra vez el tolete hasta los negros pelos púbicos.

   -Hummm...

   -Si, se nota que te gusta. Joder, el doctor sabe de lo que habla cuando dice que ha pillado a un marica de armario... -se burla atrapándole el otro hombro también, como para afincarse.

   -¡Ohhh! -chilla largamente Gregg, aunque no quiere, desea contenerse un poco y no lucir tan desesperadamente maricón y urgido de vergas. Pero no puede.

   -Toma, toma, vieja puta. -el chico pronto cae en el juego y el hombre maduro cierra los ojos, sonriendo con la frente fruncida, “sufriendo" sus indetenibles embestidas con la gruesa polla caliente y pulsante.

   El joven profesional empuja con fuerza contra aquel agujero caliente y sedoso que se abría para recibirlo y apretarlo. Y las manos de Gregg casi tiemblan mientras busca aferrarse mejor dado el debilitante placer que lo recorrer. Puede sentir lo grueso, caliente y nervudo que es ese tolete mientras insiste una y otra vez en meterse en su estrecho agujero, refregándole todo de una manera tan intensa y placentera que sonríe y balbucea sin voz, la frente arrugada. Los muslos musculosos del hombre joven, llenando de manera visible ese pantalón verde, van y vienen mientras empuja el gordo güevo dentro de la abertura acanalada que forman culo y nalgas; le da hasta que su pelvis aplasta esos glúteos, pero todavía es posible ver uno o dos centímetros de tolete afuera, frenado como queda por la piel del otro, mientras le azota con las bolas. Le da y le da casi lanzándole sobre la camilla, agitándolo con las embestidas. Estimulándole, excitándole más y más. Gregg siente el miembro súper duro y listo para el orgasmo. Lo necesita, lleva una de sus mano y se lo toca, quiere darse y correrse, lo necesita o se volverá loco. O le estallara la cabeza. O las dos, la de arriba y la de abajo.

   -No, nada de eso. -una nalgada del joven le recuerda que no debe tocarse ni correrse.

   -Por favor, déjame; necesito... -lloriquea sobre un hombro, su cuerpo agitándose de adelante atrás.

   -Son órdenes del médico. -le recuerda.- Confórmate con disfrutar de mi verga en tu concha caliente. Tómala, tómala así, toda, hasta los pelos. ¿Te gusta, verdad? Te gusta que no uno sino dos hombres jóvenes y briosos estén tan calientes con tu vagina, y que te la estén atendiendo, ¿no es así? Eso es, gózalo, marica, estás recibiendo lo que quieres y mereces.

   Diciendo aquello comenzó con embestidas más fuertes, reteniéndole con las manos sobre los hombros, casi halándole para metérsela más. Algo completamente innecesario porque el hombre maduro sí que empuja su culo hacia atrás. Caliente y desesperado, tan sólo dominado por una certeza: Si ese muchacho seguía dandole güevo así, golpeando con esa barra su próstata de aquella manera, terminaría disfrutando de uno de esos extraños orgasmos anales de los que ha leído y escuchado a veces como bromas al referirse a los homosexuales.

   Aquello parecía una locura surrealista levantada para enloquecerle, piensa el jadeante hombre, bañado de transpiración, gimiendo cada vez que aquella polla se le enterraba hasta los pelos por el culo. Aquel sujeto le gruñía “no te corras”, mientras le daba y daba sobre las sensibles paredes del recto, que se electrizaban al cruce de la tersa mole caliente, y le golpeaba en la próstata casi haciéndole ver lucecitas estallando frente a sus ojos. ¿Qué aguante, qué no puede estallar en el intenso y urgente orgasmo que siente que nace en sus bolas, en su cerebro, en todo su cuerpo? ¡Estaban torturándole! Le da y le da, estremeciéndole contra aquella mesa, su tranca propia saltando de aquí para allá, mojándolo todo, ¡y todavía esperaba que se controlara! Y lo intentaba. Por Dios que si.

   Chilla escandalosamente de gozo, con la tranca intensamente roja de ganas, cuando el joven le suelta los hombros y mete las manos dentro de la camiseta, atrapando su torso esbeltamente esculpido por una vida de dietas, regímenes y ejercicios, apretándole fuerte los pectorales velluditos, presionando de aquella manera sus tetillas que parecían botones que disparaban placer; pero nada a lo que chilla cuando, teniéndole así atrapado, el joven le hala con rudeza, levantándole el cuerpo de la mesa de examen, parándole, chocando sus cuerpos.

   -¡Oooooh, Diooooos...! -gimió ya sin control sobre sí.

   Sus nalgas se habían cerrado un poco, así que cuando aquella verga gorda salió y regresó la sintió aún más intensamente, como si estuviera un poquito más “virgen”. Y los rozones eran tan nuevos como maravilloso. Chilló y lloriqueó mientras reía, atrapado por sus pectorales, aplastado contra ese muchacho fuerte y vigoroso, caliente y sensual que seguía cepillándole el culo con su tolete pulsante y babeante, susurrandole suciedades en el oido, como que lo imagina chorreado con la leche de cientos de marineros en el baño de un bar, o saltando como una perra feliz sobre las vergas de todos sus alumnos machos.

   Le coge una y otra vez, con rudeza, reteniéndole contra su cuerpo, gruñéndole en una oreja, bañándosela suavemente con su aliento, mareándole con una sensualidad nueva. Se sentía tan bien estar así, abrazado por detrás, retenido por las manos fuertes y jóvenes de un macho que lamenta, en verdad, no haberse entregado antes a toda esa lujuria y placer, admite con abandono.

   -Joder, mi novia no tiene un coño tan apretado como este, ni hala tanto tampoco. -le oye gruñir en su oreja, los labios rozandole.
 
   Y se estremece temblando todo como una feliz gelatina de fresa. Se siente tan excitado, tan realizado que siente como sus bolas se contraen, como su tranca babea incontrolable, como el semen parece querer escapar por su conducto.

   -¿Que...? No, no. ¡No! -gimotea cuando el chico se detiene; le mira suplicante sobre un hombro.

   -No puede, son órdenes del médico. ¿Recuerda? ¡Nada de orgasmos! Toma aire, respira profundamente, serénate. Confórmate con sentir mi verga clavada aún en tu apretado, cálido y mojado coño... el cómo late de ganas. Y esperemos.

   -¡Ahhh! -gime de frustración, porque casi se corre escuchándole. Dios, ¡estaba tan perdido de puto!
......

   Suspirando algo chasqueado, el doctor Lucas Thompson sale de otra oficina, lamentando el haber perdido a un paciente. Pero la verdad es que no hubo manera de arreglar ese asunto. El hombre había adivinado en las que andaba. Una pena. Si comentaba algo...

   Sonríe acercándose a su otra oficina, escuchando los gritos lamentos del “paciente”, el cual erizaba de lo mucho que se notaba que gozaba, según su tono. ¿Habría podido resistir el hombre o ya habría bañado de esperma todo su consultorio? Un marica tan insatisfecho como él, engolosinado de pronto con su descubrimiento, era difícil que aguantara; pero quién sabe. Sería molesto, aunque no catastrófico. ¿Estaría aún sintiéndose algo cortado e incómodo expuesto ante su propia sexualidad? Muchos necesitaban de mucha ayuda para lograr sacar a la zorra caliente y ávida de sexo duro que llevaban por dentro, recapitula con pesar por esos pobres maricones reprimidos, eternamente condenados a ocultarse aún de sí mismos y sin llegar a experimentar la verdadera gloria de una real sexualidad sobre una polla dura y caliente latiéndoles en las entrañas. Si el señor Jones...

   Abre la puerta y se queda de piedra. ¡Vaya con el viejo!

CONTINÚA ... 8

sábado, 19 de octubre de 2019

EL EXAMEN MEDICO DEL SEÑOR JONES... 6

...EL SEÑOR JONES                         ... 5
   
   Hay papis que...
...
   El joven y fornido médico ríe al escucharle gritar, admitiéndolo al fin, que lo penetre así, como a una puta.
 
   -Como quieras, vieja zorra. -le gruñe juguetón y riente, afincando los dedos en su cintura, Gregg pelando los ojos, e incrementando aún más la frecuencia de las embestidas, unas dadas con toda fuerza, casi derribándole sobre la mesa y agitando esta, que chilla. Como hace él mismo, aunque casi silenciado por los secos paff, paff, paff de piel contra piel.
 
   -¡Ahhh! -Gregg no puede contenerse y alza nuevamente el rostro, cerrando los ojos, sonriendo de manera mórbida, feliz, nadando en hormonas sexuales; su culo es una sopa que necesita de carne, mucha carne caliente y dura. Cada metida y sacada, cada recorrido del gordo instrumento en sus entrañas era la dicha, cada golpe de la tranca a su próstata era una fiesta. Y grita y grita, gimiendo de puro gozo, sonriendo de manera abierta.- Oh, si, si, cógeme, cógeme...
 
   -Llámame con su nombre; llámame como has soñado haber tenido el valor de hacer una vez, marica. -le ruge entre dientes, soltándole la cadera derecha y atrapándole el cuello, bajo el corte del cabello, con firmeza y control. Era, indudablemente, un hombre follando a un marica que ardía y se derretía bajo sus embestidas varoniles.
 
   -Cógeme, Eric, Cógeme... -el maestro abre los ojos, frente fruncida, perdido en sus recuerdos, en las mil sensaciones. Los golpes de esa pelvis eran tan eléctricos como los que esas bolas le daban cuando la tranca se le clavaba hondo. Volvía a estar en ese cuarto dormitorio universitario, junto al rubio atleta al que masturbaba. La risa del médico le eriza, se siente sucio, putito, sexy y caliente, y sonríe abiertamente, con una mueca lujuriosa.
 
   -Imagínate toda la verga que pudo darte cada noche; cada noche enculándote así, y así, haciéndote gritar y pedir más, que nunca parara, mientras mordisqueabas sus suspensorios transpirados en tu cama de estudiante. -le dice, y Gregg suelta un gemido casi de desmayo, ojos perdidos en el pasado, en el placer que siente mientras aquel hombre le saca y mete el güevo de las entrañas. Este sale casi hasta el glande, siente ese nabo rozar internamente los labios de su culo, sin salir, donde aprieta y hala de manera automática, como si toda la vida hubiera sabido qué hacer con la tranca de un hombre.- Imagínate viéndole llegar ebrio de excitación por sus triunfos deportivos, todo sucio de sudor, oliendo a macho, acompañado de dos o tres amigos como él, todos rodeándote, alzándote en peso y desnudándote, tú gritando “no, no, papi, así no”... -finge un tono todo amariconado, burlándose.- Pero ellos reirían, sabiendo que mientes, que ardías de lujuria como una buena puta. Y ellos sentados en su sofá, codo con codo, y tu paseándote de verga en verga, con tu culo, viéndoles de frente; empalándote hondo, bajando sobre esos falos y apretándolos, rotando tus caderas, ellos aplaudiendo, llamándote perra, diciéndote que así se hace... y tu corriéndote una y otra vez, sin tocarte, todo realizado como el grandísimo maricón que eres...
 
   -¡Ahhh! -Gregg siente que se ahoga, que no puede resistir, sus piernas tiemblan, tiene que aferrarse con fuerza de la mesa para no caer, con el tolete tieso babeándole todo un río claro y espeso. Estaba tan excitado, joder, que teme que la vida se le escape entre gritos.
......
 
   -Pero, ¿qué diablos...? Esos alaridos parecen... -comienza en la sala de espera un viejo paciente del médico, el cuál enrojece feamente mirando a su confusa mujer, callando lo que pensaba.
 
   -No es nada, a veces una exploración resulta particularmente dolorosa y... -jadea a la defensiva el asistente del médico, poniéndose de pie, alarmado también, mirando sobre un hombro hacia la puerta de donde parten ahogadamente aquellos gemidos.
 
   Exploración, si, seguro que era eso, refunfuña para sus adentro el hombre mayor, quien aunque heterosexual, conservador y religioso, tenía la edad suficiente para conocer cosas del mundo.
 
   Por su lado, el joven asistente, tomando aire, sabiendo que tiene que tomar alguna medida, se decide por el mal menor. Había que silenciar todos esos gritos. Toca fuertemente a la puerta. Nada, los chillidos siguen, alguien la estaba pasando en grande, no puede dejar de pensar con una leve sonrisa de exasperación, rodando los ojos. Toma aire, gira el picaporte, abre la puerta y entra rápidamente, cerrándola aún más de prisa para evitar salgan los gritos. Y lo logra... en cierta medida. En cuanto separó la puerta del marco los chillidos de Gregg parecieron incrementarse junto a un muy escandaloso...
 
   -Oh, sí, sí, más, más, por favor...
 
   El hombre en su silla bufa mientras su mujer se lleva una mano a la boca, confundida. No pueden ver lo que ocurre, pero...
......
 
   -Joder, qué escándalo, ¿te volviste loco? Te dije que llegó el señor Klobe y... -comienza el joven asistente, todo alto y musculoso, piel cetrina, ojos y cabello negro, paralizándose por la escena lateralizada frente a él, la cortina corrida. El joven y fornido profesional de la salud, verga afuera (por momentos), enculaba a aquel paciente algo maduro, de gafas y barbita entrecana, de cara muy roja y sonrisa de auténtica putez mientras se tensa y agita un tanto sus nalgas como para sentir aún mejor de ese güevo que lo penetra.- Wow, wow, wow, ¿otra vez? -alarmado se lleva las manos a la cabeza.
 
   ¿Otra vez? ¿Solía Thompson follarse a sus pacientes?, se pregunta Gregg por un momento, más rojo de cara, labios temblorosos, tan quieto como el médico mientras miran al recién llegado. Coño, alguien estaba viendo que le estaban enterrando un buen tolete por el culo, alguien que debió verle en éxtasis cuando entró, que debió escucharle suplicar por más güevo en sus entrañas. Y traga sintiéndose trastornado, porque reconoce que era un tanto caliente aquello, ser pillado siendo follado por un hombre,viéndose todo desatado por ello. Especialmente si era un chico tan guapo como aquel quien les sorprendía...
 
   -Carajo, olvidé que me hablaste de esa emergencia. -jadea Thompson, tragando en seco, como si ese fuera el único detalle impropio en toda aquella situación.
 
   -¿Estás follándote a míster...? -comienza a reclamarle el asistente, no por celos, sino porque le parece que aquello era peligroso para el consultorio.
 
   -Oye, este viejo tiene una vagina entre sus piernas capaz de enloquecer a cualquiera, ¿okay? Y yo no soy de piedra. -responde y luego sonríe dándole una leve nalgada a Gregg, a quien aún le tiene clavada la verga hasta los recortados pelos.- Aunque lo parezca, ¿eh, puto?
 
   Oh, Dios, todo eso era tan... Aferrado a la mesa, mortalmente avergonzado, incapaz de controlarse, sabe que su culo se agita, que se abre y cierra, que chupa de esa tranca. Estaba ordeñándole sin moverse, provocando la risa del otro y un elevar de cejas del recién llegado.
 
   -Este coño...
 
   -Te esperan afuera. Sal si quieres continuar en el negocio, amigo. ¡Y hay que explicar todos estos gritos! -insiste el otro.
 
   -Okay, okay. -gruñe exasperado el rubio, sacándole la tranca del culo, lentamente, como para dejarle sentir antes todas sus dimensiones, lo bien que se sentía con ella adentro.- Pero no debemos detener el tratamiento del señor Jones.
 
   -¿Tratamiento? -gruñe el joven asistente.
 
   -¿Tratamiento? -croa, confuso, Gregg, mirándole sobre un hombro.
 
   Thompson no le mira mientras oculta su tranca bajo las ropas (y el hombre mayor lo lamenta), colocándose una bata blanca larga, una que le queda entallada en los recios hombros, que cierra al frente ocultando la erección.
 
   -Si. -responde al asistente.- Es importante que no se detenga... ni que el paciente se corra. -dice mirando ahora sí al hombre mayor, quien abre más los ojos.
 
   ¿Qué diablos...?, su confusión aumenta más cuando le ve dirigirse todo pancho hacia la puerta y al otro acercársele.
 
   -Como diga, doctor. -exclama este, sus miradas encontrándose, mientras manipula su mono verde y exhibe una verga gorda, no tan larga como la de Thompson, pero sí más gruesa. Que va erectándose por segundos.
 
   El hombre mayor casi se alza, balbuceando sin emitir sonido. Ah, no, una cosa era que un carajo le atrapara en un momento de debilidad, pero no era un marica que...
 
   -¡Ahhh! -se tensa y chilla agudamente, abriendo los ojos y boca, componiendo una expresión de sorpresa... y felicidad cachonda mientras aquella nueva barra se le va metiendo hasta los pelos.
 
   Otro hombre iba a cogerlo.
 
CONTINÚA ... 7

jueves, 3 de octubre de 2019

EL EXAMEN MEDICO DEL SEÑOR JONES... 5

...EL SEÑOR JONES                         ... 4
            
   Hay papis que...
...

   Pero en verdad no puede hacer nada para detenerle, mientras medio mece su cuerpo de adelante atrás, nuevamente sobre manos y rodillas, sobre esa camilla. Sabe que lo hace tanto para cubrir y retirarse de esa verga, dándole chupadas, haladas y apretones que gustaban al fornido hombre joven pero que a él sencillamente le enloquecían (joder, una verga en la boca, ¡al fin!), como el que también lo hace para sentir el peso de ese brazo sobre su cuerpo, pero especialmente de esos dedos, dos, que lubrican la entrada de su culo nuevamente. Le escucha respirar pesadamente, ronronear ronco, meciendo sus caderas cogiéndole la boca, sabiendo que lo disfruta y su propio placer parece dispararse todavía más: Le encantaba mamar güevo, por Dios, pero esto parecía intensificarse al saber que el otro lo estaba gozando.

   Nunca antes había hecho nada con un hombre fuera de aquellas pajas que le diera a su compañero de cuarto en la universidad (y a sus amigos, aquella noche, todos riendo, llamándole maricón, que se notaba que amaba tener tres buenas pollas para él, cada uno poniéndose de pie con urgencia en su momento, corriéndose entre gritos, alcanzándole el joven rostro de empollón con sus abundantes cargas de semen hirviente, espeso y oloroso), pero ahora estaba desatado. Le encantaba el cómo se sentía la textura suave de esa verga contra sus labios, sentirla deslizándose sobre su lengua, que se agitaba hambrienta, cerrando las mejillas alrededor de ella y notando cada pulsante vena llena de sangre y ganas jóvenes, soltando esos jugos que le parecían el más rico licor...

   No sabe que sonríe como ido a pesar de la tranca que se hunde y emerge de sus labios, que mana de ellos un poco de saliva espesa bañándole la barbilla, que tiene en los ojos, tras los lentes que no caen, una expresión casi ida. Hay un gesto como de quien está probando un delicioso helado de chocolate por primera vez, con ronroneos y todo mientras va y viene chapaleando con los algo resecos labios sobre la dura barra de joder. El hombre joven si lo nota, y sonríe, porque hay dos cosas que entiende del tipo...

   Que necesitaba de eso, de una buena polla, desde hace muchos años... y que de cierta manera le gustaba ser controlado. Que un hombre le dijera qué hacer para luego desatarse como la más ávida, hambrienta y puta de las putas. Lo nota por la manera en la cual ahueca la garganta para tragar todo su tolete y resollarle en los muy recortados pelos púbicos. Todo eso era iniciativa. Hambre de güevo, si, pero también sus propias ganas de conseguirlo.

   Y si, ladeando una y otra vez el rostro, tomándolo desde distintos ángulos, Gregory Jones chupa aquella verga, la primera. Algo que debió hacer hace muchos años. Y sus ojos parecen irse a un lugar lejano tras los anteojos mientras sigue alimentándose de virilidad. Contempla su vida como un joven educado, apuesto, aseado, de suéteres y anteojos, dedicado a sus estudios, a visitar a su novia de la universidad... y chupando cuantos güevos cayeran a su alcance, bebiendo el rico licor producido entre las piernas de los hombres. Imagina toda una larga vida de pollas trabajadas. Todo ese tiempo perdido... Siente, no puede evitarlo, algo de pena por sí mismo. ¿Por qué se contuvo, qué ganaba no viviendo?

   Pero ahora... Esos dedos seguían jugando con su entrada, regando y untando aquel lubricante claro. Sabía que empujaba contra ellos, que deseaba que penetraran su culo.

   -Estás caliente, perra. -le oye, voz autoritaria, ronca, lujuriosa, y se estremece tanto de debilidad y ganas que teme caer nuevamente de la mesa, mientras su propia verga deja escapar un chorrito de líquidos pre eycaculares.- Tu culo exige atenciones. ¿Estás listo para esto? -le pregunta, retirando su verga de aquella boca, mirándole a los ojos.

   -Doctor... -todavía se ve perdido, angustiado entre el deseo y cierto temor. Algo comprensible al tener tras de sí toda una vida funcionando como heterosexual.

   -Sabes que lo necesitas, amigo, liberarte de tus muros mentales.

   Jones traga, no puede negarse que asustado a cierto nivel, cuando el otro desaparece de su vista, le rodea y tomándole las caderas le hala, obligándole a baja las piernas de la camilla, posando los pies en el piso, abriéndose más de nalgas, quedando a cierta altura. Sabe que su culo, brillante de lubricantes, está totalmente expuesto.

   -No sé si...

   -No te negaré que tal vez te moleste un poco. Pero, créeme, conozco a una perra en cuanto la veo. Pronto estarás chillando por más, y querrás que entre alguien más para sentir dos toletes abriéndote el coño. -asegura todo juguetón. Azotándole las nalgas con su barra, esta bien dura y caliente, provocándole estremecimientos adicionales.

   El hombre mayor intenta concentrarse en su vida, en su familia, en su esposa... ¡Pero era tan difícil con la punta lisa de aquella verga apuñalándole la entrada, sin penetrar! Jadea, totalmente avergonzado, cuando lo siente, lo que ocurre sin que tenga nada qué ver en ello. Sabe que los pliegues de su culo se abren y cierran con el contacto. Exigiendo lo suyo. Era vergonzoso pero real.

   -Ahhh... -el rostro se le contrae en una mueca de dolor que no es tal, pero lo parece, con la boca muy abierta, igual los ojos y la frente fruncida cuando aquel nabo de carne suave y esponjosa se presiona más y más contra su todavía (sí, todavía, a pesar de los dedos) virgen culo. Aquel hombre iba a tomar su inocencia, su virtud, su...

   -Aún tienes miedo, pero también te cocinas en tus jugos, perra... -oye la voz de Thompson, quien alarga una manota y le atrapa el cabello, halándole suavemente hacia atrás.- ¿Lista para renacer, zorra?
...

   -¿Qué diablos fue eso? -pregunta el hombre sesentón sentado en la sala de espera, una emergencia (no puede orinar) acompañado de su esposa, la cual alza la mirada hacia la puerta del consultorio del doctor Thompson.

   -¿Qué? -el hombre tras la recepción, después de lanzar un vistazo también en esa dirección, finge normalidad.

   -Parecía un grito. -agrega la mujer.- Como si le sacaran una muela a alguien, sin anestesia.

   O como si le perforaran el culo a un carajo, piensa el joven vestido de verde, conteniendo una exasperada sonrisa; pero también lo piensa el hombre mayor, quien, en su tiempo, conoció a mucha clase de tíos cuando servía en el ejército.

   -No escuché nada. -sonríe el joven, pero si, algo se oye, y eso que la puerta calzaba bien.

   -¿Ni eso? -el sesentón, muy rápido, le enfrenta.

   Joder. ¿Qué hacía el doctor? ¿Tendría que entrar? Tenía, esos chillidos se escuchaban más y más...
......

   -¡Separa las nalgas, perra! -ordena el hombre, entre dientes, notándose que gozaba al dirigir su gruesa verga contra aquella boquita redonda y peluda que se abría golosa para él en medio de aquellas nalgas masculina.

   -¡Ahhh! -chilla Gregg, temblando, llevando las manos a sus nalgas y separándolas todavía más.

   Aquello debió ser horrible, un momento traumático y en verdad algo hubo; cuando la cabezota lisa y caliente logró romper su sello de fábrica, había arrugado la frente y gemido con dolor, pero en cuanto penetró, lentamente, sin prisa pero sin pausa, llenándole de güevo, todo perdió sentido. Parpadeó de sorpresa, con la boca muy abierta, sintiendo cabalmente cada vena hinchada de aquella mole refregándole las paredes del recto, las cuales parecían estallar en llamas a su paso, esos vasos latiendo con fuerza. Y cuando se retiró un poco, regresando, aquella sensación pareció multiplicarse por mil y arqueó la espalda, alzó el rostro y comenzó a chillar de una manera intensa, tanto que se escuchaba afuera. Parecía actriz porno de los ochenta con todos esos gemidos incontrolables.

   El médico sonrió algo sorprendido, no de que respondiera, ya conocía a los hombres reprimidos sexualmente por falta de pollas, era porque... Joder, ese culo pareció mojarse de algo caliente que le envolvió y atrapó la verga, como una vagina real, halándole, succionándole, dándole apretones intensos. Tantos que, olvidando su natural cautela para esos inicios, comenzó a follarle en serio, con ganas, casi sacándosela toda del peludo agujero y cayendo contra él, enterrándosela de golpe. Tan sólo para escucharle gemir así, verle estremecerse... y notar como comienza, rítmicamente, a mover ese culo de adelante atrás, buscándole la tranca con ganas.

   -¡Eres un viejo sucio! ¡Completa y totalmente sucio! -escucha que le ruge el hombre joven y eso le hace soltar una risita de felicidad. Cuando una manota cae en su nuca, ruda, obligándole a caer, a apoyar el rostro, lateralizado, sobre la camilla mientras sigue follándole, controlándole, Jones siente que se correrá. ¡Qué hombre!, pensaba mientras su culo era una sopa caliente.- Toma, toma, puto. Vamos, muévelo, muévelo como... como... -le incita, dándole más y más, estremeciendo la mesa con la fuerza de las embestidas, esas nalgas siendo azotadas.

   -¡COMO UNA PUTA! -chilla entre gemidos, sonriendo, babeando.- ¡Cógeme como a una puta! ¡Tu puta! -ruge justo cuando la puerta del consultorio se abre.

CONTINÚA ... 6