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jueves, 22 de agosto de 2019

EL CONSOLADOR DE PLATA... 17

EL CONSOLADOR DE PLATA                          ... 16
   Tiempos de misterios… y hombres.
......
   -Lo siento, mi amigo, pero debí hacerlo. -admite al fin, levantando el rostro en un reflejo de orgullo y dignidad, gesto que lucha contra su propia conciencia. El martirio del hombre decente al enfrentar su villanía.- Debió hacerse así porque... -toma aire.- El relato de aquel pueblo guerrero y violento, y sus vecinos, era cierto. Una tribu invocó a la diosa Utahar para que les ayudara, y ella les trajo, de aquel pueblo maldito, el artefacto para socorrerles. -sonríe amargado.- Pero era una diosa horrible; acabó con los guerreros bandidos, sí, pero también con el pueblo que la invocó. Quienes pactan con Utahar se arriesgan a ello. Por eso... -duda, el americano oprime los labios, los claros ojos refulgen de ira.
   -Decidieron que sería mejor si eran los estúpidos extranjeros quienes la... molestaban. -da un paso al frente, cerrando las manos en dos grandes puños, lo cual no intimida especialmente al otro.- ¿Era su idea, Asim? ¿Destruirme?
   -No, sahib, aunque le cueste creerle. Tan sólo queríamos... evitar la ira de Utahar. -admite con avergonzada humildad.
   -¿Sabe que ha fracasado, anciano tonto? -casi le escupe al rostro.- A esos dos pueblos les destruyó el mismo acto. El objeto maldito funcionó en unos y otros. No sé que planeaban, pero pronto comprenderán el error que cometieron. -le asegura, el otro alza una ceja, incrédulo.
   -Siempre tan soberbios, creen entender mejor que nosotros nuestras costumbres, leyendas y cosmogonía. La diosa nos ayudará a… -calla bruscamente.
   -Dígalo, Asim el indigno. -le aplica sal en la herida del orgullo.- Imagino que todo esto fue idea de un hombre culto, conocedor de tantas costumbres, en contacto con tantas tribus del desierto, buscar el objeto maldito que pondría a los ingleses en sus manos. Fue su idea para atraparles, ¿verdad? Quiere controlarles.
   -Quiero… Queremos que salgan de Egipto. Este país no le pertenece a los ingleses. Soñaron un África del Cairo al Cabo, pero ya estamos cansado. -la confesión le sorprende tanto que parpadea.
   -¿Independencia? Pues, eligieron mal sus armas, no tiene por qué creerme, pero ya lo descubrirán.
   -¿Piensa salir de Egipto? No le detendré, ni nadie de mi casa.
   -Inmediatamente. Y no tema, Asim, mientras se prepara la destrucción de sus enemigos y las de sus aliados, el cruel sargento Proyas, no les estorbaré. ¿Quién me creería el que los egipcios han echado manos de una antigua maldición para atacar a sus enemigos? Suena a locura, ¿verdad? -sonríe con dureza.- Pero... necesito saber, ¿qué será de mi asistente Andrew Stoner, y de su sobrino, Hasani?
   -Les buscaré, haré que les traigan y me ocuparé de ellos. -promete de manera paternal.
   Y el americano siente un estremecimiento de horror, visualizando al hombre maduro pero vigoroso sentado sobre sus almohadones, con los chicos cabalgando sobre su verga, una y otra vez, ellos y él sometidos a la maldición. Siente como el tolete quiere ponérsele duro, también él estaba semi atrapado. ¡Dios, no lo permitas!
   Da media vuelta, digno, ofendido, grosero, y se marcha, dejando al otro hombre abrumado. Un siervo se le acerca.
   -Sahib, debería avisar al sargento...
   -No, déjenles partir. Él entiende, nada puede hacer para impedir lo que ocurrirá, Alá mediante. -le silencia, bajando la voz al final, preguntándose si el Altísimo no les cobraría el recurrir a las fuerzas paganas del Egipto antiguo. ¿Podría tener algo de razón en lo que dijo el americano? No, claro que no, ¿qué iban a saber ellos del poder del país de los faraones? El hombre temía al tiempo, y el tiempo a las pirámides...
......
   Dos días les lleva salir de sus escondrijos a Ryan Huston y Jean Luc Molines. Debieron cambiar de motel cuando patrullas egipcias buscaban de puerta en puerta, haciendo preguntas. El americano intuye que Asim el viejo pudo haber decidido dejarles ir, Musim Proyas no. Embarcan una noche, rumbo a Al-Fustat, y se siente mal. Derrotado. Para un hombre como él, aquella sensación era insoportable. Debió quedarse, luchar, quitarles aquel artefacto, rescatar a Andy, pero...
   Conocía sus limitaciones. Debía regresar a Londres, hablar con lord Bakersfield, intentar alertar sobre lo que ocurría; pero sabía que bastaría que el coronel Sheppard se mostrara y dijera que todo aquello no eran más que una sarta de tonterías para que se le encasillara como a un mentiroso, un alarmista o un débil mental. Suspira cansinamente a babor del pesado navío que le aleja de El Cairo, recordando otra noche cuando... Unas risitas llaman su atención. Como aquella vez.
   -¡Tarik! -brama.
   Jean Luc y el joven nubio, bien vestido, se congelan por un segundo.
   -Sahib. -sonríe todo dientes muy blancos el joven.
   -Le invité a conocer París, mientras se calman las cosas. -sonríe Jean Luc, cachetes rojos a pesar de la penumbra de la noche, sus ojos brillantes por el reflejo de la luna, o tal vez de la emoción. Ryan no encuentra palabras. Vaya con la pareja.
   -Bien, seguro que lo disfrutará bastante. -agrega, cortándose por lo extraño que soñaba aquello en otro sentido. Luego se tensa al verles intercambiar una mirada y una sonrisa.
   -Vamos a tomar algo de vino en mi camarote, Ryan, ¿no quiere unírsenos? -invita Jean Luc, alzando una delgada y muy blanca mano.- No habla ninguna maldición por mi boca, ¿eh?
   -Eh... no, estoy cansado. Lo ocurrido todos estos días...
   -Entiendo.
   Les ve alejarse. Era mejor así, se dice el hombre, recorrido por mil estremecimientos. Se recuesta del barandal y se pregunta qué puede hacer para resolver o al menos encarar todos esos problemas. ¿Acaso podría? Se siente... frustrado. Amargado.
......
   Joder, qué cama tan suave, piensa mientras cae de espaldas sobre el colchón, la cabeza aplastando las dos almohadas (¿cómo consiguió una tan mullida?, se pregunta de paso), sonriendo leve, alzando los brazos y cruzando las manos bajo su nuca, sus bíceps abultando, sus axilas llenas de pelos amarillentos, como su torso, uno que es recorrido por manos y labios que dan besitos y chupetones. Ryan cierra los ojos y sonríe, completamente desnudo entre los dos jóvenes hombres, desnudos también, mientras estos atrapan entre los dientes sus tetillas, y uno lame, chupando fuerte, y el otro mordisquea, con manos de tíos diferentes atrapando su verga tan erecta, tan pulsante y caliente, masturbándola a dúo.
   Si, se lo había pensado mejor y decidió aceptar la copa de vino... y la compañía.
   -Siempre quieres, ¿eh? -oye la risa y el reclamo de Tarik, quien deja su pectoral derecho, mientras Jean Luc, que ha dejado el izquierdo, le baña el abdomen y los pelos púbicos con el aliento mientras acerca el rostro a la barra, sostenida por la negra mano del otro, y comienza a darle besitos y chupetones en la punta con sus labios color rosa.
   -Ahhh... -se tensa, tiene que hacerlo, cuando lo siente, el aliento, la lengua, los besos y sorbidas, los labios de Jean Luc cerrándose alrededor del rojo glande, apretando, bajando y succionando más, al tiempo que el otro le masturba.
   Los tres comparten el momento, y el americano no quiere pensar en nada, no en maldiciones, homosexualidad o su prometida, tan sólo quiere sentir esas dos bocas que cubren su glande por pedazos, que dan besitos y lengüetazos, lamidas y chupadas mientras le acarician los velludos muslos.
   No quiere pensar en nada como no sea lo bien que se siente el peso de Jean Luc sobre sus caderas mientras sube y baja, entre gemidos, su dorado y joven cuerpo, sus nalgas abriéndose y cerrándose mientras atrapa con el ardiente, apretado y sedoso culo su verga, halándola, masajeándola en un vaivén escandaloso y enérgico, mientras Tarik, entre sus piernas, le lame y lenguetea las bolas y pedazos del tolete cuando el rubio francés sube, alzándose sobre sus rodillas en la cama, a ambos lados de su cuerpo. Va y viene, estremeciéndose, gimiendo, notándose que un güevo enterrado en su apretado culo era todo lo que necesitaba para ser feliz. Casi como hechizado a su manera, piensa Ryan mirándole.
   Como gemiría más tarde Tarik, cuando, de panza en la cama, las flojas almohadas bajo su pelvis, reciba por primera vez un blanco rojizo tolete por su muy negro y apretado agujero (blanco o de cualquier otro color), algo sobre lo que dudó mucho, pero que vencida la resistencia inicial, el dolor, ahora le tenía jadeando, su torso en el regazo de Jean Luc, quien le sonríe, acuna y acaricia mientras le besa bebiéndose sus gemidos. Ryan, apretando los dientes, clavándole los dedos en las oscuras caderas, le machetea ese prieto culo una y otra vez, gozando la increíble sensación. Aprendiendo cada uno de ellos un poquito más sobre el sexo.
   La barcaza continúa alejándose de la tierra de las pirámides, la luz de la luna bañando de plata las arenas del desierto y las aguas del Nilo, alejándose de los objetos malditos que guardaban su antigua y peligrosa magia... Por ahora.
......

lunes, 12 de agosto de 2019

EL CONSOLADOR DE PLATA... 16

EL CONSOLADOR DE PLATA                         ... 15
   Tiempos de misterios… y hombres.
......
   Con el corazón bombeándole feo en el pecho, el americano se vuelve, dispuesto a comenzar a repartir puñetazos para salir de allí, contando con tomar a todos por sorpresa ya que si se le venían encima entre varios no tendría oportunidad. Tan sólo encuentra a uno de los sujetos que viera poco antes, sonreído, satisfecho, señalando con una mano no su verga algo caída (mucho uso, evidentemente), sino mostrando al pelirrojo escocés sobre la capota del vehículo donde le follaban.
   -Necesita verga. -informa el egipcio con un tono soberbio, insultante, enrojeciendo aún más al fornido hombre que, de panza sobre la capota, mira al americano, el bulto bajo sus pantalones.
   Y quiere. Quiere sacársela nuevamente, sintiéndola endureciéndole más, y meterla entre esas masculinas nalgas peludas, macheteando aquel agujero que titila anhelante mientras escupe una poca de esperma. Quiere tanto encularlo, que resistirse, sonreír como disculpándose y rechazar la oferta casi le duele; en el cuerpo y el alma. Alza las manos y se aleja con pasos rígidos. Tenía que escapar, si dejaba que Proyas saliera de la barraca del coronel Sheppard...
   Sube al rústico y enfila hacia la entrada del campamento, preguntándose si le dejarán salir. Los vigilantes egipcios ya no están, y estremeciéndose adivina que estos, finalmente, habían sucumbido al deseo de la carne, buscándose a alguno de los extranjeros en su territorio y comenzar a darle mandarriazos con sus toletes morenos cobrizos. Casi se ahoga bajo las imágenes, esos vergones temblando de ganas buscando ansiosamente uno de esos culo que titilaría y pulsaría con fuerza, abriéndose y cerrándose en anticipación, urgidos de ser abiertos, llenados y dilatados al máximo por el calibre de una buena verga masculina, lo que les daría sentido a sus vidas.
   Lanza un gemido angustioso, latiéndole bajo las ropas, cruzando las dunas. Debía llegar al campamento antes que cualquier mensajero del sargento egipcio. Lo alcanza en poco tiempo, frenando casi violentamente, escuchando las risas y los gemidos. Continuaba la orgía. Nada había variado desde su partida; sólo, tal vez, que Andrew Stoner, Hasani Asim y el joven uniformado egipcio ahora si que trabajan vergas. De alguna manera esos hombre frenéticos están enculando a dúo a cada muchacho, dos pollas en cada agujero, con fuerza, rítmicamente, mientras sus boca van de una tranca a la otra y otra frente a sus rostros, con un promedio de cuatro tíos por chico. Perdidos de viciosos.
   Se siente sobrepasado por la situación. Comenzando porque le duele la verga, siente que le pulsa salvajemente (y como siga moviéndose, las ropas aprisionándole y soltándole se correrá sin tocarse dentro del pantalón), no sabe qué hacer. ¿Cómo sacar a Andy y Hasani de esa... situación?
   -¡Houston! -la voz alarmada de Jean Luc le sobresalta. El joven se ve atormentado.- Al fin regresa. ¿Dónde estuvo? ¿Qué está ocurriendo?
   -¿Aún no lo comprende? -casi molesto le replica, mirándole.
   -¿Encontraron algo en esas ruinas? -el chico parpadea, en shock.- ¿Realmente hay algo... mágico? ¡Es absurdo!
   -¿Te parece que todo esto es normal? -exasperado señala el cuadro de hombres follando, gimiendo, estremeciéndose, güevos erectos que ansiosamente van contra culos y bocas golosas.- Es... -casi grita y deja salir el aliento, abatido.- Estamos en un verdadero problema. El sargento Proyas tiene planes para lo que encontramos en el templo, por eso ordenó que se lo enviaran en cuanto apareciera; y si le estorbamos... no sé qué pueda hacer con nosotros.
   -¿Cómo? -el chico parpadea otra vez, las mejillas muy rojas.- Ya me parecía que había algo muy extraño tras todo esto. -traga en seco.- La manera en la cual ese objeto fue tomado por ese hombre, sin tocarlo. -casi ríe, con asombro.- ¿Es posible? -por toda respuesta, Ryan señala nuevamente el cuadro.- Entonces debemos irnos. Pero ya.
   -Estoy de acuerdo, pero...
   -Stoner y Asim... -el joven entiende, mirando el cuadro por sí mismo, ceñudo.- No creo que... pueda sacarles de allí. He intentado llamarles, y nada. Sólo quieren... eso. Sexo.
   -Pero no puedo... -jadea confuso, volviendo la mirada y congelándose. Un rastro de polvo se alza en las dunas. Acercándose.- Joder, tenemos que irnos ya. ¡Ahora!
   El chico jadea sin voz, mirando esas polvaredas también. Son cuatro.
   -¡Tarik! -grita y agarrándose el casco de explorador con una mano echa a correr hacia su tienda.
......
   Aunque le cuesta, mucho, Ryan Huston, al frente del rústico, con Jean Luc a su lado y el joven nubio en el asiento posterior, parte dejando el campamento. Estos dos mirando hacia atrás, cada uno con un rifle en sus manos (fuerza disuasiva). Huyen de la patrulla egipcia. Huyen del objeto maldito, de Proyas con sus planes. Se alejan de Andy y Hasani. Con rabia, el americano cierra los dedos sobre el volante.
   No hablan, casi no paran, ni aún de noche. Se turnan tras el volante en su prisa para volver al Cairo. Sin que les comunicara nada, el hombre sabe que el joven francés entiende el problema: la radio, el telégrafo. Proyas podría haberse comunicado con otros agentes en la capital, incluso hacer que el coronel Sheppard hablara y dijera cualquier cosa y les detuvieran. La idea era salir en cuanto pudieran del país de las antiguas maldiciones.
   Al atardecer del segundo día de la huida aparecen ante sus ojos las majestuosas líneas de las pirámides alzándose contra el desierto, y con un estremecimiento de nuevo reverente temor, Ryan las contempla. El viaje le ha obligado a escuchar que la pareja a su lado había tenido un problema porque, dormido en la tienda de Jean Luc, Tarik despertó con el tolete fuera de sus ropas, duro y siendo chupado por Andy, cuando este regresara del templo. Jean Luc les encontró y se armó la gorda cuando el rubio no quiso creer que el otro, dormido, creía soñar. Algo que al americano no le cuesta creer, por experiencia propia. Toda esa historia de amor y celos le provocó algo de acidez y exasperación, pero también diversión. Joder, y de haberlo sabido habría caído en cuenta que el consolador de plata no afectaba siempre del mismo modo. Ni a todos.
   Llegan a la ciudad y Jean Luc no entiende por qué deben ocultarse de todos. Está bien, Proyas podía haberles denunciado por esto o aquello, pero contaban con poderosos aliados aún dentro de la población local.
   -Es esa gente la que más me preocupa. Involucrarla en todo esto. -el hombre replicó en el pequeño hotel, mirando al joven nubio.- ¿Tienes gente en la que puedas confiar que no hablarían con las autoridades, ni inglesas ni egipcias? -este asiento.- Bien, ocúpate de encontrar...
......
   El corazón le retumba en el pecho mientras espera. Si se equivocaba con este hombre podía estarse metiendo en la boca del lobo. Pero no lo cree. Se le recibió cortésmente como siempre, invitándosele a tomar asiento y probar una bebida caliente (que rechazó), pero nota cierta reserva en los sirvientes del gran hombre.
   -Sahib. -la voz es cortés, educada, pero carentes del ordinario tono amistoso.
   -Asim, el viejo y honorable comerciante. -pronuncia cada palabra con calada intención, llevando sus palmas al rostro, uniéndolas en una leve reverencia. Mirándole fijamente. Notando el enrojecimiento del viejo comerciante del bazar ante la dedicatoria.
   -Regresa precipitadamente de su viaje...
   -No era prudente quedarme en el desierto rodeado de fuerzas adversas. -toma aire e hincha su pecho.- Recuerdo que fue usted quien me habló de ese pueblo guerrero y salteador al cual se castigó enviando sobre ellos un objeto maldito. Me lo contó aquí, en su casa, y creo que quiso advertirme de ello, ¿verdad? Que no fuera al desierto a buscar lo que no se me había perdido, porque sabía lo que ocurriría. -acusa, serio.
   -Amigo mío... -se yergue digno.
   -No, nada de amigo mío, no puede usar ese título después de invitarme a compartir su mesa y luego traicionarme como lo hizo.
   -¡Sahib! -el hombre se siente herido, mortificado, atacado en su honor de una manera dolorosa porque tal vez era verdad.
   -Quiso advertirme, pero no lo hizo; pretendió salvar a su sobrino de lo que sabía que ocurriría... y a él también le traicionó. Sabe lo que le pasó, ¿verdad?
   El hombre jadea, luchando entre mostrarse hostil y afectado.
   -Lo sé.
   -¿Por qué, Asim? ¿Por qué nos traicionó de esta manera? ¿Para qué montar todo este tinglado en lugar de... buscar ustedes mismos lo que necesitaban para sus fines? -el otro duda, bajando la mirada, dolido.- ¡Hable!
CONTINÚA ... 17

viernes, 2 de agosto de 2019

EL CONSOLADOR DE PLATA... 15

EL CONSOLADOR DE PLATA                         ... 14
   Los chicos del bazar...
......
   De l0 dura que la tenía le costó sacarla del pantalón, recordando de pronto que aún no se daba una ducha después de las folladas que les diera a Andy y Hasani. Esa idea, y ver ese culo peludo que se estremece en anticipación (la mirada que el militar inglés le lanza sobre un hombro, a su verga, estaba preñada de una sucia y anhelante avidez, tanto que se la hacía temblar de ganas), le impide pensar. Da los pocos pasos que le separan del otro, enfila el glande de su tranca, que al chocar de esa entrada parece provocar una reacción. El anillo de ese culo, los labios hinchados tal vez por el uso del consolador de plata o por el tolete del egipcio, parecen proyectarse como los labios de una boca real buscando un beso. Estos se abren.
   -¡Ahhh! -chilla con todo, el coronel Sheppard cuando la tranca se le mete, centímetro a centímetro; abriéndose para ella, acunándola, sintiéndola recorriéndole las muy sensibles paredes del recto, golpeándole la próstata que, desde el uso del consolador de plata, parecía más crecida, o más sensible. El roce le hace gotear bajo la pantaleta.
   Apretando los dientes, él mismo sabiendo que era una locura, Ryan le atrapa una cadera con una mano, la otra la lleva a la ardiente espada del inglés, empujándole, obligándole a doblarse más, a proyectar más trasero hacia atrás, a abrir más ese culo que machetea con fuerza, adentro y afuera, escuchándose la palmadas de piel contra piel, pero también unos plop, plop, plop de sexo lleno y rebozado de verga y semen. Casi ruge cuando ve la leche saliendo de aquel culo, rodeando y empegostando su barra blanco rojiza surcada de venas, que empuja una y otra vez. Las bolas del hombre van y vienen mientras bombea la tranca entre aquellas piernas masculinas, peludas y enfundadas en medias de seda negra. Lo coge una y otra vez, sacándole medio tolete y clavándose con fuertes embestidas, casi aplastándole las nalgas que bailotean por los azotes. La gran vena hincha esa tranca hacia abajo cuando va y viene.
   El coronel Sheppard es tan sólo un continuo lamento de lujuria, de lloriqueos mientras empuja su culo de adelante atrás, buscando güevo, sosteniendo en su puño el consolador de plata, el cual vibra y parece teñir como una campana lejana. Grita tanto que el sargento se posiciona frente a él.
   -Grita más que las putas en el bazar de El Cairo. —le insulta, tomándose la base de la gruesa verga con una mano y azotándole el rostro al odiado enemigo al que había vencido. No, destruido, porque le había convertido en esclavo del deseo más difamante para un orgulloso hombre como él: un adicto a los güevos.- ¿Quiere eso, coronel, a todos los hombres de Egipto? -se burla, alejando su tranca cuando el otro intenta atraparla con la boca.
   -Si, si, los quiero a todos. -lloriquea entre dientes, sonriendo mientras es enculado, pero frustrado cuando no le dejan mamar. Los paff, paff, paff que Ryan le provocaba eran excitantes.
   -¿Quiere servir en el burdel del bazar, coronel? ¿Ser la reina de las putas? ¿Recibir a marineros y mercantes de la zona? ¿Vivir en cuatro patas entre sedas y esperar por esas vergas para alimentar su ardiente culo, señor? -lo último lo pronuncia Musim Proyas con burla, frotándole la babeante cabeza del tolete de los labios.
   -¡Si, si, lo quiero! -grita desesperado.- Ugggg. -balbucea de placer cuando puede atraparla al fin, y teniendo un tolete en la boca y otro en el culo parece alcanzar la dicha. Su mirada casi se blanquea tipo desmayo mientras comienza un sincronizado saca y mete en sus extremos.
   -¿Te gusta la pantaleta que traje para ti, zorra? -le pregunta Proyas, y Ryan intenta despertar de la fascinación que siente, del placer increíble que era apoyar la cabeza de su güevo de ese culo que titilaba hambriento, obviamente necesitado de verga, empujándolo, abriéndole los labios, consciente de las apretadas y haladas que le daba en todo el trayecto. Tiene que pensar porque... porque Proyas decía algo que le inquietaba.- Son la prendas de una puta. Y hay muchas más en la caja de donde salieron estas. Las pedí en Marrueco, hace un mes, para usted. -y ríe cruel, atrapándole el transpirado cabello al inglés y follándole la boca casi con rabia.- Toma, toma, maricón. Maricón. No es más que un sucio maricón y el mundo entero lo sabrá, coronel. -y ríe aún más malévolo.
   Ryan le mira, y este le corresponde, complacido, ¿feliz por la mamada, por estar controlando, humillando y degradando a la condición de esclavo de sus deseos a su enemigo? ¿O se complacía al mostrarse tan listo? Y aunque sigue embistiendo el culo de aquel tipo, que apretaba sabroso, que se lo quemaba con el calor de unas entrañas que parecían ventosas, un estremecimiento le recorre de pies a cabeza. Premeditación.
   Si el hombre hizo el pedido de aquellas cosas un mes antes, para el coronel, es que sabía que esto ocurriría. Que unos extranjeros llegarían con su avidez de cosas de valor del pasado y sacarían de las arenas aquel artefacto que... nadie debía tocar so peligro de caer bajo su sortilegio. La revelación le deja helado por un segundo, quieto, y es el coronel, quien después de jadear con disgusto de chiquillo, comienza un refregar salvaje del trasero contra su pelvis, buscando su tranca, enculándose él mismo de adelante atrás con movimientos poderosos.
   Santo Dios, ese hombre sabía lo que encontrarían y le había dejado llegar para obtenerlo. Para que él, el idiota americano ignorante del pasado, que desdeñaba la magia y costumbres de otras culturas, sacara a la luz ese objeto. Y el panorama iba agrandándose, ¿era eso todo lo que pretendía el osado egipcio? ¿Dominar al coronel que le daba órdenes en su propia tierra? ¿Eran tan sólo este oficial y sus hombres, esos que oye gemir de gusto mientras son enculados por los hombres de Egipto, sus únicos objetivos?
   -Ahora. -gruñe Proyas, mirando al americano con una sonrisa ladina.
   Jadeando nuevamente con exasperación, el coronel deja de mamarle el tolete, dejándolo brillante de saliva, una que escurre por el tronco y que cae como espeso río desde su punta, seguramente con líquidos pre eyaculares que el inglés deseaba sorber. Pero este se vuelve, mira al americano y le arroja el consolador de plata al rostro.
   -Pero, ¿qué diablos...? -ruge Ryan Huston, moviéndose por reflejos.- ¡NO!
   ¡Tomando el objeto en pleno vuelo! ¡Con la mano!
   Se estremece poderosamente y casi teme que el corazón esté fallándole en el pecho de lo mucho que le duele por el subidón de impresión. Lo toca, lo siente vibrar contra su palma mientras ve y oye reír al desagradable sargento Musim Proyas, quien ahora se le revela como un sujeto sumamente peligroso. Porque ahora sabe lo que pretende. Y todo eso lo piensa mientras, alarmado y casi en automático, le arroja a este el consolador.
   Tomado igualmente por sorpresa, el militar egipcio ladra, dando dos pasos atrás, atrapándolo en el acto, por reflejo, gritando igual que el americano, pero tropezando y cayendo atrás. Cae de espaldas, mirando con ojos de terror el falo de plata en su mano... Aunque no siente mayormente nada como no sea miedo por su propio destino. El convertirse en un puto esclavo de las vergas de otros... Pero no, no desea eso. Quiere culo. Boquea confuso, mirando como el americano pega la carrera hacia la entrada, metiéndose la tranca dentro de las ropas. ¡Escapando!
   Va a levantarse y a seguirle (mierda, el consolador de plata parecía afectar sólo una vez, entiende comprendiendo de pasada que algo más debía ocurrirle a él, para que no le afectara en sentido contrario), abre la boca para gritar que no dejen escapar a ese hombre, pero con una risa estúpida, viciosa y putona, a la par que juguetona, el coronel Sheppard llega a su lado, montándosele a hojarasca sobre las cadera y bajando, aún dentro de la pantaletica que cubre la parte frontal de su cuerpo, aunque hace poco por disimular el muy erecto tolete. Va a gritarle que se aparte o le... cuando ese culo hace contacto con la punta de su verga, estremeciéndole. Cuando el inglés comienza a bajar, metiéndoselo a sí mismo, centímetro a centímetro, esos labios anales abrazándole y apretándole duro, pierde toda voluntad de luchar. Es un recio hombre de una naturaleza sensual y ardiente, con las pelotas llenas de testosteronas, por eso sucumbe fácilmente a la lujuria, y ese culo, cuyos pelos van metiéndose igual que el tolete, era más de lo que podía soportar.
   Debía detener al americano, impedirle dar la voz de alerta. Debía...
   -¡Ahhh...! -ruge entre dientes cuando el otro hombre, arrodillándose en el piso, sobre él, se siente sobre su pelvis, su tranca casi totalmente metida en ese agujero vicioso y caliente, que apretaba y chupaba, que sufría tirones y calambres.
   Sheppard jadea con la espalda erguida, muy tenso, recorrido por tales oleadas de placer al estar empalado sobre el tieso güevo del otro hombre, que parece casi en un trance religioso. Se ve con una túnica clara como única vestimenta, descalzo, recién duchado, riendo como tonto con otros como él, todos entrando en un gran templo de cielo abierto a la noche; sobre un pedestal descansa el reluciente consolador de plata bañado por la luz de la luna, y tras él una figura oscura, una silueta sin contornos definidos, que parece de mujer, que mira y sonríe mientras hombres altos, recios, poderosos y llenos de lujuria caen sobre ellos, alzándoles en peso, reclamándoles para ser tomados, llenados de vergas, cabalgados por dos, tres, cuatro de ellos a un tiempo...
   No sabiendo si le siguen, Ryan Huston camina a paso veloz hacia su jeep, decidido a escapar. Vuelve la mirada, Proyas no ha salido, ¿le habría afectado el consolador? No lo cree; si no funcionó con él...
   -Un momento, sahib. -una brusca voz al frente le detiene.
CONTINÚA ... 16

martes, 23 de julio de 2019

EL CONSOLADOR DE PLATA... 14

EL CONSOLADOR DE PLATA                         ... 13
   Los chicos del bazar...
......
   -¡HOUSTON! -chilla Jean Luc, pero no le escucha.
   El chico rubio parecía muy mortificado por todo aquello, y lo entiende. Aunque... ¿en serio lo hace? ¿Le molestaría ver tanto relajo en homosexuales, como una ofensa a su condición? ¿Le disgustaba no participar de ese “frenesí”? ¿O realmente pasó algo con el chico nubio que tanto le gusta?
   No tiene tiempo para pensar en ello cuando sube a uno de los rústicos y lo enciende, volviendo la clara mirada al campamento. Tragando en seco. Al joven oficial al que follaban sobre la capota del jeep lo alzan en peso mientras este ríe, rodeado de tres sujetos cuyas vergas gotean y se bambolean, y le depositan sobre otra manta, colocándole prácticamente en fila junto a Andy y Hasani, el primero de los cuales sigue siendo follado a dúo aunque ahora por otros dos tipos. De su agujero, todavía le toca ver, con un estremecimiento de lujuria, como mana gran cantidad de esperma mojando esos nuevos toletes hinchados. Joder, ¡cómo desea sacárselo y meterlo también!
   Apretando los dientes casi con rabia, costándole realmente apartarse de la idea de participar en la orgía, de darle también güevo a esos tres muchachos, parte en el rústico. Jadeando como si se asfixiara. Le cuesta, le cuesta mucho hacerlo, desea volverse. Joder, tiene que regresar y... Nuevamente aprieta los dientes y lanzan un grito de frustración. No, no se dejaría vencer por ninguna magia antigua. Y no sabe si eso tiene algún efecto, pero se siente mejor. O tal vez fuera el ir dejando muy atrás el campamento improvisado no muy lejos de las ruinas de una ciudad que había desaparecido cuando sus hombre entraron el el culto, adoración... y maldición del consolador de plata.
   Con gestos bruscos cambia las velocidades y el vehículo traquetea sobre las arenas. Pensando con más claridad. Sabía lo que aquel hombre, el sargento Musim Proyas pensaba hacer. No resultaba difícil, a decir verdad. Era muy fácil imaginarle alarmado cuando sus hombres le comentaran lo que habían encontrado en el campamento del buscador de reliquias, comprendiendo el elemento mágico al ver los comportamientos aún de sus hombres, todos caídos bajo una especie de sortilegio. Debió deducir qué había ocurrido, mediante qué objeto, y ahora pensaba usarlo. En sus enemigos. En el coronel inglés que manejaba la fuerza armada en su país. Un ser realmente detestable.
   Eso lo entendía, pero no podía dejar que pasara. Había que detener todo aquello. ¿Y si esa... magia resultaba aún más peligrosa de lo imaginado? ¿Y sí sus efectos se esparcían como una enfermedad contagiando a todos, terminando con portadores y transmisores de algo que no tuviera vuelta atrás? Traga en seco. ¿Habría alguna manera de... revertir lo ocurrido a Andy y Hasani? ¿Y él? ¿Esa ganas que sentía de volver a...? Aprieta los dientes con más rabia, cerrando los largos y fuertes dedos sobre el volante, volando prácticamente sobre las dunas. Encontrando el fuerte militar. Cercado, vigilado en la entrada por dos enormes egipcios. No había una guardia inglesas. Ningún inglés u otro representante de sus colonias. Nada de galces, escoceses o... Ningún hombre blanco.
   Se detiene frente a ellos, sujetos grandes, de fieros bigotes, que intercambian una mirada. ¿Cómo se abriría paso si...?
   -Necesito ver al sargento Proyas. -pide casi deferente. Estos sonríen.
   -Adelante, sahib. -dice uno, usando un tono untuosos en el título.
   Era una trampa. Lo sabe. Todo su ser lo gritaba. Pero debía intentar... Entra y el corazón le late con fuerza. Las voces salen de barracas de puertas abiertas, pero no hay nadie en el patio. Nadie de guardia. Ningún inglés. Y mientras baja del vehículo, a través de las puertas abierta escucha los gemidos.
   -¿Te gusta, sahib?, ¿te gusta una buena verga morena enterrada en tu blanco culo? -oye una voz recia, burlona, que gozaba. Como gozara él mismo la noche anterior.
   -Oh, si, si, fóllame, fóllame... -el grito llega en otro idioma, casi desesperado, de gozo sin límites. Tanto que le estremece.
   Nuevamente debe luchar contra el desesperado deseo de quedarse allí, de ir a una de esas barracas donde se oyen dos o tres gruñidos iguales, de, seguramente, otras tanta parejas. Imagina hileras de camastros donde los ingleses son enculados por sus subordinados hasta esa mañana, quienes reirían con poder mientras los ensartaban y estremecían golpeándoles con sus vergas. Le cuesta alejarse. A paso vivo va hacia la barraca principal, tocándole ver sobre la capota de un jeep al recio y enorme pelirrojo escocés, chofer del coronel Sheppard, riendo cuan puta feliz mientras dos hombres se turnan, sonrientes, apartándose a intervalos, para darle por el culo, al tiempo que él se sostiene las piernas con las manos bajo las rodillas, abierto para ellos, boca arriba. Gozando con cada sacada y metida de los dos jóvenes y fornidos egipcios. Estos notan su cercanía y le lanzan una mirada chocante, casi agresiva, pero le dejan continuar.
   -Vamos, Sheppard, baila para mí; gánate esta verga que tanto deseas. -le cuesta reconocer en el festivo y cruel tono jocoso la voz del recio sargento Proyas. Y en cuanto entra en la barraca se queda boquiabierto, impactado. Parpadea con rapidez preguntándose si el sol no le había deslumbrado más de la cuenta.
   El recio hombre está sentadote tras el escritorio del oficial inglés, con las botas montadas sobre el escritorio, mostrando en su cara una gran sonrisa de crueldad, de malicia y odio gozoso, y una impresionante erección casi amoratada saliendo de su bragueta, una que se ve brillante, como si mucha saliva hubiera corrido sobre ella... o la hubiera metido repetidamente en algún pequeño orificio lleno de esperma. Tan complacido está en lo que ve que no repara en el americano, quien con la boca muy abierta no puede apartar los ojos de lo que mira el oficial egipcio.
   El coronel Conrad Sheppard, atildado, necio y creído el día anterior, estaba allí de pie, mirándole la verga al egipcio, todo sonriente, inquieto y anhelante, llevando un atuendo que... El oficial usa unas medias negras de seda, con ligueros, y una pantaleta blanca de fantasía, de furcia de burdeles, así como unos extraños zapatos de tacón alto, en los cuales no parece poder conservar el equilibrio. Se veía excitado, su tranca deformaba la sedosa y escandalosa tela mientras baila mirando el ansiado falo.
   -Vamos, coronel, quiere esta verga, gánesela... -se burla Musim, acariciándose la tranca como mostrándosela, pero también recorriéndole con la vista.
   Mierda, el hombre, realmente había usado el objeto maldito para su beneficio, para controlar y humillar al hombre que le controlaba y humillaba en su propio país. Pero, él sabe un poquito más. Si, el coronel Sheppard estaba controlado, pero si Proyas no tenía cuidado también quedaría bajo el poder de esa cosa. Lo nota por lo mucho que le palpita el tolete a la vista del oficial inglés, cuando este, sonriéndole mórbido, los brazos alzados a los lados de su cuerpo, le da la espalda e inicia un baile de caderas al estilo de las odaliscas orientales, la suave pantaleta metida entre sus nalgas... y la base del consolador de plata destacaba allí. Tal vez era eso lo que hacía que el oficial lanzara esos gemidos, se estremeciera y apretara sus nalgas mientras baila. Con la boca seca el americano mira el juego de seducción entre esos dos; si, uno quería güevo, ser una puta rodeada de ellos, pero el otro deseaba meterselo, dárselo. Lo sabe porque a él mismo le palpita con urgencia. Dios, ¿qué había hecho buscando esa cosa, qué mal había desatado? ¿Qué había hecho el oficial egipcio usándolo en su vendeta?
   Pero no puede pensar más, no cuando el egipcio se pone de pie y va hacia el otro, quien jadea y tensa la espalda, mirándole sobre un hombro, la tranca del egipcio toda tiesa, y empujándole por la espalda le obliga a doblarse contra un mesón, mostrando más de aquel trasero, uno que hace tragar en seco a Ryan. Ver las recias manos velludas del egipcio tomar la pantaleta por el borde superior, halándola, esta rasgándose y mostrando esas nalgas palidas y velludas, con la base del consolador de plata entre ellas, le hace babear. Les hace tragar a los dos. Lo sabe, también Proyas parece mórbidamente fascinado.
   -Sácatelo, puta. -el tono está cargado de odio, de desprecio, pero también de una oscura lujuria.
   Y Ryan se estremece escuchando el gemido de gozo del coronel ante el tono y el trato, también al verle llevar una mano trémula, de adorador, a la base del juguete y comenzar a sacarlo, lo que hace que sus piernas bajo las negras medias de seda se tensen y sus nalgas se contraigan. Lo saca centímetro a centímetro, pero en un momento dado se lo mete de nuevo, alzando el rostro. La risa de Proyas es oscura.
   -Vamos, puta, deja eso. Sácatelo.
   Y le obedece, jadeando al tenerlo afuera, mirándole con adoración, esperando que lo encule. Pero Proyas se vuelve hacia la entrada y Ryan se tensa.
   -Ven, americano, ¿o no quieres un poco de esto? -le pregunta atrapándole las nalgas al otro, halándolas, separándola y mostrando ese agujero que titila y que brilla de leche ya derramada.
   Es una trampa, aquella mierda era una trampa, se dice Ryan, sacándose con esfuerzo la tiesa pieza de carne de su pantalón y caminando ya hacia ese culo anhelante. Y Musim Proyas sonríe de manera diabólica. ¡Ya le tenía!
CONTINÚA ... 15

domingo, 14 de julio de 2019

EL CONSOLADOR DE PLATA... 13

EL CONSOLADOR DE PLATA                         ... 12
   Los chicos del bazar...
......
   -¿Qué...? -de entrada le cuesta procesar todo aquello, comprenderlo, y sentado sobre la arena tan sólo mira al chico rubio algo despeinado y alarmado, semi inclinado sobre él.
   -Que su asistente y el chico egipcio salieron de aquí, desnudos, meneando los traseros de manera procaz, y les exigieron a todos los hombres en el campamento que les dieran duro por sus culos. -Jean Luc puntualiza algo exasperado.
   Con todo y escucharlo, comprenderlo finalmente, a Ryan le cuesta encontrar qué responder. Si todavía intentaba entender lo ocurrido la noche anterior, el cambio sexual de los muchachos... y su propia lujuria. Es que, aún medio recordar todo, a pesar de cierta vergüenza y rabia, también le provoca calor en la piel. Todavía mira al joven, moviendo los labios sin emitir sonidos. Pasea la mirada y… Parpadea y vuelve a pasarla por todo el lugar, sintiendo un frío horrible en las entrañas. ¿Y la pieza maldita, el consolador de plata?
   -¡Houston! -el bramido del chico le regresa al presente, a este.- Debe... hacer algo. Los chicos subieron buscando sexo... y lo consiguieron.
   -¿Qué? -croa.
   -Tiene que subir y verlo para creerlo. -jadea este, alzando las manos como si quisiera abarcar el mundo.- Y la patrulla egipcia enviada por el sargento ese...
   -Por Dios, ¿llegaron?
   -Hace rato. De hecho andaba preocupado porque pensé que bajaríamos al templo antes de que llegaran... pero usted no apareció para convocarnos. Por cierto, ¿qué hacía aquí, como desmayado, en ropa interior y con su miembro afuera?
   -No es de tú incumbencia. -jadea feroz y cortante, rojo de cara. El rodar de los ojos del otro le irrita, pero entiende que ya no puede impresionarle. No cuando le viera dormido con la verga afuera, o desmayado.- Cuando... Cuando salieron Andy y Hasani ¿no notaste si llevaban algo en las manos? -el corazón se le cae a los pies, y de ahí a la arena, cuando el rubio enrojece.
   -Sí, y parecían amar esa cosa. Asim me la arrojó, era tan extraño. -se ve confuso y Ryan se tensa cuando ya se ponía de pie.
   -¿No te... afectó?
   -¿Afectar, cómo? -parece confuso, luego molesto.- Oiga, no imaginarás que ando fijándome en cada pieza que...
   -No, no es por eso. -vaya, a Jean Luc pareció no inducirle al frenesí sexual. Si es que fue el aparato ese el causante de todo, se dice mientras se viste a toda prisa, ahora si consiente de cierta mirada curiosa y de interés del muchacho. Pero, como estaban las cosas, ya no podía decirle nada.
   -La patrulla llamó al sargento ese. El de ayer. -informa Jean Luc, de pasada.
   El americano lanza un profundo gemido, ¿qué otra cosa podía salir mal?
......
   Sube a toda prisa, seguido por Jean Luc, el cielo casi le cegó al salir del templo bordeando la pequeña loma de arena de la entrada. Joder, parecían las nueve o diez de la mañana. ¿Cómo pudo dormir tanto? Bien, esos dos le habían agotado. Literalmente. Acercándose al lugar donde reposan las carpas, y un jeep que no es del grupo, que imagina de la patrulla egipcia, escucha los gruñidos y gemidos. Erizándose. Un alarmado Tarik sale a su encuentro.
   -Sahib, han enloquecido. -exclama, casi morado.- Quisieron... quisieron...
   -Montársele en el regazo. -interviene Jean Luc, como mortificado, torciéndole los ojos al chico nubio, el cual parece entristecerse. Aparentemente algún tipo de discusión había ocurrido entre ellos.
   Pero Ryan no tiene tiempo para eso. Corre hacia el interior del círculo alrededor de la fogata extinta que forman las carpas y los rústicos detenidos. Frenando en seco.
   Eso está lleno de hombres de piel cobriza y fieros cabellos negros, de barbas y bigotes, trabajadores y uniformados, en diferentes grados de desnudez, acariciando eso sí, todos ellos, sus voluminosos toletes tiesos que gotean de ansiedad, unos con pantalones, otros con camisas y los culos afueras, en botas militares o sandalias. Todos rodeando una toalla tendida en la arena y una enorme cava para alimentos. Sobre la manta, en cuatro patas, Hasani Asim ronronea y ríe a pesar de tener la boca ocupada por dos gruesas trancas, de dos carajos que cadera con cadera, hombro con hombro, luchan por enterrarles sus güevos tiesos en la golosa cavidad que se abre e intenta atraparlos. A pesar de la temprana hora (no tan temprana la verdad sea dicha le recuerda una voz al americano), el chico brilla con una fina capa de humedad que descubre no es toda sudor. Son líquidos preseminales que han goteado sobre él, de los tipos que se soban casi sobre él, así como corridas de esperma.
   Mientras su boca va de una tranca a la otra, pegando los labios y chupando, salivando de ganas, su culo es macheteado una y otra vez, duro, por uno de los uniformados que seguramente enviara el sargento Musim Proyas, de fiero bigote, rostro cuadrado, cuarentón, quien saca y mete la verga de aquel culo que lo traga con unos escandalosos plop plop, impresionantes, mientras gotea esperma de previas enculadas. Y ese hombre, mientras lo folla, rodeándóle la delgada cintura con sus manos grandes, echa la cabeza hacia atrás, el sombrero no cayéndosele, y se ve que goza, que ese culo estaba dándole placer, uno indescriptible, y que quería más. Sus caderas velludas van y vienen con fuerza, azotando al muchacho, y cada empujada de aquella mole por el anillo del culo parecía calentarles aún más y más. Y si Hasani era un espectáculo de erotismo y cachondez, Andrew Stoner no le iba a la zaga.
   -¿Te gusta, pequeña zorra americana? -le rugía un hombresote casi negro, de culo sobre la cava, los brazos echados hacia atrás sobre la arena, mientras el chico, dándole la espalda, sonreía completamente ensartado sobre su barra.
   -Si, si, si... -chilla este, riendo de manera totalmente maricona, con cara de gozo absoluto, también completamente desnudo, sus mejillas y torso bañados de esperma, de culo sobre ese regazo peludo, medio echado para atrás, porque otro sujeto, de frente a él, metido entre las piernas de ambos, le clavaba también su tolete, otra tranca color canela clara, casi tan grande y gruesa como la del moro. Este es un cuarentón de los trabajadores que vinieron con la expedición, el cual le tenía atrapadas las rodillas para sostenerle allí, mientra ellos dos mecían sus caderas, metiéndole sus güevos, rozándole, llenándole, dilatándole al máximo con sus duras, nervudas y ardientes piezas masculinas que frotaban una de la otra.
   Y mientras lo cogen a dúo, sincronizados, los dos toletes empujándosele hondo, casi alzándole en peso, Andy chilla tanto que alguien, seguramente molesto de tanta putez, se coloca al lado del trío y atrapándole la suave, húmeda y brillante cabellera le guía hacia su tranca, que traga con gula, saboreándola con unos “hummm”, que los erizan todavía más.
   Esos dos culos palpitan llenos de toletes, de hombres, de duras virilidades, pero parecen querer más. Parecen capaces de secar todas las bolas del mundo, de convertir a cada hombre en adicto a sus agujeros como ellos eran esclavos del apetito despertado por el sagrado consolador de plata, fundido en las llamas de Eitione, diosa del pueblo olvidado que todos llamaban Sherai. Fuego que era el aliento de la  deidad maligna y traviesa que perdía a los hombres.
   Pero no es todo, todavía fascinado, sintiendo su verga dura, palpitando, deseando sacarla y enterrarla en una de esas bocas, mejor, en uno de esos culos sedosos rodeado de pelos, sacándoles todas esas leches mezcladas de hombres apasionados, Ryan repara en la capota de otro jeep, donde un joven y fornido guardia de Proyas, de espaldas, desnudo de la cintura para abajo, era enculado por un cincuentón, uno de los empleados. El cual le daba tan fuerte que el mismo jeep parecía mecerse mientras el joven y fornido uniformado chillaba largamente... y otros dos hombres esperaban turnos.
   -¿Que...? ¿Qué le ocurrió a ese? -le pregunta a Jean Luc, quien parece mortificado por todo lo que ve.
   -No lo sé...
   -Vino con los otros soldados, sahib. -aclara Tarik.- Fue quien le quitó esa cosa de plata de las manos a sahib Stoner. Dándosela al sargento Proyas. -Ryan siente un frío de temor.
   -¿Lo tomó? ¿El sargento lo agarró? -joder, a estas horas el recio egipcio...
   -No, sahib, ordenó lo dejaran en el asiento de su jeep. Y ahí se lo llevó... creo que al fuerte de los ingleses. Hace unos diez minutos.
   Ryan, por un segundo no entiende, luego la terrible verdad se abre paso en su mente.
   -¡Ese maldito hijo de puta! -ruge con alarma y temor, corriendo hacia uno de los rústicos. ¡Tenía que detenerle!
CONTINÚA ... 14