viernes, 4 de octubre de 2019

EL PEPAZO... 8

EL PEPAZO                         ... 7
   Pero bueno, ¿y qué pasó?
... 

   Y a Jacinto el culo le ovula. Parpadea porque no entiende esa reacción, como no entendía últimamente muchas cosas (como no fuera por la vaina esa, la pepita del carajo que sentía moverse en su recto), pero allí estaba, sentía el picor, el calor, el titilar de su entrada anal nada más al ver a ese sujeto. Es un tipo cuarentón, tal vez en los cincuenta, delgado, fibroso, rostro estrecho, severo, cabello negro, algo cano, ojos oscuros, boca dura, rodeada por una perilla de bigote y barba, líneas marcadas, hombros firmes, un tatuaje viéndose a un lado de su cuello, manos de dedos largos y fuertes… vistiendo una bata de casa, de esas mariqueras según la cual los hombres se colocan en un hotel cuando reciben al botones que trae la champaña mientras la hembra espera en la cama. Nunca imaginó que alguien las usara en realidad. Y esta, vino tinto, era manga corta… y corta debajo, llegaba a los muslos, dejando ver unos brazos recios y velludos y unas buenas piernas peludas. Los pies, grandes, van en unas de esas tonterías que los gringos llamaban pantuflas y aquí cholas algo más ornamentadas (no como las suyas para salir de la ducha). Mostraba demasiado, se veía demasiado viril, tenía un no sabía qué de masculino que…
 
   -¿Eres o no eres ese Contreras? –el hombre pregunta, voz vibrante, profunda. Masculina, joder.
 
   -Yo… eh… sí, soy Jacinto Contreras, guardaespaldas de la casa Padrón, el señor Campos… -tartamudea, rojo de mejillas, totalmente en shock, costándole reaccionar, compaginando la vista del sujeto al que esperaba llevar a un lugar, con este vestido así, y el efecto que le producía. Enrojece más, no sabe si lo imagina en medio del pánico, pero cree que tiene el hueco del culo abierto como ansiosa boca con tan sólo escucharle hablar.
 
   -Bien, bien, pase… Hubo un cambio de planes. –le informa, alarmándole, necesitaba ese trabajo para comprar el traje de mierda.
 
   Pasa a su lado, porque este no se aparta de la puerta, sino que le espera, alza una mano y se la coloca en la baja espalda, el calor atravesando las capas de ropas, y al entrar esa mano, como al descuido fue bajando… ¿Imaginó el que le medio sobaba y palpaba la nalga izquierda? Más rojo de cachetes, recorre la sala con la mirada, esa sola habitación era tan grande como todo su apartamento, incluido su puesto de estacionamiento. Hay buenos muebles, cómodos, hay clase pero también funcionalidad, imagina que la contribución de la esposa, la hermosa catira que ve sonreír desde una fotografía en un esquinero, frente a un jarrón con hermosas rosas moteadas, de color precisamente rosa y blanco. Hay dos fotos enmarcadas de niños, hembra y varón, de miradas intensas, como el padre, de sonrisa ligera como la madre. Sintiéndole a sus espaldas, Jacinto intuye que ese abogado es de los que no sonríen mucho.
 
   -Siéntate. –le dice el hombre, señalándole un sofá, y le obedece, mirándole hacia arriba cuando este se detiene a su lado. Una figura sólida y autoritaria.
 
   -Pensé… pensé que necesitaba ir a una reunión con su familia y… -se atraganta un poco bajo la casi hipnótica mirada del otro.
 
   -Era el plan, pero… -se encoge de hombros.- No sentí deseos de ir. Mi familia salió a visitar a mis suegros, eso les compensará. Consienten a rabiar a los niños. –informa pero sin sonreír, y Jacinto se pregunta, y quiere preguntarle, por qué no le llamó para cancelar en lugar de hacerle ir allí.- ¿Eres muy amigo de Alex Campos? –la pregunta, algo seca, le desconcierta.
 
   -¿Del novio de la señori…? –interrumpe el nombre por el cual le conocen en la quinta.- No, no especialmente. Me ha tocado acompañarles de tarde en tarde, generalmente de noche, y muy tarde, pero nunca hemos… -toma aire.- Ando algo falto de efectivo… -se sonroja ante lo poco cierto de la afirmación, necesita plata, mucha.- …Y me dijo que tal vez podía conseguirme una asignación fuera de la quinta. Ya sabe, doctor, una entrada extra. –aclara mirándole a los ojos, no puede apartarlos. El otro no reacciona y se muere por saber qué piensa, por qué le mira así.
 
   El chico guapo y fortachón no mentía, se dice el hombre, ceño algo fruncido. En realidad había llamado al hijo de perra de Alexis Campos para recordarle una deuda, comentándole que necesitaba un guardaespaldas para una diligencia, ofreciéndose este a conseguirle a alguien. Le aclaró que no creyera que eso cancelaba la deuda por el caso donde le representó, por drogas, pero cuando le llamó el día anterior diciéndole que le tenía a alguien que le haría olvidar la deuda, desconfió. ¿Qué sabía ese tipo? ¿A quién le enviaba? ¿Sería un cómplice buscando enredarle? Por eso envió fuera a la familia, lo que no esperaba encontrarse al abrir la puerta era ese… espléndido manjar que se moría por saborear. Ese muchachote grande y joven que parecía turbado en su presencia, lo notó al tocarle. Pocos sabían que aunque casado, muy felizmente, de tarde en tarde se daba una escapada loca, a un lugar anónimo, a encontrarse con otro tipo igual, para juntos sacarse el gusto y continuar. ¿Lo sabría el hijo de perra de Campos? Tal vez; no era bueno para trabajar, ni para nada bueno en general, pero esos tipos tenían olfato. Y, ahora, allí tenía a ese muchachote que le miraba anhelante, temiendo que se le escapara la paga del día. Un chico sexy.
 
   -Bien, me alegra que hayas podido venir, y discúlpame por no llamarte y avisarte, pero ya que estas aquí… algo podemos arreglar. –le dice mirándole fijamente, voz cadenciosa y ronca, casi maravillándose al verle tragar, ojos muy abiertos y brillantes.
 
   Jacinto casi jadea cuando ese hombre, después de decir aquello, cae a su lado en el sofá, tan cerca que casi le tiene un tanto encima, sintiendo ese cuerpo sólido, pesado y caliente, la colonia para después del afeitado, la bata separándose, apenas cubriéndole los genitales con una manga, dejando al descubierto el lado derecho de su pelvis, velluda… No llevaba ropa interior.
 
   No es que la cara de Jacinto se pusiera más roja, era que su respiración se hizo pesada a sus propios oídos mientras tenía que luchar para apartar los ojos de los muslos fornidos, peludos, de ese pedazo de pelvis no cubierta, más clara por la línea del bronceado, también velluda, sin nada más. Era sentirle tan pegado, notar su peso, su calor, el aroma a colonia, cigarrillos y otra cosa que imagina… (traga en seco), es el olor a macho.
 
   -Pensé… pensé… que saldría. –intenta volver al trabajo, sintiéndose caliente, extrañamente consciente de su piel, de sus tetillas contra la camiseta y la camisa, la verga contra la tanga, esa tira sobre su agujero, tesándose suavemente provocándole un roce extraño al menor movimiento. Tenía la entrada del culo sensible de sólo estar junto a ese carajo. Dios, ¿qué diablos…?
 
   -No, ya no. Por eso me disculpo, por no avisarte. Así que… debo ocuparme de ti. –le dice volviendo el rostro, hablándole prácticamente a la cara, bañándole un tanto con el aliento, envolviéndole con esa mirada austera, casi severa. Firme.- Cuéntame sobre ti, chico bonito.
 
   Enrojeciendo hasta la raíz del cabello, Jacinto intenta una sonrisa chula, aligerar el ambiente. Escapar de esa atmósfera que le envuelve.
 
   -¿Chico lindo?, ay, papá, eso suena… -intenta la burla, pero calla cuando el otro, sin apartar los ojos de los suyos levanta una mano y con un dedo se frota un pómulo, pensativo, produciendo movimiento, y los traidores ojos del chico bajan a ese faldón de la bata que cubre una silueta extrañamente consistente, y la más expuesta piel de esa pelvis.
 
   -¿Qué puedo decirte? –comenta el otro, ojos en los suyos, luego bajándolos, elocuentemente evaluándole.- Soy un hombre. Y uno casado. Pero puedo apreciar la… belleza de un bonito cuerpo joven. Y el tuyo lo es. Debes estar acostumbrado a que te vean con maldad, ¿verdad? Unos con envidia, otros con deseo de llevarte a sus camas y arrancarte las ropas.
 
   -¡Doctor Andrades! –jadea, con ese algo caliente en sus entrañas, sintiendo que su culo se abre y se cierra con avidez.
 
   -Cuéntame, chico bonito, quiero conocer tu historia… -insiste con voz monocorde, baja, ronca, los ojos fijos en su boca, por lo que no puede hacer otra cosa que tragar en seco.
 
   Y cuenta, que nació en Caracas, en La Pastora, el tercero de cuatro hijos, tres hembras, siendo el favorito de su mamá. Que le gustaba ejercitarse, que practicó algo de modelaje pero, enrojece “muchos maricos”, pero la verdad era que parrandeaba y era desordenado, incapaz de cumplir rutinas, fuera de estudios o dietas. Fue al cuartel, aprendió algunas cosas, no le gustaba que le mandaran y se fue. Alguien le habló de trabajar como escolta, y sonrió al contarlo, imaginando el otro la cantidad de sexo que debió tener al comenzar con las clientas, sus hijas y las amigas. No equivocándose. Que se casó, saliendo del liceo al preñar a la novia, y que por eso necesitaba el dinero del modelaje, pero no funcionó. Tiene un hijo, su ex se casó con otro, el cual parece un buen tipo. “O eso dice ella”, todavía gruñó al verse desplazado. Que tiene un apartamento chico, muchas deudas, y una vida como la de tantos, termina encogiéndose de hombros, algo ceñudo. Hasta que se metiera la vaina esa por el culo, piensa, pero esa parte no la cuenta.
 
   -No entiendo a esa mujer, tu ex, que tonta… dejar escapar a un chico guapo como tú. – comenta el otro después de un silencio, sin dejar de mirarle, viéndole enrojecer y medio reír como tonto, apurado, embarazado… y halagado. No se engaña. Y sospecha bien por qué una mujer dejaría a un muchacho así, todo pinta y pura perdida, pero no lo dirá.
 
   -Don, no comience con… -intenta llevarle al terreno del “viejo marica”, pero este hace una mueca con los labios, displicente.
 
   -Me gusta lo lindo, ya te lo dije. Y se nota que te cuidas… quítate el saco. –pide. El otro duda.- Oh, vamos, no es nada extraño, tan sólo quiero comprobar si te ves tan bien como te imagino… o te imaginaría cualquiera en la calle. –agrega sin sentir ninguna vergüenza. Este ríe más, más rojo, despegando la espalda del mueble, sin levantarse, ni apartarse, nada de eso escapa a su atención, se despoja el saco. La camisa apenas le contiene, sorprendiéndole realmente… y haciendo que su verga se movilice lentamente bajo el faldón de la bata, creciendo deslizando la tela, cosa que el otro nota, parpadeando.- Si, eres como imaginaba, todo bien constituido… -continúa, agarrándole con dedos de acero el bíceps izquierdo, apretándolo. Jacinto, respirando pesadamente, flexiona el brazo, la bola de músculos parece a punto de reventar la tela.
 
   El joven tiembla por esos ojos intensos y profundos clavados en los suyos, por la respiración pesada del otro, por los dedos que le palpan y aprietan el bíceps, con evidente admiración, cosa que le producía una cosquilla de felicidad; pero era su cercanía, su aroma masculino, su presencia… Y baja la mirada, el faldón de la bata se alza como una tienda de campaña… Una verga que respondía a su presencia. Y la idea le hace temblar.
 
   -Lo tienes hinchadito, duro… -le oye decir, voz ronca, sensual, los dedos acariciándole sobre la camisa, desde el bíceps al hombros.- Pero parece que lo tienes todo así… -agrega separando una de las manos que cae sobre su torso, sobre la camisa, los dedos encontrando aquel pezón largo que destacaba contra la tela. Y Jacinto casi contiene un jadeo, esos dos dedos apretando le alteran.- Estás tan hinchadito y duro… como yo. Mira, muchacho bonito… -y sin soltarle la tetilla, sin alejarse, aparta el faldón de la bata dejándole sin aliento.
 
   La pieza de carne cobriza, algo oscura, se levanta contra le peluda pelvis, endurece, crece, el glande se va despejado, más abajo colgaban dos bolas grandes, peludas. Esa era una verga que quería… algo. No puede apartar los ojos, en serio, aunque lo intenta. No desea que le tomen por un marica, pero… La garganta se le seca. Finalmente alza los ojos, muy abiertos, brillantes como estrellas, pómulos rojizos de vergüenza, mirando al macho que le estudia con calma.
 
   -Amigo, creo que debería… -intenta alejarse, mentalmente, porque parece como clavado a ese lugar, intensamente pegado al costado de ese hombre caliente. Su pecho sube y baja con esfuerzo. Y jadea, sin fuerzas, cuando ese carajo alza un dedo bronceado, posándolo en sus labios, silenciándole, siseándole al rostro para que calle, bañándole con su aliento.
 
   -Calma… y dime doctor… -puntualiza, y el título le hace recordar intensamente a Gabriel, el urólogo. Y sabe que tiene el culo mojado, que esa cosa caliente y oleosa le baja mientras su esfínter sufre espasmos al tiempo que lleva nuevamente la mirada a esa barra que engorda, se llena, las venas hinchándose con esa sangre caliente que parece quemar los culos cuando se mete en ellos. Ese dedo le recorre los labios.
 
   -Doctor, no creo… que… -tembloroso, aferrándose a su masculinidad, o lo que queda de ella, le suplica con la mirada que se aleje, que no lo toque, que no lo provoque porque no puede escapar. Pero no sería ese hombre un hombre de verdad si no lo entendiera… y no lo aprovechara.
 
   -Hey, no hay culpa; no hay mal en dejar salir las ganas de vez en cuando.
 
   -No soy gay. –lloriquea, casi rogándole que le creyera.
 
   -Técnicamente, yo tampoco. Me gusta mi mujer, y las mujeres; pensar en un coñito apretado bajo unas pantaleticas… -menea la cabeza, frotándole los labios, el güevo totalmente erecto, potente, latiendo, atrayendo la mirada fascinada del muchacho.- Dime, ¿te gusta la ropa interior atrevida? Dios, imaginar a un chico lindo con tu cuerpo con una tanga pequeña… Y tu boca…
 
   Presiona el dedo y separa esos labios. Jacinto tiembla más, apartando los ojos de ese tolete duro, largo, nervudo, grueso; recordando su culo, con espasmos, lo vivido cuando Gabriel le folló en su consulta médica. Se miran a los ojos, el joven fornido parpadeando, ese dedo dentro de su boca, que cierra, los labios sobre él, la lengua sale a su encuentro, reconociendo el placer en los ojos del otro, mojándosele más el culo al saber que excita de tal manera al otro macho.
 
   -No pienses tanto, sólo deja… -encoge un hombro, metiendo y sacándole el dedo de la boca.- …Que todo tome su curso. Al cuerpo lo que te pida.
 
   Ojos muy abiertos, Jacinto se dice que era fácil para el otro decirlo, aunque… tal vez habría resultado más convincente si no cerrara los labios como hacía, ahuecando las mejillas, chupando del dedo. Con la otra, el sujeto recorre, con los largos dedos bronceados, el dorso de su mano, provocándole escalofríos; dos de esos dedos se cierran sobre el índice suyo, alzándole, llevándole hacia la pulsante pieza que late contra el velludo y plano abdomen. Quiere resistirse… pero no puede. Y las puntas de sus dedos rozan la mole de carne del macho, aquella que clavaba en orificios hasta que hacía gritar a la gente bajo su sacadas y metidas… como podría serlo su culo.
 
   -Tócala… -no es rudo, pero ordena, casi rozándole los labios con los suyos.
 
Y la mano más blanca del forzudo joven se abre; palma y dedos caen sobre la mole apretándola, quemándole, estremeciéndole. ¡Estaba agarrándole el güevo a otro hombre!, y eso le provoca tales escalofríos y calorones que siente que se ahoga. Aprieta fuerte, notando la dureza, el calor, también los latidos contra su puño. Y sube y baja, lentamente, vacilante al meterse por caminos nuevos… y culebreros. Los rojizos labios le tiemblan de emoción cuando aparta los ojos de la mirada casi hipnótica del otro, para ver su mano sobre ese tolete duro. Dios, qué bien se sentía hacerle la paja a ese carajo, reconoce casi corriéndose dentro de los pantalones.
 
   -Hummm, si, así… -le ronronea el otro, voz ronca, baja, preñada de placer, como tiene que ser al ser manoseado por un carajo joven y bonito que se declaraba no gay, explayándose más, abriendo las piernas, rozándole.
 
   Jacinto, respirando pesadamente, mejillas rojo ladrillo, ojos brillantes y extraviados, sólo puede mirar ese güevo que masturba, su puño arriba y abajo, mucha mole escapando por arriba y por abajo. Era un tolete perfecto para llenar un ansioso agujero, llegando hasta la próstata, pensaba medio lelo, luchando contras las imágenes que ya dominaban su mente. La mano tras su nuca le sorprende y mira al sujeto cuando este le hala y le cubre la boca con la suya, de manera autoritaria, firme, deseando besarle y haciéndolo. Gime contra esa boca cuando la reptante lengua le penetra, tanteándole, lamiéndole. Era la segunda vez que besaba a un carajo y tiene que reconocer que sentir esa lengua contra la suya, el cómo intenta atrapársela y halársela, le tienen temblando, babeando contra sus ropas. Son besos chupados, salivosos, casi obscenos, y a Jacinto le parece que no puede obtener suficiente, mientras siente cómo la mano se le moja por los jugos que escapan de aquella verga caliente. Es cuando siente la presión… Las boca se separan, los labios están entreabiertos, los de ambos, rojos y húmedos, mientras el abogado le empuja y empuja.
 
   -¿Qué… qué hace? –jadea, cohibido.
 
   -Tómalo… aliméntate de él. –le dice, empujándole, obligándole a doblar el cuerpo, dirigiéndole implacablemente contra la mole atrapada en su mano. ¡Quería que le mamara el güevo!
 
   -No, doctor, yo no… -todavía jadea el joven, torturado entre dos sensaciones. Es un machito, carajo, y está bien, lo habían cogido, ¿pero mamar un güevo? Y sin embargo, aferrándolo todavía con el puño, y mientras más le acerca, lenta e inexorablemente, este llenándole con su calor y aroma, más ganas tenía de… ¡Era culpa de su culo! Le latía de forma extraña, y estaba seguro de que si se metiera un dedo, el esfínter se le cerraría con fuerza alrededor de él, como las paredes de su recto, halándoselo. Esa sensación le provocaba un reflejo gemelo, quería…
 
   -Te vas a gustar. Una bonita boca como la tuya debe verse aún más increíble abriéndose, tragándose y rodeando con las mejillas un falo masculino, uno como el mío, grueso, nervudo, caliente. Que está así desde que te vi, muchacho cachondo. Eres todo un calienta braguetas, compadezco a los hombres que deban trabajar contigo, anhelando, soñando a lo mejor sin saberlo en tomarte a la fuerza, llevarte a una cama y amarte hasta quedar saciados. –le dice con voz ronca, cargada de una sensualidad que erizaba totalmente al joven fornido, quien está a centímetros del glande liso, rojizo y húmedo que descansa en el velludo abdomen.- Vamos, pruébalo…
 
   Todavía resistiéndose, más por orgullo, por la necesidad de aferrarse a su masculinidad, Jacinto sigue acercándose, jadeando, bañándolo con su aliento, viéndolo pulsar al recibirlo. El olor era… Los rojizos y lisos labios pegan del glande y el otro lanza un jadeo contenido, expectante, de quien sabe que va a gozar bastante. Al fortachón, ese roce le electriza. Quería sólo tocar e intentar alejarse, pero escucharle, verle estremecerse, saber que era por él, así como los espasmos violentos que sufría su culo en esos momentos, le obliga a seguir, a recorrer cada pedazo de la lisa cabeza con sus labios, entreabriéndolos, bañándolo de aliento, llenándose con esos jugos espesos, medio escupiendo un poco, de manera automática, regando la saliva.
 
   -Oh, Dios, muchacho, trágatelo ya. –casi implora, y ordena, el abogado.
 
   Los labios sea abren y cierran, sobre la tersa piel de la cabeza del tolete, y ambos se estremecen visiblemente. Esos labios se abren más, atrapando pedazos del glande, presionándolo, chupándolo. Es el gran error que comete Jacinto, porque el espeso líquido, mezclado con su saliva, llega a su lengua, activándole cada papila gustativa. Abre muchos los ojos, de sorpresa, al sentir la fiesta de sabores que hay en su boca. Ya no piensa, la abre más, y con la punta de la lengua recorren lentamente el rugoso cuello y la cabeza, recogiendo todo lo que hay, lanzando un gemido nada masculino al paladear y tragar, y lo hace mientras el abogado le mira, respiración agitada, sonriendo y acariciándole la cabeza con los dedos que tiene entre sus cabellos.
 
   -Vamos, bebé grandote, trágate tu tetero de güevo. Se ve que te gusta el sabor.
 
   No sabe si es por esas palabras que le erizan, o por el sabor sobre su lengua, o por lo… sucio y prohibido que era todo aquello (¡sí me viera mi papá!, no podía dejar de pensar), Jacinto no duda más, separa las mandíbulas y cubre un buen pedazo de verga, que le roza y golpea la lengua, la cual sale disparada a lamerla, recorrerla, acariciarla, haciendo gemir al abogado. Era difícil, nunca lo había hecho, tenía el güevo de ese carajo en su boca, eso no debía estarlo haciendo y… Baja otro poco, dejando salir un escandaloso “aggg”, cubriendo más de la mitad, apretándolo con sus labios, mejillas y lengua, mientras succiona, maravillándose de notar cómo endurece todavía más (como si la boca de un tío fuera su lugar), pulsando, caliente, goteando jugos, unos que traga con nada masculina ansiedad. La mano tras su nuca quiere que baje totalmente (como le gusta a todo hombre que se lo mamen), pero le cuesta, tose, boquea, la frente se le arruga, la cara se le pone roja, pero sigue sorbiendo. Cuando la mano aligera la presión, el forzudo muchacho sube, apretando, chupando, dejándolo brillante de saliva. Y hacerlo, la sensación, así como los jugos (y los olores del macho), le obligan a bajar otra vez. Ahora sube y baja, la mano del carajo soltándole.
 
   El joven cierra los ojos y se pierde en lo que siente y quiere, bajar y subir la boca, recorriendo con los labios y la lengua el nervudo tronco donde las venas laten de emoción mientras el carajo jadea y gime, explayándose más, cabeza hacia atrás, piernas muy abiertas. Jacinto no sabría explicarlo, pero al meterse ese tolete en la boca, cubriendo más y más, sentía que su culo era igualmente estimulado, de una manera que le tenía frenético y casi a punto de bailotear, así que va y viene sin detenerse, mamando un güevo como se debía, dejando escapar unos gemidos nada varoniles, y mucha saliva espesa. El carajo vuelve a atraparle la nuca, suavemente, y comienza a subir y bajar sus caderas, ¡cogiéndole la boca!
 
   -Oh, sí, chupa, chúpala como el becerrito que eres. –le ruge ronco, mirada turbia, caliente.- Si, cúbrela toda, lame cada vena. –le urgía, embistiéndole la boca con fuerza, llevándosela hasta la garganta, dejándole empalado, los labios sobre el pubis, ahogándole.- ¡No! –ruge de pronto, alejándole. Casi tuvo que empujarle por la frente para que Jacinto dejara de mamarle el güevo. Este se ve confuso.
 
   -¿Qué… qué pasa? –se ve avergonzado, y frustrado, su culo parecía a punto de estallar en llamas.
 
   -Vaya que te gustó tener el güevo de un hombre en la boca, ¿eh? ¿Seguro que no lo habías hecho antes? Fue intensa. Todo hombre sueña con mamadas así. –se burla un poco de su aire ofendido ahora.
 
   -¡Claro que no! –es tajante, la respiración pesada.- ¿Por qué me…? –no puede terminar.
 
   -¿Por qué no te dejé sacarme la leche con tus buenas mamadas? Porque quiero que el primer lechazo que salga de mí lo sientas en tu apretado culito. –le dice tan pancho, mirándole a los ojos, acercando el rostro, casi besándole, preguntándose por primera vez en su vida a qué sabrían sus propios jugos.- Vamos, quítate ese traje para mí y muéstrame ese culo que se adivina de infarto.
 
CONTINÚA ... 9

jueves, 3 de octubre de 2019

EXPERIENCIA REVELADORA

COMUNICACION

   No había que pensar mal de dos jóvenes y guapos amigos que han compartido mil aventuras, uno de ellos casado el otro con novia estable, si salen a buscar algo nuevo... Tal vez una aventurilla loca con un hombre. Tan sólo por curiosidad; una común a  los dos como han descubierto en confesiones de borracheras a las dos de la madrugada. Algo como ver porno y hacerse las pajas, cada cual tocando la suya, pero viendo la otra. ¿Qué había de malo en eso, verdad? Así que fueron a ese bar, siendo reconocidos en seguida por el guapo cantinero. “¿Curiosos por el sexo gay? Si, lo he visto antes. Esperen a Superverga, él les ayudará. Le decimos así de cariño”, les aconsejó sonriendo malévolo, pensando que, otro día, después de esa noche, seguro le metería lengua a esos dos ricos manjares esperando cuajar, también la verga. Llega el tipo que los mira evaluador, dominante, y hay risillas nerviosas. Una cosa era hablar de probar, pero otra...
   El hombre, al igual que el cantinero, los cataloga en la justa medida: Jóvenes y guapos mariconcitos que no se habían atrevido a dar el paso. De sus manos, y verga, que parecía increíble, terminan gritando, gimiendo, babeando, pellizcando; uno nadando en la boca del pana, sus lenguas adheridas, como ardientes lesbianas; cada uno saboreando del tolete del otro. El Supertío trabaja sus tetillas haciéndoles ver que lo que tienen son sensibles tetas que quieren atenciones; que sus culos, bien dilatados, son perfectos coños amantes de güevos. Así les dice mientras los folla e insta a usar esos juguetes tan gruesos. Sonriente los ve perder totalmente la cabeza; estos se dejan llevar por lo que sienten sin saber que han despertado dentro de sus cuerpos unas urgencias nuevas para la cual necesitarán siempre de vergas para calmar. Piernas al aire, culos expuestos, temblorosos, calientes, mojados... así vivirían ahora siempre anhelando machos. 

JUEGOS DE CAMA

EL EXAMEN MEDICO DEL SEÑOR JONES... 5

...EL SEÑOR JONES                         ... 4
            
   Hay papis que...
...

   Pero en verdad no puede hacer nada para detenerle, mientras medio mece su cuerpo de adelante atrás, nuevamente sobre manos y rodillas, sobre esa camilla. Sabe que lo hace tanto para cubrir y retirarse de esa verga, dándole chupadas, haladas y apretones que gustaban al fornido hombre joven pero que a él sencillamente le enloquecían (joder, una verga en la boca, ¡al fin!), como el que también lo hace para sentir el peso de ese brazo sobre su cuerpo, pero especialmente de esos dedos, dos, que lubrican la entrada de su culo nuevamente. Le escucha respirar pesadamente, ronronear ronco, meciendo sus caderas cogiéndole la boca, sabiendo que lo disfruta y su propio placer parece dispararse todavía más: Le encantaba mamar güevo, por Dios, pero esto parecía intensificarse al saber que el otro lo estaba gozando.

   Nunca antes había hecho nada con un hombre fuera de aquellas pajas que le diera a su compañero de cuarto en la universidad (y a sus amigos, aquella noche, todos riendo, llamándole maricón, que se notaba que amaba tener tres buenas pollas para él, cada uno poniéndose de pie con urgencia en su momento, corriéndose entre gritos, alcanzándole el joven rostro de empollón con sus abundantes cargas de semen hirviente, espeso y oloroso), pero ahora estaba desatado. Le encantaba el cómo se sentía la textura suave de esa verga contra sus labios, sentirla deslizándose sobre su lengua, que se agitaba hambrienta, cerrando las mejillas alrededor de ella y notando cada pulsante vena llena de sangre y ganas jóvenes, soltando esos jugos que le parecían el más rico licor...

   No sabe que sonríe como ido a pesar de la tranca que se hunde y emerge de sus labios, que mana de ellos un poco de saliva espesa bañándole la barbilla, que tiene en los ojos, tras los lentes que no caen, una expresión casi ida. Hay un gesto como de quien está probando un delicioso helado de chocolate por primera vez, con ronroneos y todo mientras va y viene chapaleando con los algo resecos labios sobre la dura barra de joder. El hombre joven si lo nota, y sonríe, porque hay dos cosas que entiende del tipo...

   Que necesitaba de eso, de una buena polla, desde hace muchos años... y que de cierta manera le gustaba ser controlado. Que un hombre le dijera qué hacer para luego desatarse como la más ávida, hambrienta y puta de las putas. Lo nota por la manera en la cual ahueca la garganta para tragar todo su tolete y resollarle en los muy recortados pelos púbicos. Todo eso era iniciativa. Hambre de güevo, si, pero también sus propias ganas de conseguirlo.

   Y si, ladeando una y otra vez el rostro, tomándolo desde distintos ángulos, Gregory Jones chupa aquella verga, la primera. Algo que debió hacer hace muchos años. Y sus ojos parecen irse a un lugar lejano tras los anteojos mientras sigue alimentándose de virilidad. Contempla su vida como un joven educado, apuesto, aseado, de suéteres y anteojos, dedicado a sus estudios, a visitar a su novia de la universidad... y chupando cuantos güevos cayeran a su alcance, bebiendo el rico licor producido entre las piernas de los hombres. Imagina toda una larga vida de pollas trabajadas. Todo ese tiempo perdido... Siente, no puede evitarlo, algo de pena por sí mismo. ¿Por qué se contuvo, qué ganaba no viviendo?

   Pero ahora... Esos dedos seguían jugando con su entrada, regando y untando aquel lubricante claro. Sabía que empujaba contra ellos, que deseaba que penetraran su culo.

   -Estás caliente, perra. -le oye, voz autoritaria, ronca, lujuriosa, y se estremece tanto de debilidad y ganas que teme caer nuevamente de la mesa, mientras su propia verga deja escapar un chorrito de líquidos pre eycaculares.- Tu culo exige atenciones. ¿Estás listo para esto? -le pregunta, retirando su verga de aquella boca, mirándole a los ojos.

   -Doctor... -todavía se ve perdido, angustiado entre el deseo y cierto temor. Algo comprensible al tener tras de sí toda una vida funcionando como heterosexual.

   -Sabes que lo necesitas, amigo, liberarte de tus muros mentales.

   Jones traga, no puede negarse que asustado a cierto nivel, cuando el otro desaparece de su vista, le rodea y tomándole las caderas le hala, obligándole a baja las piernas de la camilla, posando los pies en el piso, abriéndose más de nalgas, quedando a cierta altura. Sabe que su culo, brillante de lubricantes, está totalmente expuesto.

   -No sé si...

   -No te negaré que tal vez te moleste un poco. Pero, créeme, conozco a una perra en cuanto la veo. Pronto estarás chillando por más, y querrás que entre alguien más para sentir dos toletes abriéndote el coño. -asegura todo juguetón. Azotándole las nalgas con su barra, esta bien dura y caliente, provocándole estremecimientos adicionales.

   El hombre mayor intenta concentrarse en su vida, en su familia, en su esposa... ¡Pero era tan difícil con la punta lisa de aquella verga apuñalándole la entrada, sin penetrar! Jadea, totalmente avergonzado, cuando lo siente, lo que ocurre sin que tenga nada qué ver en ello. Sabe que los pliegues de su culo se abren y cierran con el contacto. Exigiendo lo suyo. Era vergonzoso pero real.

   -Ahhh... -el rostro se le contrae en una mueca de dolor que no es tal, pero lo parece, con la boca muy abierta, igual los ojos y la frente fruncida cuando aquel nabo de carne suave y esponjosa se presiona más y más contra su todavía (sí, todavía, a pesar de los dedos) virgen culo. Aquel hombre iba a tomar su inocencia, su virtud, su...

   -Aún tienes miedo, pero también te cocinas en tus jugos, perra... -oye la voz de Thompson, quien alarga una manota y le atrapa el cabello, halándole suavemente hacia atrás.- ¿Lista para renacer, zorra?
...

   -¿Qué diablos fue eso? -pregunta el hombre sesentón sentado en la sala de espera, una emergencia (no puede orinar) acompañado de su esposa, la cual alza la mirada hacia la puerta del consultorio del doctor Thompson.

   -¿Qué? -el hombre tras la recepción, después de lanzar un vistazo también en esa dirección, finge normalidad.

   -Parecía un grito. -agrega la mujer.- Como si le sacaran una muela a alguien, sin anestesia.

   O como si le perforaran el culo a un carajo, piensa el joven vestido de verde, conteniendo una exasperada sonrisa; pero también lo piensa el hombre mayor, quien, en su tiempo, conoció a mucha clase de tíos cuando servía en el ejército.

   -No escuché nada. -sonríe el joven, pero si, algo se oye, y eso que la puerta calzaba bien.

   -¿Ni eso? -el sesentón, muy rápido, le enfrenta.

   Joder. ¿Qué hacía el doctor? ¿Tendría que entrar? Tenía, esos chillidos se escuchaban más y más...
......

   -¡Separa las nalgas, perra! -ordena el hombre, entre dientes, notándose que gozaba al dirigir su gruesa verga contra aquella boquita redonda y peluda que se abría golosa para él en medio de aquellas nalgas masculina.

   -¡Ahhh! -chilla Gregg, temblando, llevando las manos a sus nalgas y separándolas todavía más.

   Aquello debió ser horrible, un momento traumático y en verdad algo hubo; cuando la cabezota lisa y caliente logró romper su sello de fábrica, había arrugado la frente y gemido con dolor, pero en cuanto penetró, lentamente, sin prisa pero sin pausa, llenándole de güevo, todo perdió sentido. Parpadeó de sorpresa, con la boca muy abierta, sintiendo cabalmente cada vena hinchada de aquella mole refregándole las paredes del recto, las cuales parecían estallar en llamas a su paso, esos vasos latiendo con fuerza. Y cuando se retiró un poco, regresando, aquella sensación pareció multiplicarse por mil y arqueó la espalda, alzó el rostro y comenzó a chillar de una manera intensa, tanto que se escuchaba afuera. Parecía actriz porno de los ochenta con todos esos gemidos incontrolables.

   El médico sonrió algo sorprendido, no de que respondiera, ya conocía a los hombres reprimidos sexualmente por falta de pollas, era porque... Joder, ese culo pareció mojarse de algo caliente que le envolvió y atrapó la verga, como una vagina real, halándole, succionándole, dándole apretones intensos. Tantos que, olvidando su natural cautela para esos inicios, comenzó a follarle en serio, con ganas, casi sacándosela toda del peludo agujero y cayendo contra él, enterrándosela de golpe. Tan sólo para escucharle gemir así, verle estremecerse... y notar como comienza, rítmicamente, a mover ese culo de adelante atrás, buscándole la tranca con ganas.

   -¡Eres un viejo sucio! ¡Completa y totalmente sucio! -escucha que le ruge el hombre joven y eso le hace soltar una risita de felicidad. Cuando una manota cae en su nuca, ruda, obligándole a caer, a apoyar el rostro, lateralizado, sobre la camilla mientras sigue follándole, controlándole, Jones siente que se correrá. ¡Qué hombre!, pensaba mientras su culo era una sopa caliente.- Toma, toma, puto. Vamos, muévelo, muévelo como... como... -le incita, dándole más y más, estremeciendo la mesa con la fuerza de las embestidas, esas nalgas siendo azotadas.

   -¡COMO UNA PUTA! -chilla entre gemidos, sonriendo, babeando.- ¡Cógeme como a una puta! ¡Tu puta! -ruge justo cuando la puerta del consultorio se abre.

CONTINÚA ... 6

EN MANOS DE UN NUEVO PAPI

CAMPAÑA ARRIESGADA

   La cosa era tan loca...

   Jadea cuando le ve entrar por la puerta corrediza que da al jardín, que seguro saltó para pillarlo así. “No se angustie, vecino; no le contaré a nadie lo de ese culote de fábula que le gustaría exhibir. Que nalgas, joder, provoca morderlas y azotarlas”, ríe. “Ni contaré de sus tangas rosas ni de sus botines putones, tranquilo”, se le acerca sonriendo maloso, la tranca abultándole bajo el ajustado jean, uno del cual el hombre no puede apartar la mirada. “Menos le contaré a mis padres; papá es su amigo. Ni a su mujer o a sus hijos, y eso que Néstor es mi pana del alma. La verdad es que siempre ando caliente y necesito con urgencia de alguien que me la chupe cada vez que la tenga dura. Y, le repito, la tengo a cada rato”, aclara, sacándosela con esfuerzo, una pieza hermosa, joven, rojiza, que pulsa frente a sus ojos que quedan atrapados. “Y necesito un culo como ese, vecino, para enterrarla duro y a fondo; y el suyo se ve sabroso. ¿No le parece que esa necesidad suya de sentirse putilla y linda puede combinarse con mi amor por las zorras? Vamos, pruebe a ver si le gusta...”, ofrece sonriendo al notar que aún antes de soltar esas palabras, mientras se acercaba, los labios del hombre se entreabren y que, bajo el hilo de la tanga, el agujero le temblaba. 

MANDATO

EL MUNDO FUTURO

FILOSOFIAS, SOCIEDADES Y TENDENCIAS

   ¿Qué nos pasó?

   ¿Quién no pensó, si fue un muchacho a mediados de los ochenta o noventa, que en el siglo XXI ya habríamos dominado el viaje en el tiempo y que nos habríamos lanzado fuera del Sistema Solar para levantar el Imperio Galáctico (bueno, rusos y gringos al menos, con los chinos ahí pegados)? ¿Quién no pensó que en el año 2000 estaríamos ya viviendo en la Luna, construyendo en Marte, cosechando debajo del mar? Sin guerras, sin hambre, sin el peligro de la contaminación. El futuro era la maravilla de la ciencia y la tecnología, pero no en imágenes, no en un mundo de televisión, que es el virtual llevado a su más simple expresión. Sobre eso sí advirtieron algunos, que viviríamos controlados, encerrados, aislados, recibiendo imágenes que nos mantendrían allí, paralizados; pero eso no era, ni es, ciencia “ciencia” sino ingeniería social. Lo que no debe ser desdeñado. Pero ese mundo ideal que esperábamos, repito, sin hambre, sin enfermedades, sin guerras, con posibilidades reales de alargar la vida, más o menos como el imaginario de la serie Viaje a las Estrellas, no terminó de cuajar.
   Hay avances increíbles en medicina y tecnología asociada a la investigación de todo tipo, como la nanotecnología, también en el estudio de los orígenes y la aparición misma del universo y nuestra realidad, pero eso no es para todos y no se traduce como un bien a la mayoría de la raza humana... a la que muchas veces ni siquiera parece importarle, o se enreda en cosas vergonzosas como creer que el mundo es plano o la Tierra está hueca (si hay algo como una liga de planetas allá afuera y pensaron en enviarnos un invitación para unirnos, seguro la rompieron cuando se enteraron y tapándose los ojos con una mano, zarpa, tentáculo o garra, dijeron ni para allá vamos a ver). El mundo padece sequías e incendios, o deslaves y tornados que se llevan a un gentío. Las personas se siguen muriendo literalmente de hambre (y subdesarrollo, pobreza y miseria, tal cual); y se levantan muros como desde los tiempos de lo bárbaros en China o del imperio romano para “contener” los problemas sociales y políticos creados por nosotros mismos. Hoy, cuando vamos para la tercera década del nuevo siglo, como era hace miles de años. Una parte del mundo parece estancarse, distanciarse de la realidad. Si, son muy bonitos y maravillosos los nuevos teléfonos, las redes sociales, el cibermundo de los negocios... una intercomunicación que es tan falsa como soñar que se es popular y que se tiene muchos amiguitos pero a los cuales no se puede tocar. Que no son tales.
   O, peor, vamos en franco retroceso en muchas partes, hacia etapas de atraso con los que comenzaba el mundo el siglo pasado, como lo es en Venezuela el Socialismo del Siglo XXI, donde brilla el culto al caudillismo, algo que viene de la Colonia. Una jefatura que rehace la realidad, las leyes y la convivencia según le parece, como se viera en Ecuador, Argentina y Bolivia cuando los tribunales decretaban que si, que hablar sobre las riquezas presidenciales era delito y se debía castigar. Que en este siglo, que en lo que va del siglo, en Caracas aún se discuta sobre la conveniencia o no de los gallineros verticales en los apartamentos, o los conucos en parques, como “remedio” para que un país no se muera completamente de hambre, la aparición de vales en lugar de dinero para que se use obligatoriamente en esto o aquello el fruto del trabajo, la limosna clientelar para mantener a la población quieta so miedo de perder lo poco que tiene, o el aún más indignante trueque es evidencia del fracaso social. No sólo de un país, sino de una región toda que no supo valorar, medir ni prevenir el peligro al que se sometían por coimas, ceguera o necedad. Que debieron pensar mejor antes de tolerar estos signos de descomposición lo gritan ahora con rabia cada vez que oleadas de migrantes venezolanos llegan a sus fronteras. Pero ahora, no cuando había dinero para repartir.

   En su conjunto la raza humana no termina de evolucionar de manera, y temo tener que usar un término polémico para tantos, espiritualmente. O moral. Que moral, su fallas en tales cuestiones, si puede medirse como insensatez negligente o hasta criminal. Si realmente hay una relación entre el calentamiento global y los problemas climáticos con una política de mano suelta con las industrias porque ricos y consorcios manejan a políticos y legislaciones o son ellos mismos los políticos y legisladores, como el señor Putin en Rusia, entonces ¿de qué hablamos? ¿Del suicidio consensuado de la especie? ¿Pasa o no pasa? ¿Nos afecta o no? ¿Quién le pone el cascabel al gato si es que este realmente lo necesita, no por él o ellos, sino por el resto?

   Claro, no es justo meter a todos en el mismo saco sobre desarrollo, pero entonces llega el otro punto, ¿es lícito o prudente consumir todos los recursos del planeta para el uso o disfrute de una sola generación olvidando al resto o desentendiéndonos de los residuos de ese “desarrollo”? ¿Se puede hablar de desarrollo si estamos matando el planeta donde, obligatoriamente, tenemos que vivir? ¿Hay desarrollo, avance o evolución cuando buscamos mejores maneras de matar o someter a otros? Y si ni siquiera los habitantes de lugares así están de acuerdo con tal proceder, ¿qué ocurre entonces? ¿Por qué ese sentimiento desvalido, de frustración, impotencia o parálisis? ¿Por qué sentimos que nuestras voces no cuentan y que todo ocurrirá aún a pesar de nosotros? ¿Es real? Existe en América Latina, no sé en otros lugares, la tendencia a creer que “el presidente” que habla mucho, grita, amenaza o abusa en cierta medida de su poder es más “hombre”; evidentemente en claro sometimiento a la mentalidad machista: si vergajea o golpea, ese es quien debe gobernar y el resto debemos calárnola sin quejarnos si hace lo que le da la gana.
 
   Lo curioso es que tal mentalidad no puede atribuirse únicamente a las mujeres. Es toda la población. Se acepta como una realidad irremediable. Bien, ya lo había dicho Mussolini, las masas son como hembras esperando la conducción del hombre, y él sabía de lo que hablaba; puede que no mucho más, viéndose cómo terminó, pero de eso si. En nuestras latitudes está muy arraigada la costumbre, creencia o maña de pensar que un presidente manda más que un rey, que puede hacer y deshacer, con lo suyo y lo ajeno, incluso cambiar leyes o inventárselas para sostenerse o “castigar” a quien ose mirarle feo, no digamos ya oponérsele o llamarle a la moderación (desde ordenar encarcelamientos por televisión a buscarse tribunales que condenen a tal o cual periódico porque osaron hablar de la familia presidencial). No es extraño, sino lógico, que tal manera de afrontar el mundo, no como pueblos llenos de ciudadanos sino de habitantes, termine produciendo un sentimiento de minusvalía, de indefensión. Las personas terminan pensando y sintiendo, y a lo mejor es hasta verdad, que no controlan sus destinos.
 
   Fenómeno que se observa también en una potencia del Primer Mundo con muchos de sus problemas resueltos (tanto que se inventan otros para tener algo qué hacer), Estados Unidos. Cómo cuando se descubre que los gobiernos mienten descaradamente a sus ciudadanos, inventando problemas para obligarlos a actuar de tal o cual manera, y que permitan acciones que en otros momentos no tolerarían y que ahora hasta los justifican. Para eso les alzan el tono a alarmas que no son tales; buscan saber qué piensa, qué dicen los ciudadanos, espiándoles; y que cuando eso es denunciado por un valiente, a este se le persigue sin que tal gobierno o sistema caiga derribado por su propio pueblo. Siempre hay una excusa, y una muy manida, aún en estas latitudes donde el presidente se siente caudillo conquistador, es el bien general. La Seguridad del Estado. Y el Estado son ellos y la seguridad es la de ellos, y ellos deciden qué es legítimo y qué no. El resultado es el mismo, sentir que no se controla la vida. Ni en un país como este, o uno como aquel. Ingeniería social. Bien aplicada según el lado donde se esté.
   Sin embargo, y caemos en otra maña, el escapismo como respuesta muchas veces. Como el problema es nuestro, nos lo inventamos nosotros, o dejamos que ocurriera (desde ser vigilados a terminar en un estado parapolicial donde quejarte de los apagones te convierte en desestabilizador), entonces la explicación debe ser sensacional, algo que está más allá de tal simpleza como el “lo permitimos”. Y lo achacan a fuerzas externas, desde iluminatis a reptiles, del Nuevo Orden a los capitalistas, o los socialistas, o la iglesia, o los sionistas o el mercado. Todo aquello que coloque la responsabilidad de nuestro estado bien lejos de nosotros. ¿Qué se trata, a final de cuentas, de un elaborado plan para someter a las poblaciones? No, puede que haya desinformación, pero lo cierto es que la gente deja que las cosas pasen, que es muy distinto. Si contrato a un grupo de personas para un trabajo y un sujeto habla con ellos para alentarles a exigir que cobren el doble de lo pactado, porque les toca y los estaba esquilmando, y yo les digo que ese sujeto es un sádico que anda buscando a quien dañar, y me creen sin investigar, quedándose dónde están en las mismas condiciones no se me puede acusar de nada, como no sea de mala fe. Que no es un delito (bueno, la difamación sí, ¿pero quién juzga a los estados?). Es el deber de todo aquel que no está contento con su condición saber por qué está así y buscar el cómo cambiarlo. No hay de otra.

   El poder reside, y esto sonará sorprendente, revelador, seguramente no lo creerán: en el pueblo. La gente tiene el poder de colocar y quitar, de decidir (si así se lo propusiera) qué mundo, qué realidad quiere. Gobiernos, empresarios, militares, escuelas, televisoras, medios de comunicación tan sólo están ahí para ser utilizados. Se les coloca, se les elige, o se les permite operar mientras cumplan una función. No son dueños inalienables del poder, tienen el que se les permite. Pero ese concepto es difícil de asimilar, por una parte porque en verdad se siente como que “los poderes” no nos dejan, que nada somos o valemos (e individualmente algo de cierto hay, una persona difícilmente hace una diferencia, aunque se han dado casos; pero eso lo dejo para otro momento), y por el otro se necesita de dos condiciones para cambiar esa realidad: hablar y entenderse con otros, y tomar la responsabilidad de la propia vida, la de la familia y el colectivo. Y hay quienes harán lo que sea para no sentirse responsables de nada. Para no trabajar, como decían los mayores.

   Pero, visto lo visto, hay que ponerse en la tarea, no sea y sea cierto que estamos destruyendo el planeta, que estamos fabricándonos los cataclismos que luego nos barrerán y las condiciones para nuevos y terribles conflictos por cuestiones como alimentos, libertad o simplemente el derecho a vivir en paz en el lugar que nos tocó bajo el sol.

CONOCE

ESPERA

   -¿En verdad creen que saben de sensualidad, muchachos? Vengan, toquen mi cuerpo, recórranlo todo con sus ansiosas manos y sabrán que son maricones. Laman mi sudor, con todo y lo extraño que les parezca, y se correrán sin tocarse y serán mis esclavos... 

RUTA GANADORA

EVOCACION

CUENTOS DE SUBURBIOS

   Primero de enero por la tarde, la casa silenciosa, todos descansan y los primos se reencuentran en el baño. Las esposas duermen y se dejan llevar por el instante, reviviendo todo ese amor adolescentes experimentado bajo ese techo, en visitas a la casa de los abuelos. 

OPORTUNIDAD

BHUKU

KUTANGA

   -Bríndame otros dos tragos y estaré de acuerdo con que me acaricies y que pegues esa boca de todos los lados que quieras, maricón... Oye, ¿tu hermana sabe que te gustan las vergas? Mira que salgo con ella y no quiero que creas que me pelean.
   Todo sexy espera, grande, musculoso y viril. ¿Dominante? Los verdaderos machos, chicos calentorros, intuyen al maricón necesitado de caer de rodillas y sentir su rostro abofeteado por una tranca dura y pulsante, o varias, que le bañen de leche caliente en esos parajes.